La Instrucción

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Capítulo 1

 

– Ven.

Siempre que requería su presencia, todos los que se encontraban en la sala abandonaban la misma con discreción, andando hacia atrás y encorvándose de forma exagerada. Aquella estancia no parecía tener un techo visible, era oscura y solo estaba iluminada por algunas velas puestas de cualquier forma por el suelo. Las llamas de las mismas se agitaron cuando un ángel de cabello largo y rojo se acercó con paso firme hasta su Señor.

Este se encontraba sentado en un destartalado trono. Y al ver que todos se habían retirado, echó su capucha hacia atrás para descubrirse. Solo con algunos de sus mejores y más fieles súbditos lo hacía. Azazel, tenía la misma forma de cara que Matsumura, pero sus ojos carecían de pupilas y su piel era más amarillenta, llena de cicatrices de quemaduras. Su pelo blanco resplandecía en aquella fría oscuridad.

El nuevo ángel se acercó e hizo lo que solía hacer sin decir nada. Arrodillándose, se recostó sobre el regazo de su Señor. Este le acarició entonces el cabello rojizo suavemente, como si aquel ángel se tratase de una fiel y bien educada mascota.

– ¿Comprendes por qué estás aquí? –le preguntó.

– Mi odio me ha traído.

Ahora Azazel le observó directamente e hizo que este hiciese lo mismo. Deslizó un dedo por la mejilla de aquel inmaculado ángel, de una belleza que nadie más parecía poseer. Los dedos de Azazel eran largos y finos, amarillentos, con largas uñas. Ahora Matsumura puso un gesto de extrañeza y titubeó al hablar.

– Mi Señor… ¿por qué existe el odio?

Ahora Azazel dejó de observarle y resopló, pero realmente estaba deseando tener esa conversación con él.

– De igual forma que existe el amor, existe el odio. Ambos van unidos, no puede existir una cosa sin la otra, Matsumura. Es por eso que nuestra misión es erradicar ese amor, para que el odio tampoco pueda existir ¿lo entiendes? –este asintió despacio.

– Esa será mi misión ¿no es cierto?

– Sí. Pero, para poder erradicar todas esas inútiles emociones, primero tienes que comprender lo que es el dolor, porque eso es lo que nos lleva al odio, Matsumura. No obstante, no debes confiarte, pues encontrarás el amor sin ninguna duda, oculto tras una máscara de inocencia. –mientras hablaba, de nuevo pasaba el dedo por su mejilla.- Es entonces cuando debes recordar que estamos marcados por el odio.

– ¿Marcados?

Azazel levantó la muñeca izquierda de Matsumura, para que él mismo viese su cicatriz. Luego pasó su mano por su propio rostro, al lado de los ojos tenía la piel aún más rugosa debido a las quemaduras.

– Nuestras marcas nos recuerdan el odio que nos infundaron, no lo olvides.

De pronto Matsumura recordó a su maestro, lleno de cicatrices producidas por pequeños cortes, en su cara, en su cuerpo… el dolor.

– Pero esto me lo hice yo mismo –se atrevió a replicar Matsumura, señalando su cicatriz.

– Sí, pero… ¿a causa de qué? ¿ya no lo recuerdas?

Ahora el ángel asintió, pues sí lo recordaba.

Tras un rato de silencio, Azazel volvió a ponerse la capucha.

– Levanta, te mostraré algo.

Salieron de la estancia y anduvieron por un largo pasillo, llegaron al patio donde se encontraba la fuente seca coronada por unas alas y lo atravesaron. Matsumura siempre le seguía por detrás y miraba a ambos lados. El resto de ángeles los observaban agachando de inmediato sus cabezas, tenían terminantemente prohibido observar el rostro de su Señor. Pero él, por alguna razón, era el afortunado, el favorito.

Pronto se encontraron ante unas grandes puertas, eran los aposentos privados del Señor de las Tinieblas. Las mismas se abrieron solas ante un leve movimiento de mano de Azazel. Lo que vio a continuación Matsumura fue lo más dantesco y cruel que jamás había visto allí. A diferencia del resto de las estancias, esta era de color completamente blanco, con mucha luz y cubierta de una neblina. El sitio era bastante amplio y lo que lo caracterizaba eran aquellas esculturas.

Tranquilamente, Matsumura siguió a su Señor que ahora caminaba más despacio. Sin duda para mostrarle lo que había allí. Azazel se detuvo y de una mesita cogió una cesta dispuesta con gran gusto. En ella había uvas. Arrancó una del racimo y se acercó a una de las esculturas.

