Escenas de la vida cotidiana

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Escenas de la vida cotidiana 1.

Sonó una campanita y un tercer cliente entró al establecimiento.  Miraba continuamente al suelo y se recogía un poco el pelo por detrás de la oreja, parecía nervioso.  Se alejó lo más posible del mostrador de caja, evitando al alto dependiente, y observó con interés una estantería repleta de tomos manga.  Sin embargo, era incapaz de leer los títulos, en cualquier momento le vería, sin ninguna duda, por lo que de forma inconsciente, agudizó sus sentidos.

El corazón comenzó a latir con fuerza en el interior de su pecho y para él fue como si fuese el único maldito sonido que allí se escuchaba.  Nervioso, cogió un tomo al azar de la estantería y lo hojeó deprisa.  Ya solo era cuestión de segundos.  Tragó saliva y al ir a dejar el tomo en la alta estantería alguien por detrás se lo arrebató de la mano.

– Esto no es lo que sueles leer –dijo una cavernosa voz.

El muchacho, mucho más bajo que el dependiente, se giró despacio y alzó la vista.  Pero no pudo mirarle fijamente a los ojos, era imposible.

– Yo solo vine a verte… porque… yo… -comenzó a decir terriblemente nervioso.

– Mírame, Seiya.

El muchacho moreno, de piel brillante y pálida, observó al dependiente.  Unos ojos cristalinos, de un verde casi opaco, se clavaron en los suyos como dos puñales.  Pero de nuevo no pudo sostener la mirada y la apartó, con un evidente sonrojo en sus mejillas y en la punta de su nariz, que siempre estaba más sonrosada.

El dependiente se acercó más a él.  Sonreía como siempre lo hacía, con cierta ironía.  Dejó el libro en su sitio, acercándose aún más, por lo que Seiya pudo percibir de nuevo su olor, el olor inconfundible de su amante, Dayu Matsumura.

– Ven, quiero enseñarte algo nuevo que ha llegado.

Seiya resopló de alivio y procuró calmarse, siguió a Dayu hasta el fondo del establecimiento.  Era tarde y los otros clientes ya se habían marchado.

– ¿Ha salido ya el siguiente número? –preguntó.

No pudo observar como Matsumura sonreía aún más, torciendo el gesto en una mueca.  Abrió la puerta del fondo e invitó a Seiya a que pasase dentro.  Ya había estado allí una vez, cuando le hizo el tatuaje.

– ¿Lo… guardas aquí? –titubeó.

Entonces Dayu se dio la vuelta y le arrinconó contra la puerta.  Apoyó el codo sobre la misma, por encima de la cabeza de Seiya.  Soltó una pequeña carcajada.

– Tu inocencia…

– ¿Qué ocurre?

Ahora Dayu se acercó a su rostro, encorvándose.

– Tu inocencia es lo que más me provoca.

Ahora Seiya comprendió que Dayu no le enseñaría ningún manga.  Lo único que quería era quedarse a solas con él.

– No, no te burles de mi –dijo nervioso mientras miraba a un lado.  Pero Dayu le sujetó la barbilla para que le mirase de nuevo.  Sus labios se encontraron.  Los besos de Matsumura siempre sabían a esa pasión contenida, como si estuviese haciendo algo que le tenían prohibido hacer, incumpliendo las reglas.

– Ya casi es la hora de cerrar, ¿por qué no vamos aquí al lado a tomar algo?

Seiya asintió tímidamente con la cabeza.  Normalmente no le gustaban los lugares públicos, pero nunca podía negarse ante las peticiones de Dayu.  Estar con él, vivir por él, eso era lo único que realmente le importaba.

En el pub, de ambiente gótico, no había mucha gente. Sin decir nada, Seiya se dirigió a la mesa más alejada que estaba contra la pared.  Pero Dayu sabía que no se sentaba ahí por tener intimidad, sino por no ser “el epicentro”.  Era otra de sus manías, siempre contra la pared, para no llamar la atención, para no ser observado.  No obstante, eso le beneficiaba pues Matsumura sí quería intimidad. Los asientos eran de banco y se sentó frente a él.

A Dayu le hizo gracia ver que Seiya solicitaba un batido. “Es como un niño, un niño adorable”, pensó.

Pero “el niño” comenzó a jugar con la pajita, mordisqueando la punta o moviéndola dentro del vaso con un dedo, mientras observaba la pared con aire taciturno.

– Me estás poniendo nervioso.- indicó serio Dayu mientras le cogía la muñeca con rapidez, para que dejase de hacer eso.