Con la neblina no se distinguía bien pero al acercarse, Matsumura se fijó mejor. Sobre pequeños pedestales se alzaban figuras humanas, completamente desnudas y atadas de pies y manos en posturas imposibles.

Sin decir aún nada, Azazel puso la uva en la boca de aquel ser, una mujer, para que se la comiera.

– Eres el primero que no detecta el olor.

Con más atención, Matsumura observó que muchas de las “esculturas” de su Señor ya habían muerto. Podían haber estado allí días e incluso meses, con los huesos rotos debido a las posiciones que les obligaban a adoptar y sin más alimento que el que les proporcionaba el mismo Azazel. La crueldad no tenía límites, comenzaba a comprender el temor que sus propios súbditos le tenían.

– Puedo olerlo, pero no me molesta en absoluto.

– Eso está bien, ahora ten.

Su Señor le extendió un racimo y señaló el resto de figuras que había repartidas por la estancia. Las que estaban vivas aún ahogaban leves gemidos de dolor.

Cogiendo el racimo, Matsumura se dirigió a uno de aquellos desgraciados ángeles que estaban siendo víctimas de la ira de su Señor, para darles su único sustento, una uva al día, nada más. Se acercó a una mujer que se encontraba atada como una presa de caza, con las muñecas atadas a sus tobillos por su espalda, por lo que su cuerpo formaba un arco, se encontraba colgada en esa posición. Estaba viva y al ver el nuevo rostro que le iba a proporcionar el sustento comenzó a llorar de nuevo. Al no poder hablar pestañeó varias veces, estaba claro que le estaba solicitando ayuda. Sin embargo, y sin cambiar su semblante serio, Matsumura metió la correspondiente uva en su boca, pero no se limitó a eso, introdujo también sus dedos para metérsela hasta la garganta, con las consecuentes sacudidas y llanto que aquello produjo. Dándose media vuelta, Azazel sonrió.

– Puedes escoger la que prefieras, será el trofeo que te has ganado por tu buen comportamiento.

Sin decir nada, Matsumura observó a la mujer a la que acababa de alimentar y la señaló.

Estando en el inframundo, Dayu Matsumura aprendió sin duda como se debía erradicar el amor. Azazel torturaba sin piedad para que aquellos indeseables sentimientos jamás pudiesen resurgir de nuevo. Dayu pudo comprobarlo de primera mano, cuando tiempo más tarde, en el mundo humano, conoció a la única víctima de su Señor que había logrado superar aquella dura y terrible prueba.

Más tarde, Dayu se encontraba en su habitación. Su trofeo, aún atado, se encontraba tirado en la cama. Sin mediar palabra cogió un cuchillo y liberó a la mujer de sus ataduras. Pero debido a la posición que había mantenido durante aquellos días, fue aún peor cuando intentó moverse, sus músculos estaban completamente agarrotados y era probable que tuviese las costillas fracturadas. Ahora Dayu fue a por un vaso de agua, pero en lugar de dársela, se la tiró a la cara.

– Habla, me conoces, ¿no es cierto? –preguntó.

La mujer intentó reaccionar, tragó saliva y sacudió la cabeza asintiendo. Temblaba de frío al encontrarse desnuda, pero Matsumura no hizo por taparla.

– Entonces si sabes quien soy… ¿por qué me suplicas ayuda?

– Tú… -dijo con voz quebrada- … eres de los nuestros… ¿por qué? –sollozó.

Ya había llegado a su límite. Con rapidez, Dayu se colocó encima de ella y la estiró tirando de sus brazos hacia arriba, un crujido de huesos y un grito desgarrador cortó el aire. Este respiraba ahora entrecortadamente y en su mirada se reflejaba el más puro odio. Se colocó cara a cara.

– No sabes como he deseado que llegase este momento… desde que me expulsasteis del paraíso no he hecho otra cosa más que pensar en como vengarme. Y tú… -dijo acercándose aún más, de forma que la mujer podía respirar su aliento.- Tú vas a ser la primera en experimentar mi dolor, puta.

 

Capítulo 2

 

A pesar de su crueldad, los movimientos y gestos de Azazel siempre eran sobrios y elegantes, lentos y acompasados. Con otro movimiento de mano abrió las puertas que se encontraban al fondo de la sala de sus particulares esculturas humanas. Esta estancia era semicircular, más pequeña y llena de armarios empotrados en la pared. En el centro, se encontraba una cama con dosel de sábanas negras de seda. Aparte de los armarios, diferentes artilugios estaban repartidos por la sala. Todo tenía que ver con su pasatiempo favorito y obsesión enfermiza.

Paseó por la estancia y de inmediato, por otra puerta, se personaron ante él una fila de lo que parecían doncellas ataviadas con vestidos cortos de encaje, calcetines hasta las rodillas y pulcros zapatos de charol. Era su particular colección de muñecas, como él las calificaba. La única particularidad es que allí nadie hablaba y todas tenían los ojos vendados con cintas de color negro. Otro ángel se encontraba junto a ellas esperando las órdenes. Azazel señaló a dos de ellas y el resto abandonaron la sala, quedándose este a solas con dos de sus “muñecas” favoritas.

Solo las más fuertes, las que sobrevivían a la prueba de la anterior sala, se les concedían el gran privilegio de pasar a la siguiente. No obstante, las “muñecas” no debían hablar ni observar directamente a su Señor, era algo absolutamente prohibido.

Sin decir nada, Azazel cogió unos gruesos collares con cadenas. Se las colocó a ambas en sus respectivos cuellos, una de ellas comenzó a sollozar, pues sabía lo que la aguardaba.

– Sssssssh… -la chistó en el oído, y solo con oír y sentir ese aliento, la “muñeca” hizo todo lo posible para contener el llanto. Las emociones estaban igualmente prohibidas, solo debían obedecer, nada más. –Hoy tengo un regalo especial para vosotras.

Dándose la vuelta, Azazel abrió uno de los armarios y sacó un par de lazos para el pelo. A cada una le ató el suyo en una de sus coletas. Las dos mantenían los labios muy apretados, se notaba que estaban tensas y nerviosas.

Finalmente y asegurándose de que no podían ver nada, Azazel se quitó la capucha y dejó caer su manto en el suelo. Con la misma parsimonia se desnudó. Aunque estaba bien formado, su piel tenía múltiples marcas y era mucho más rugosa en zonas donde antaño se había producido graves quemaduras.

Otra cesta con uvas estaba dispuesta también en esta sala. Cogió la misma y arrancó una del racimo, pero esta vez, se la metió él en la boca. Sin masticarla, se acercó a una de sus muñecas y se la ofreció de boca a boca. Pero al pasarla, esta comenzó a dar arcadas. Era algo inevitable, al recordar la tortura de la sala anterior. Repitió la misma operación con la otra; esta se mantuvo más firme, por lo que Azazel sonrió poniendo una mueca extraña.

– Buena chica, tú serás la primera.

Mientras tanto, Dayu se dedicaba a recomponer el cuerpo de su trofeo estirándolo por completo. Ató a la mujer a la cama, boca abajo y con los brazos y piernas completamente extendidos. Su cuerpo estaba lleno de magulladuras y bultos, probablemente de huesos que se había roto.

– Mejor así, ¿verdad zorra?

– No… no sabes lo que estás haciendo… ¿qué te ocurrió en el mundo humano Matsumura? ¿Por qué? ¿Por qué nos traicionas? –preguntó entre sollozos, ya no podía sentir el dolor.- Tú no eres uno de ellos… no lo eres…

– ¡Calla de una maldita vez!

De nuevo se puso sobre ella y se señaló a sí mismo.

– ¿Sabes que me iban a ascender? ¿Sabes que podía haber llegado hasta el mismísimo trono? Pero no, vosotros, cerdos, teníais que conspirar, nunca os fiasteis de mi, ¡nunca! Me mandasteis al mundo humano despojándome de todo, hacia mi desgracia, hacia mi propia tortura. Y mira donde estoy ahora… ¡mira joder! –exclamó con furia mientras la obligaba a incorporar su cabeza para que observase. Aquí soy tratado como lo que siempre he querido ser, soy la mano derecha del que es mi Señor. Aquí, zorra, se me trata con respeto.

– ¿Cómo… cómo puedes fiarte del Señor de las Tinieblas…? ¿Cómo puedes estar de su parte?

– Él va ayudarme a cumplir con mi venganza, va a darme algo que no me quisieron dar ahí arriba: poder, y por lo que tengo entendido, un gran poder.

La mujer no podía seguir insistiendo. Cualquier vestigio de lo que era su compañero había desaparecido, sin duda. Ya no cabían las palabras, sintió la ira de Matsumura cuando la obligó a ponerse de rodillas, agarrándola fuertemente también por el pelo. La embistió con dureza.