– Lo… lo siento.

Pero Dayu no le soltó y le miró fijamente a los ojos.  El pulso de Seiya se aceleró considerablemente.

– Nervioso, en el otro sentido, Ryusaki.

– Ah… -soltó mientras sus mejillas se encendían por el rubor.

Ninguno de los dos habló en un buen rato.  Seiya seguía con su batido contemplando los motivos de la pared mientras que Dayu no le quitaba la vista de encima, como si intentase adivinar lo que pensaba, mientras saboreaba una fría cerveza.  Al cabo de un rato Seiya se levantó.

– Disculpa, tengo que ir al servicio -dijo mientras se marchaba casi corriendo.  Dayu sonrió con malicia.  Aguardó unos segundos y se levantó, de repente comenzó a ver las ventajas de estar saliendo con otro hombre.

Cuando Dayu entró en el servicio, observó que Seiya se había colocado en el último urinario, contra la pared.  Este se puso en el que estaba a su lado.

– Demasiada cerveza -dijo en un tono más alto.  Seiya dio un respingo.  Un sudor frío le recorrió la espalda.  Sus ojos, traicioneros, fueron más veloces que sus pensamientos y lo peor de todo es que Matsumura se dio cuenta de que “le había observado”. -A veces la regla de la altura no se cumple.- susurró mientras le daba una palmadita en la espalda, luego se dirigió al lavabo.  Seiya resopló, pero fue junto a él para lavarse las manos y se envalentonó.

– Lo haces a propósito…

– Sí, pero tú eres el que me ha mirado.

– Oh, vamos ¿qué esperabas? ya sabes que soy gay.

– Eso no tiene nada que ver -ahora Seiya le miró extrañado.- Te sorprendería ver cuantos hombres hacen lo que tú has hecho, independientemente de su condición sexual.  Se nota que no sales mucho.

– Tampoco me extraña que lo hagan ya que eres muy… -Seiya cortó la frase, no quería haber dicho eso en voz alta.

– Muy… ¿qué? -ahora Dayu se cruzó de brazos y le observó con interés, como si aquello fuese un juego.

– Atractivo -respondió de forma casi imperceptible.

Aquello sí que fue una sorpresa.  Rara vez Seiya se pronunciaba de aquella forma.

– Repite eso -dijo Dayu mientras le arrinconaba contra la encimera del lavabo.

Seiya miraba hacia un lado, tragó saliva, cerró los ojos y luego los abrió para observarle directamente, rezó para que nadie entrase en ese momento.  Dayu se encorvó ligeramente para quedar más cerca de su rostro.  Su perfume era absolutamente embriagador.

Sin ser consciente de ello, Seiya comenzó a jugar con uno de los mechones del pelo de Dayu que caía sobre su mano, ya que esta temblaba, al igual que todo su cuerpo.  Estaba con el ser con el que siempre había soñado estar.

Por eso, en ese instante, procuró sostenerle la mirada y carraspeó antes de hablar con su voz dulce.

– Eres… muy atractivo.

– Lo se. -dijo justo antes de besarle.  Aquel beso sabía a descaro y arrogancia, pero no obstante eso hizo temblar aún más a Seiya Ryusaki, el cual tuvo que ponerse de puntillas para poder corresponderle.

 

Escenas de la vida cotidiana 2.

Iba devorando la vida a cada paso que daba.  Las flores se arrugaban y la hierba se volvía mustia, allá por donde pisaba.  Apoyó una mano en un árbol y de este cayeron hojas y pájaros muertos.  Arrebataba la vida de aquel bosque igual que le habían arrebatado la suya.

En su interior ardía el fuego negro del odio que llevaba impreso en su piel. Y su corazón podrido palpitaba sin descanso en su eterno sufrimiento.

Y en medio de aquella devastación, solo existía una razón por la cual seguir viviendo.  Llevó una mano a su pecho, solo había una zona que permanecía con la piel intacta y sin tallar.  Aún hay esperanza…

Deseaba liberar ese poder para deshacerse de él.  Y en su lenta agonía solo podía pensar en una cosa.

– Yo no pedí esto… -musitó con evidente rabia.

– Sí lo pediste -le habló otra voz en su interior.

Entonces Matsumura cerró los ojos con fuerza mientras se apoyaba en el árbol muerto.  La cabeza le dolía terriblemente.  Sus fuerzas parecían abandonarle, pero entonces sacó de nuevo la fotografía que siempre llevaba consigo.  La razón de su existencia.  Se la puso en su frente intentando contener el llanto.  Luego sus músculos se relajaron, el poder se desvaneció y se puso en pie.

Al principio caminó despacio, pero luego corrió con todas sus fuerzas, se subió en la moto y arrancó a toda velocidad, dejando aquella zona muerta y devastada por su odio, regresando a Tokio.

Aquella noche en la que Dayu no había regresado a casa, Seiya aguardó con evidente preocupación. No había dejado una nota, ni avisos, nada.  Se marchó a la universidad con el corazón encogido, con esa amarga sensación en su garganta de sentirse abandonado de nuevo.  Era el amanacer de su desdicha.

Incapaz de concentrarse, Seiya iba de un lado a otro de la universidad como si estuviese siendo teledirigido, de nuevo sin hablar con nadie, de nuevo solo y más triste de lo habitual.  Cada dos por tres comprobaba su teléfono móvil, pero ese aparato no era más que un adorno inservible, algo más que no servía para nada salvo para recordarle que seguía estando solo.

Las horas transcurrían mucho más despacio, sin embargo en la carretera una moto se acercaba a gran velocidad, cortando en dos el viento, esquivando coches y camiones de forma temeraria.  Llegó a la universidad haciendo un gran derrapaje al frenar.

Los chicos y chicas que se encontraban en la entrada se detuvieron o pararon de conversar mientras observaban.  Aquella persona se bajó despacio de la moto y se quitó el casco, liberando su pelo largo y rojo como el fuego.

Ya había estado allí varias veces y no pasaba desapercibido.  Sin decir nada, una chica que le resultaba conocida le señaló una dirección.  Con paso firme y gesto serio, Dayu se apresuró.  Sus grandes botas resonaban con fuerza mientras caminaba por un pasillo dando grandes zancadas.

Se detuvo ante una puerta, se quitó la chaqueta tirándola contra unas sillas que había al lado, se pasó las manos por la cabeza echándose el pelo hacia atrás, respiró hondo.

La puerta se abrió de golpe y se hizo el más absoluto silencio.  El profesor miró fijamente a la persona que había interrumpido la clase.  Todos se dieron la vuelta despacio.  Y muy lentamente, Seiya se giró, abrió sus ojos azul celeste de par en par y luego se encogió en su silla al verle allí plantado, sentía que el corazón se le iba a salir por la garganta.  Cerró los ojos y tragó saliva, sus manos estaban cruzadas en su pecho.  Parecía susurrar en voz baja.

– Busco a Seiya Ryusaki. -la voz de Dayu sonó atronadora en aquel espacio.

Entonces todas las miradas se clavaron en Seiya, el cual tenía el rostro completamente colorado.  Se levantó despacio, su pequeño cuerpo temblaba como un flan.  Se dirigió a la puerta sin levantar la vista del suelo y cerró la misma en cuanto salió junto con Dayu.

– ¿Dónde…? -comenzó a preguntar, pero Dayu le sujetó firmemente por los hombros, obligándole a ponerse de puntillas y observarle.

– No me importa… -hablaba más para si mismo que hacia Seiya- No me importa el precio que tenga que pagar por esto.  No me importa… -le abrazó y repitió en un susurro- No me importa…

Evidentemente, Seiya no entendía nada, no sabía por qué de buenas a primeras Dayu había desaparecido la noche anterior sin decir nada.  Quiso preguntarle por qué, pero no pudo hacerlo.  Se aferró a él aún sabiendo que la gente que pasaba por allí les estaban observando, con el gozo de saber que su amante no le había abandonado.

Algunos chicos silbaron al verles pero Dayu no se inmutó, seguía abrazado a la única razón de su existencia.

– Vamos a casa -le dijo a Seiya al oído.

– Yo, pero… tengo que volver a clase y…

Ahora le miró a los ojos y pegó su frente a la suya.

– Vamos a casa -repitió, su tono parecía casi de súplica.

No pudo negarse, no en la forma en la que se lo estaba pidiendo.  No comprendía lo que pasaba por la mente de su amante, pero había ido hasta allí sólo para buscarle.  Hasta hace tan solo un momento la angustia inundaba su mente pero ahora, estando de nuevo con él, era como si un sueño se hubiese hecho realidad.  Todas las preocupaciones se dispersaron como si fuesen humo.

 

Escenas de la vida cotidiana 3.

El ambiente, el olor de cada una de las habitaciones de la casa, era ahora diferente.  Se podía percibir un aroma inconfundible, salvaje.  A pesar de encontrarse en aquel momento solo en la casa, Seiya podía olerlo mientras deambulaba por la misma sin saber que hacer.  Era el olor de su amante impregnado en suelo, paredes y techo, en los muebles, en su propia ropa, en sus manos…  todo olía a provocación, todo olía a Dayu Matsumura.