Tras las primeras sacudidas, Dayu tiró aún más del pelo y se agachó para que le observase.

– Bienvenida al inframundo, zorra.

***

Con gran parsimonia y como si se tratase de un ritual, Azazel cogió un costurero que había cerca y se colocó detrás de su primera muñeca. Con especial cuidado bajó la cremallera de su vestido, como temiendo estropear el mismo.

A pesar de la pulcritud que mostraba, la espalda de la chica estaba vendada con unas gasas. Esta se mordió el labio y de nuevo intentó contener el llanto al sentir que su Señor tiraba de los adhesivos para quitárselas. Lo que ocultaba detrás de las gasas era el propio músculo, no había piel en una zona que había sido perfectamente recortada con algo muy afilado. Azazel abrió el costurero.

– Tenías una imperfección, ahora con esto ya tendrás de nuevo la piel perfecta.

En lugar de retales de tela, lo que sacó Azazel no fue más que un trozo de piel. Satisfecho porque ya no había manchas en la misma y ataviándose de aguja e hilo, comenzó a cosérselo. La chica no pudo aguantar el dolor, pero como si nada, Azazel la chistó.

– ¿Qué he dicho de quejarse? Sed buenas o no tendréis recompensa.

Cuando terminó de coser, hizo lo mismo con la otra.

– Bueno, esto ya es otra cosa. Ahora que ya volvéis a ser perfectas, ya sois dignas de mí.

Y sin más, las chicas, aún con los ojos vendados se despojaron de sus vestidos, pues ya sabían lo que tocaba a continuación, complacer sexualmente a su macabro y enfermizo dueño.

 

No se encontraba en la sala. Dayu observó un momento el trono al final de la misma, vacío, y titubeó un instante antes de comenzar a andar hacia el mismo. Lo observó detenidamente y lo rodeó por detrás, pasando sus largos y finos dedos por aquella superficie. Finalmente, tomó asiento. Justo al hacerlo, unas cortinas se agitaron a su derecha.

Al ver a su Señor, de inmediato hizo por levantarse, pero Azazel levantó una mano, por lo que Dayu se recostó de nuevo en aquel asiento privado.

– ¿Qué sientes, Matsumura, al estar ahí sentado?

El ángel se apoyó aún más y dejó que sus brazos reposasen en ambos apoyabrazos, cerró los ojos e inspiró.

– Poder.

– Lo deseas fervientemente, ¿no es cierto? Tranquilo, no voy a recriminar tu curiosidad. Ambos sabemos que puede ser tuyo, si cumples con la misión que te ha sido encomendada, por supuesto. Entonces, Matsumura, seré yo quien se recueste en tu regazo.

A Dayu le extrañó tal comentario, pero no quiso cuestionarlo.

– Dime… ¿te has divertido con tu trofeo?

– No he podido contenerme, lo siento, se me fue de las manos.

– No lo sientas. Ellos te traicionaron, es bueno que recuerdes eso y lo tengas siempre en la mente, además de poder desatar tu ira. La próxima vez te prestaré a una de mis muñecas, ellas reciben un trato más especial y espero que tú hagas lo mismo. -mientras lo decía, le acarició la mejilla suavemente con dos de sus dedos. Dayu asintió.

Para aquellos que obedecían sin cuestionar, el inframundo podía convertirse en el paraíso. Sin embargo, era el mismísimo infierno para muchos de los que allí se encontraban. Dayu Matsumura lo sabía, perfectamente.

 

Capítulo 3

 

Normalmente cuando se celebraba un castigo, los ángeles más fieles y de mayor rango se reunían para presenciar el evento, así como parte de los que no lo eran, para que aprendiesen una valiosa lección: en el inframundo debían de cumplirse unas reglas.

Estas eran sencillas, no obstante algunos se atrevían a infringirlas y eso hizo que aquel día, otro ángel más cayese en las manos torturadoras del Señor de las Tinieblas. Básicamente, las reglas consistían en no observar nunca a su Señor, no llamarle por su nombre, no cuestionar sus actos y por supuesto no difamar contra él o traicionarle.

Pero aquel mismo día, un ángel difamó contra su Señor, y para su desgracia, fue descubierto. La víctima, atado de pies y manos, se encontraba ahora tumbada sobre una mesa en el centro de la sala principal. Todos estaban reunidos para presenciar el castigo, el primero para Dayu Matsumura, que observaba con interés a la derecha de su Señor. Este dio un paso hacia delante, iba cubierto con su manto negro y la capucha, de forma que nadie pudiese verle.