Se acercó al armario donde guardaba su ropa y lo abrió de par en par.  El olor se hizo más fuerte y más intenso.  Respiró hondo y sonrió dulcemente mientras descolgaba una de sus camisetas de color negro.  La observó un momento detenidamente, luego miró a su alrededor con ojos tímidos.  Se quitó su ropa y se la puso.  Le llegaba más abajo de su cintura, quedándole como un corto vestido.  Se observó a continuación en un gran espejo mientras se abrazaba a sí mismo.

– Si tanto me hechas de menos, podrías venir a buscarme a la tienda.

En aquel momento Seiya ahogó un grito, observó sin girarse, a través del espejo, que Dayu estaba tranquilamente apoyado sobre el marco de la puerta.

– Que susto me has dado… no te oí llegar… ¿desde cuando llevas ahí?

– Digamos que he visto lo suficiente -respondió sonriendo con malicia.

– Se… será mejor que me quite esto y… -dijo claramente avergonzado.

– No.

Ahora Dayu se acercó a él y le levantó suavemente la barbilla para que le mirase.

– Déjatela puesta.

Así, con ese atuendo, Seiya se dispuso a preparar la cena mientras Dayu se daba una “ducha rápida”, como solía decir, aunque luego estaba mucho más tiempo.

Continuamente, y aunque le tapaba, Seiya se tiraba de la camiseta hacia abajo.  Ya estaba casi terminando de preparar todo en la cocina cuando abrió el armario que estaba encima de él, observó un bote de conserva que descansaba arriba del todo.  Seiya se mordió el labio inferior, observando el bote, estaba claro quién lo había dejado ahí, fuera de su alcance.  Miró a su alrededor para ver si podía encaramarse a algo.  Nada. Volvió a mirar el bote y estiró el brazo tanto como pudo, poniéndose de puntillas, notando como la camiseta se deslizaba hacia arriba, de forma que quedó al descubierto su ropa interior.

Ya casi estaba, podía tocarlo con dos de sus dedos.  Ya casi…

De repente el bote desapareció de su vista como por arte de magia para aparecerse luego justo delante de sus ojos.  Su corazón dio un tumbo y casi se le cae el bote de las manos cuando Dayu se lo entregaba, justo a su espalda.  Estaba claro que Seiya no ganaba para sustos.

– ¿Qué estas haciendo? -se interesó Dayu mientras con una gran mano le revolvía el pelo.

– Tortilla, a la española.

– Adoro la comida española.  Mi madre era de allí. -dejó caer como quien no quiere la cosa.

Ahora Seiya le miró con interés, era la primera vez que Dayu nombraba a su familia.  Eso explicaba sus rasgos mestizos.  Se quedó mirándole totalmente embelesado.

De pronto Dayu dijo algo que Seiya no pudo entender, lo hizo en perfecto castellano.

– ¿Qué significa?

– “Se te está quemando la comida”.

– ¡Ah!

Era cierto.  Seiya retiró rápidamente la sartén del fuego.

– Por cierto, bonitos boxers. -dijo Dayu mientras se iba, Seiya resopló.

Justo antes de ponerse a cenar y sin decir nada, Seiya mostró a Dayu un papel de la universidad, sonreía de una forma poco habitual y parecía que estaba deseando mostrárselo.

– Vaya, ¡enhorabuena doctor! -exclamó mientras de nuevo le frotaba el pelo.- Esto, hay que celebrarlo, hoy beberás conmigo y no aceptaré un no por respuesta.

La verdad era que Seiya no estaba acostumbrado a la bebida, pero como siempre no podía negarse y es verdad que se sentía muy feliz, quería celebrar las buenas notas que había obtenido en los exámenes.  Así, después de la cena, sacaron una botella de sake.

– Beberé, solo un poquito -dijo con timidez.  Dayu le sirvió el sake en un vasito.  Luego con aire solemne se puso en pie y habló.

– Por mi asustadizo amante y futuro doctor, Seiya Ryusaki. -dijo justo antes de beber, Seiya hizo lo mismo, de un trago.

– Joder, esta es una de las cosas por las que merece la pena vivir -resopló Dayu mientras se echaba hacia atrás.  Luego observó a Seiya que aún mantenía el vasito en alto, su gesto había cambiado y estaba colorado como un tomate, tosió un poco.- ¿Qué tal? Es bueno ¿eh?