– Saito.

Este salió detrás de él y se arrodilló ante Azazel.

– Mi Señor.

– A pesar de tus descuidos en el pasado, hoy has hecho una gran labor trayéndome a este difamador, por lo que tu acto se verá recompensado.

– Es un gran honor –respondió este sin mirarle, levantándose a continuación para ocupar de nuevo su puesto. De pronto Dayu se fijó más en las cicatrices del que era su instructor: Kunimatsu Saito.

Ahora, con aire solemne, Azazel levantó ambos brazos para dirigirse a su público.

– La difamación se paga con uno de los peores castigos y el primer paso es, asegurarnos de que este ser no vuelva a difamar, nunca más. –dicho esto puso las palmas de ambas manos boca arriba. De inmediato otros dos súbditos le pusieron en una mano una pequeña caja y en la otra lo que parecía una píldora. Dejó la caja sobre la mesa, al lado de la cabeza de la víctima y mostró la pastilla al público, era de color rojo y bastante grande. La víctima pataleaba y sollozaba, y lo hizo aún más cuando sintió que su Señor le metía la pastilla en la boca. –Disfruta de tu último sustento.

Nadie excepto Matsumura parecía haberse dado cuenta, observó de soslayo a su Señor y este asintió con la cabeza. Entonces, rápidamente, Dayu sujetó la cabeza de la víctima por la mandíbula y con la otra mano le tapó la nariz, con gran fuerza.

– Trágate la puta pastilla –le dijo poniéndose cara a cara, después le obligó a tragársela ya que antes tan solo había fingido hacerlo.

A continuación y muy despacio, Azazel abrió la caja. En una mano mostró una aguja de coser bastante grande y en la otra, hilo. Con gran delicadeza, chupó el extremo del hilo y enhebró la aguja. Mientras tanto, Dayu seguía sujetando la mandíbula de la víctima para que mantuviese la boca cerrada. Este se zarandeaba, pero ya todo era inútil. Vio la aguja que Azazel le puso entre los ojos y a continuación comenzó a coserle la boca, muy despacio, para que el dolor quedase patente en aquella sala, para que todos pudiesen apreciar hasta donde podía llegar su crueldad. Y eso tan solo, era una ínfima parte.

Terminado el acto de coserle, de nuevo Azazel hizo otro gesto. Tanto Saito como Dayu se acercaron a la mesa y comenzaron a rasgar las vestiduras de la víctima, dejándolo desnudo. El Señor de las tinieblas se acercó un poco más para observar de cerca su piel, pero no la tocó.

– Serás una bonita escultura.

La víctima lloraba, pataleaba sin descanso, no pudiendo gritar, ahogándose en su propio dolor. Ya era, demasiado tarde. La pastilla que había tomado servía para prolongar aún más su agonía, Azazel no le daría el placer de morir tan pronto…

 

Aquella noche reinaba el silencio en el inframundo. Todos los que allí convivían estaban sobrecogidos en sus habitaciones, temerosos por el castigo presenciado, temblando ante el horror y los actos de su Señor. Todos, excepto uno.

Rompiendo aquel silencio, Dayu Matsumura gemía de placer en su cama sin ser consciente de que más ojos le estaban observando. A través de un espejo, como si este fuese la pantalla de un televisor, Azazel observaba en silencio en sus aposentos mientras se clavaba las uñas en la palma de su mano. Apenas si se dio la vuelta cuando Saito se presentó detrás de él.

– ¿Me ha llamado mi Señor?

– Sí, quiero que veas esto.

Al principio le costó un poco comprender lo que estaba observando, pero la imagen era lo suficientemente nítida e incluso se podía oír. En una postura fetal y completamente encorvado, el ángel lamía su masculinidad a la vez que jadeaba.

Con un movimiento de mano, Azazel hizo como que la imagen se rebobinase hacia atrás. Ahora Dayu se encontraba estirado sobre la cama, se acariciaba despacio mientras mantenía una mano cerca de su boca entreabierta, su gesto era provocador. Saito tragó saliva, y al cabo de unos segundos, rezó para que no se notase su erección.