Por increíble que pudiera parecer, Seiya se quedó mirando fijamente a Dayu, a los ojos, algo que no había podido hacer jamás, durante largo rato.  Este sonrió y le sirvió otro vaso.  Después de beber el segundo, Seiya agachó la cabeza y cerró con fuerza sus puños, parecía temblar.

– ¿Te encuentras bien?

Aquello sí que no se lo esperaba, ahora el susto fue recibido por Dayu, el cual observó atónito como Seiya se despojaba de la camiseta que llevaba puesta y se abalanzaba hacia él, besándole como nunca antes se había atrevido a hacer.  Para Dayu, era la primera vez que sentía la fuerza oculta de Seiya Ryusaki.

– Sabía que te iba a gustar -dijo con una sonrisa perversa marcada en sus labios.

 

Escenas de la vida cotidiana 4.

Aquel día de invierno llovía a mares.  A pesar de que apenas le conocía y sabiendo que no se había llevado un paraguas, Seiya fue a la tienda donde trabajaba Matsumura para llevárselo y que así no se mojase a la vuelta.  Él era su especial invitado, caído del cielo, un sueño hecho realidad, aunque este no se percataba de sus sentimientos.  Era aún demasiado pronto, Seiya no quería lastimar aquella amistad que no había hecho más que comenzar. De todas formas, su timidez le habría impedido mostrar lo que en aquel momento sentía.

Justo al llegar, Matsumura salía por la puerta trasera de la tienda, parecía bastante sorprendido de ver allí a Seiya.

– ¿Qué haces aquí? -preguntó con tono desconfiado.

– Yo te… te traje un paraguas y…

Entonces Dayu cambió su gesto.  Nadie había tenido nunca ese detalle con él, nadie se habría molestado y sin embargo ese chico… y precisamente tenía que ser él, de entre toda la humanidad.

Pero en lugar de coger el paraguas que le ofrecían, sin decir nada Dayu se acercó a Seiya y se agachó para ponerse bajo el suyo, a su lado.

– Trae, ya lo llevo yo.

Nunca había estado tan cerca de él, salvo el primer día, cuando se conocieron.  Seiya apretaba tanto el paraguas que llevaba cerrado contra su pecho que los nudillos de sus dedos estaban completamente blancos.  ¿Por qué quería ir junto a él si le había traído otro paraguas? ¿Debería interpretarlo como él suponía?  No sabía que pensar.

A continuación, Seiya observó como Matsumura acercaba una mano a su rostro, lo que le hizo cerrar los ojos, aquello no podía ser real.  Sintió sus dedos en su cabeza, tragó saliva.

– Ya está, tenías algo en el pelo. -dijo tranquilamente Dayu mientras tiraba algo y comenzaba a caminar.  Seiya resopló, sus fantasías iban a volverle loco.

Juntos, caminando bajo el mismo paraguas, Seiya no podía evitar sentir aquel roce con el brazo de Matsumura, deseando poder aferrarse a él con todas sus fuerzas.  Pero aquello solo podía imaginarlo, por lo que se dedicó a mirar hacia el suelo.  De repente, Seiya cayó hacia adelante, alguien le había empujado por la espalda.  El paraguas rodó por el suelo y antes de que pudiese reaccionar, observó como Dayu increpaba a un hombre.

– ¡Eh! ¿A ti que te pasa? -dijo mientras le arrinconaba contra la pared.  Pero luego se percató de que no era más que un borracho, observó un instante a Seiya y luego se acercó al hombre para susurrarle- Es tu día de suerte, lárgate antes de que cambie de idea… -dicho esto el hombre huyó tambaleándose, acababa de observar la mirada de un demonio.

La lluvia caía con fuerza pero Seiya se mantenía sentado en el suelo, observando como Dayu, de repente, hizo algo extraño.  De espaldas a él, este extendió los brazos, alzó la vista al cielo, dejando que el agua golpease su rostro.  Luego se echó el pelo hacia atrás y se dio la vuelta.  Seiya observó atónito como le ofrecía la mano para levantarse pero este no podía reaccionar.

– ¿Te encuentras bien?

Seiya asintió sin poder decir nada, mantenía su boca entreabierta por lo que sus ojos estaban viendo.  Finalmente le dio la mano.

Contacto.

La mano de Dayu era grande y fría, mojada en ese momento a causa de la lluvia.  Seiya sintió la fuerza que tenía ya que le levantó casi sin que él tuviese que hacer el menor esfuerzo.

– Al final, no ha servido de nada.

– ¿El qué? -respondió Seiya sin comprender, él pensaba en otra cosa.  Dayu se señaló el pelo y su ropa, chorreaba agua, al igual que Seiya.  Ambos rieron.

Al llegar a casa, Seiya ofreció una toalla a su invitado, el cual comenzó a desvestirse a toda prisa.  No era la primera vez que ocurría y Dayu siempre se percataba de que cada vez que lo hacía, Seiya se daba media vuelta o se marchaba.

– No debería sentirse avergonzado si soy también un hombre -pensaba Dayu en su ignorancia.  La actitud de Seiya le había parecido extraña desde el principio.  Pero como quería conocerle, le quiso poner a prueba.  Se quedó a medio vestir a propósito, llevando solo la ropa interior, y de este modo se fue a la sala y se sentó mientras se secaba el pelo.  Al llegar, Seiya abrió mucho los ojos, pero enseguida esquivó la mirada de su invitado.

– No… ¿no deberías ponerte algo?

– ¿Por qué? ¿acaso te molesta? -preguntó ahora Dayu en tono de provocación.

De repente Seiya miró hacia un lado, cerró los ojos y los puños con fuerza, su cuerpo comenzó a temblar.

– ¡Idiota! -exclamó tirándole la toalla a la cara- ¿¡Acaso no te das cuenta!? ¡Me gustas!

Eso era lo que le hubiese gustado decir, aquellas palabras le taladraban el cerebro pero su boca no se abría para decirlas.  Volvió a la realidad cuando Dayu le preguntó de nuevo si le molestaba.

– En absoluto -indicó con un poco de fastidio por no poder expresar sus sentimientos.  Se sentó en el suelo en una postura que no era habitual en él y se secó el pelo con más fuerza de lo habitual, evitando la mirada tentadora de aquella fruta prohibida, a la que sin lugar a dudas, le daría un buen bocado.

 

Escenas de la vida cotidiana 5.

El día siguiente de su cumpleaños fue extraño.  Seiya tenía la sensación de haber soñado todo.  Ahora… ¿qué eran exactamente? Tan solo se habían besado pero él no le dijo nada de… Sacudió su cabeza, ¿y si todo fue una ilusión? ¿Una de sus fantasías quizás? Y si no fue así, ¿cómo debía de comportarse ahora?

Su mente era un torbellino de preguntas en cuanto abrió los ojos aquel día.  Se levantó de repente, como accionado por un resorte.  Tenía que ver si seguía allí, si era real, por lo que se vistió más rápido de lo habitual, entonces lo sintió, al final de la espalda, claro que fue real.  Allí estaba su reciente tatuaje, aún con la gasa que le había puesto su amigo para que cicatrizase bien.  Se lo tocó observándose un momento en el espejo y luego se dirigió sin vacilar hacia la habitación de su especial invitado.

Abrió la puerta muy despacio.  Realmente no quería despertarle, solo comprobar, comprobar que no lo había soñado.  Allí se encontraba, sobre aquella cama, Dayu Matsumura.  Dormía boca abajo, abrazando la almohada, y… desnudo.  Esto hizo que Seiya se ruborizase, no obstante pasó dentro intentando no hacer ruido.

Parecía que dormía profundamente, muy tranquilo.  Con todo el cuidado que pudo, Seiya cogió la sábana que estaba a un lado para intentar taparle, aquel cuerpo sin duda le ponía nervioso, a parte que cogería un buen resfriado.  Al taparle, Dayu emitió una especie de gruñido, se movió un poco pero no despertó.

– “Fue real… ¿no es cierto?” –se dijo Seiya tocándose los labios, mientras le observaba con sus dulces ojos celestes.  Tenía los brazos contra su pecho, pero uno de ellos se movió de forma casi inconsciente, quería retirar el pelo de su rostro.  Muy despacio acercó su mano temblorosa.  El pelo de Dayu era largo y suave al tacto.  Se lo retiró despacio pero…

– No me jodas… ¿qué hora es? –gruñó mientras retiraba la sábana con sus largas piernas para destaparse de nuevo.  Seiya se asustó, el corazón casi se le sale por la boca, retiró su mano con rapidez poniéndola de nuevo contra su pecho.

– Es… son las 11.

Pero entonces Dayu se percató de la situación en la que se encontraba.  Automáticamente se dio la vuelta, quedando boca arriba, mientras bostezaba y se estiraba.  Al hacerlo, Seiya se echó tan bruscamente hacia atrás que tiró algo al suelo.  Pero Dayu actuaba como si nada, luego cayó en la cuenta, se observó y clavó sus ojos glaucos en Seiya.

– Ah, ya… -pero no hizo por taparse, se levantó, pasó por delante de Seiya para salir de la habitación mientras se rascaba la cabeza, alborotando su pelo.  Este se quedó clavado en el sitio sin saber qué hacer.  Maldita sea, ¿acaso lo había soñado?  ¿Y por qué tenía que pasearse por ahí desnudo?

A pesar de su timidez, Seiya le siguió hasta el baño, pero no se atrevió a entrar, por lo que dio unos golpecitos en la puerta.

– ¿Dayu?

Pero no obtuvo respuesta, escuchó a continuación el sonido de la cisterna, una vez, y luego otra.  La puerta se entreabrió.

– Seiya, ¿te importa traerme mi ropa? Gracias.

Lo dijo muy deprisa cerrando otra vez la puerta, que casi le dio a Seiya en la nariz.

– “Sí, claro…” –se dijo.

Al abrir los cajones donde guardaba la ropa, supuso que también querría su ropa interior.  Pero al ver lo que allí tenía, constató que su amigo no era como él, no tenía nada que fuese un poco más “normal”, cogió los primeros calzoncillos (si es que se les podía llamar así) que vio, con dos dedos, como si los cogiese con pinzas, y se lo llevó junto con una camiseta y unos pantalones.

Al llegar de nuevo al baño, se oía el agua de la ducha, por lo que iba a marcharse cuando…

– ¡Entra y déjalo ahí! –gritó Matsumura, por lo que Seiya resopló.  Entró y no pudo ver nada, un denso vaho cubría todo.

– ¿Cómo puedes ducharte con el agua tan caliente?

– Es la costumbre –dijo mientras salía.  Automáticamente Seiya se giró, verdaderamente comenzaba a preguntarse si lo que ocurrió el día anterior había pasado, pues Dayu se comportaba como siempre solía hacer.  Pero estaba allí y tenía que hacerlo, quería saber, tenía que comprobar…

– Dayu…

– ¿Qué? –ahora este se secaba el pelo, a su espalda.

– Con respecto a lo de ayer… -comenzó a decir nervioso.

– ¡Ah! –exclamó ahora Dayu como cayendo en la cuenta de algo- Es verdad, déjame ver.

Ahora Seiya se quedó extrañado.  De repente sintió las manos de Dayu en su cintura y le levantó él mismo la camiseta que llevaba puesta.

– ¿Pero qué…?

– Voy a quitarte esto para ver como está, no te muevas.

Dayu se refería al tatuaje que le había hecho la noche anterior, eso desde luego sí fue real.  Seiya sintió como Dayu retiraba la gasa delicadamente, pero también este tiró un poco de sus pantalones hacia abajo, dada la localización del dibujo.

– Ya eres un ángel… enhorabuena.

Seiya se observó en el espejo a pesar que era difícil poder verlo, pero efectivamente, ahí estaban sus alas impresas en su blanquecina piel.

– Te han quedado muy bien, muchas gracias.

– No hay de qué –respondió Dayu sin más mientras se marchaba.  Pero entonces Seiya se quedó con ganas de decirle lo que realmente quería.

No, no iba a permitir que se marchase sin preguntarle.  Aún quedaba el desayuno.

Ambos se encontraban ya sentados comiendo.  Dayu ni le miraba, devoraba toda la comida que tenía delante como si jamás en su vida hubiese comido.

– Dayu…

Este emitió un sonido indescriptible pues tenía la boca llena.

– Lo de ayer… tú… nosotros… -ahora Dayu le miró fijamente- Fue… de verdad ¿no?

Al escuchar eso, Dayu se atragantó, ya que le había dado la risa.

– ¿Qué si fue de verdad? ¿Estás preocupado por algo así? –preguntó sin salir de su asombro mientras reía al mismo tiempo.  Pero observó como Seiya agachaba lentamente su cabeza.  Dayu prosiguió- En fin, ¿acaso necesitas una declaración por escrito o algo así?

– Idiota –susurró Seiya mientras se levantaba, pero Dayu le cogió fuertemente del brazo- Suéltame, me haces daño…

No le soltó, le observó con detenimiento y le levantó la cara poniendo la mano en su mejilla, secando una fugaz lágrima.

– Has vivido mucho tiempo dentro de un sueño Seiya… pero vamos, eh, ya te lo dije ayer, y créeme cuando te digo que es algo que no he dicho a nadie en mi vida.  Y lo diría de nuevo, lo diría un millón de veces si fuese necesario, para que se te quedase grabado a fuego, esa es la única prueba que necesitas de mi, esa, y esto.

Le besó entonces en los labios, de nuevo, igual que la noche anterior, pero más suave, más dulce.  Seiya se sintió morir de la felicidad.

Pues claro que había sido real, maldita sea.

 

Escenas de la vida cotidiana 6.

Aquel día de clases sin duda sería diferente para Noriko Hayashi.  Pudo comprobarlo cuando observó en su móvil el siguiente mensaje:

“Pasaré a buscarte. KS.”

Es por ello que al finalizar la clase, Noriko se dirigió a su amigo y compañero, Seiya Ryusaki, quien parecía más contento que de costumbre.

– Seiya, ¿vas para casa?

– Ah, no… es que… Dayu tiene entrenamiento y voy a…

Lo había olvidado, hacía ya tiempo que Dayu había ingresado en el equipo de baloncesto universitario, y por supuesto Seiya acudía a verle tanto a los entrenamientos como a los partidos que se disputaban.

– Bien, no te preocupes, yo ya me marcho.

– Viene a buscarte, ¿verdad? –preguntó Seiya risueño.

Sin decir nada, Noriko sonrió levemente y se dio la vuelta mientras caminaba con paso firme, eso sin duda era una respuesta afirmativa.

Pero antes de dirigirse a la salida, Noriko fue hacia los servicios, no llegó a entrar cuando escuchó voces desde el interior.  Las reconocía pues eran las de Anko y compañía.  Al oír su propio nombre se detuvo y pegó la oreja.

– … Sí otra vez ha venido a buscarla, le he visto por la ventana.

– ¿Pero quién es?

– Es su padre.  Debe ser rico porque viene en un coche…

– Yo he oído que es de la Yakuza.

– No lo creo, será policía, tiene más pinta de policía.

– ¿Pero no te has fijado en sus tatuajes?  Te digo que es un Yakuza.

– Vaya, tendríamos que ser más amables con ella, tener un padre así, a mi me da hasta miedo.

– Pero es bastante guapo y…

Ya había oído suficiente.  Noriko se marchó hacia la salida y casi se podía ver una pequeña nube negra encima de su cabeza.  Aún resonaban en sus oídos aquellas palabras como si fuesen una maldición: “Es su padre…”.  Apretó los labios e hizo resonar aún más sus botas de tacón alto sobre el suelo, como si quisiese destruirlo con cada paso.

Efectivamente, en la puerta, la estaban aguardando.  Kunimatsu Saito se encontraba apoyado sobre su flamante Aston Martin de color gris oscuro, mientras fumaba un cigarrillo.  Noriko llegó ante él con la misma cara de vinagre.

– Vaya, no pareces muy contenta… ¿has tenido un mal día?

– Ellas… -comenzó a decir sin apenas mover los labios.  Se giró levemente y observó que el grupito de Anko había llegado donde se encontraban, estaban a escasos metros, observándoles con evidente descaro.

– ¿Qué ocurre?

Antes de responder, Noriko clavó sus ojos castaños en los de Saito, parecía a punto de explotar de ira.

– Ellas creen que eres mi padre.- soltó.

–       Ah, ¿si? –dijo Saito como sin darle nada de importancia.  A continuación dio una larga calada, expulsó el humo despacio mientras observaba al grupito y tiró la colilla a una gran distancia chasqueando los dedos.- Entonces, me parece que ya es hora de sacarlas de su error…

Y sin más, y ante el asombro de las chicas y de la propia Noriko, Saito se acercó hasta ella para besarla en los labios, atrayéndola hacía sí mientras la sujetaba por la cintura.  Automáticamente Noriko se relajó, su ira se desvaneció como por arte de magia, sus mejillas se enrojecieron y más aún cuando Saito hizo que aquel beso fuese algo más prolongado, húmedo y profundo.

– ¡Ah! Mirad, mirad, la está metiendo la lengua… pero… ¿qué clase de padre es ese?

– Mira que a veces eres idiota Megumi. –respondió Anko mientras se marchaba cruzándose de brazos, pues la evidencia había sido clara.

– Si yo tuviese un novio así, creo que no soportaría ni el estar en pie… -dijo Rika marchándose tras su amiga.

Tras aquel largo y pasional beso, Saito pudo comprobar que Noriko había cambiado completamente su gesto y se la habían disipado los humos.

– Vamos a casa jovencita, aún tienes que hacer los deberes –dijo con sorna mientras abría la puerta a su novia.

– Sí papi…

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