– Hoy ha presenciado y colaborado en su primer castigo. ¿Y qué es lo que hace a continuación? –Azazel tomó una pausa y miró directamente a Saito.– Agradecerle a su cuerpo. Fíjate bien Saito, lo adora. Adora su piel perfecta e inmaculada… tanto, que tiene que corresponder desesperadamente a ese sentimiento. Sin duda, será un cebo jugoso para los humanos.

– No me cabe duda mi Señor, ¿se le ofrece algo más? –preguntó Saito mientras se inclinaba para apartar la vista de esas imágenes, estaba deseando marcharse de allí. Los jadeos de Matsumura eran cada vez más fuertes.

– Ah sí… el tema de tu recompensa –dijo Azazel cayendo en la cuenta, se giró para observarle- Preséntate aquí mañana al atardecer, y trae a Matsumura contigo.

Justo cuando se estaba retirando, Saito escuchó a su espalda como su alumno finalmente se había “reconciliado” con su cuerpo. Cerró sus ojos con fuerza y emitió un leve chasquido con la lengua.

 

Al día siguiente, como siempre, Dayu aguardaba sentado en la fuente seca del jardín, esperando a que llegase su instructor. Ahora, Kunimatsu Saito lamentaba haber visto aquellas imágenes la noche anterior, normalmente no se fijaba en otros ángeles de su mismo sexo, sin embargo el bello aspecto de su alumno, aquel gesto, su mirada, su piel perfecta, lo hacía deseable para cualquiera. Procuró pensar en otra cosa cuando se dirigió hacia él.

– Se te ve algo tenso, ¿no dormiste bien anoche?

En las palabras de Matsumura siempre había ese deje de arrogancia y descaro, lo que ponía a Saito de muy mal humor.

– Acompáñame, aquí hay demasiados ojos.

Caminaron juntos hasta salir del recinto, hacia la espesura del bosque. Cuando Saito creyó estar en una zona segura, se dirigió a Matsumura.

– ¿Quién coño te crees que eres? Anoche casi me… -no supo continuar.- Agradece que le has caído en gracia chaval, sino ahora mismo tú y yo estaríamos en esa maldita galería, inmovilizados hasta la muerte tragando sus asquerosas uvas y cortándonos la piel a tiras.

– Él te hizo eso, ¿verdad? –indicó Dayu señalando las cicatrices en el rostro de Saito, sin responder a lo que le había dicho.

Ahora Saito se llevó las manos a la cabeza y pegó una risotada.

– Para tu información, cometí un delito menor y lo pagué.

– Y ahora estás cometiendo otro, estás difamando.

Mirando antes a ambos lados, Saito agarró con fuerza a Matsumura de su pechera.

– Anoche, arrogante de mierda, Azazel me obligó a ver como te masturbabas, lo vimos todo, Matsumura. Y ahora quiere que nos reunamos con él esta tarde vete tú a saber para qué. Deberías de tener más cuidado con lo que haces, chaval. –le soltó.

– Dime Saito –comenzó a decir Dayu como si nada, le daba igual lo que acababa de escuchar -¿te pusiste cachondo?

El límite había sido cruzado, Saito se acercó a su alumno para abofetearle, pero rápidamente Dayu apresó su muñeca.

– Si me haces un moratón, estropearás la piel que tanto desea nuestro Señor. No soy tan gilipollas como piensas, Saito. Se lo que quiere y se lo que se espera de mi, no voy a caer en su juego pero ambos tenemos que estar juntos en esto pues ambos queremos lo mismo. Tenemos que obedecer las reglas y esperar el momento oportuno.

Aquellas palabras hicieron mella en Saito, el cual se calmó.

– ¿Qué le hiciste?

– ¿Realmente quieres saberlo? Azazel tiene un pasatiempo bastante masoquista, le gusta remendar pieles y jugar con sus “muñecas”, hasta les hace sus vestidos y todo. Son seres perfectos y tan reales como tú y como yo. Un día me pilló “jugando” con una de ellas, pensaba que mi vida se había terminado entonces, pero se limitó a realizarme estos cortes con sus cuchillas, para que nadie más pudiese…

– ¿…fijarse en ti? –se compadeció Matsumura.

– Mierda, haz el favor de no mirarme así –terminó diciendo Saito mientras de nuevo comenzaba a caminar de vuelta. A su espalda, su alumno comenzó a seguirle, sonriendo con descaro.

 

Capítulo 4

 

Ya era casi la hora, Saito paseaba nervioso alrededor de la fuente, con las manos entrelazadas en la espalda. Esperaba que todo fuese bien, pero conociendo a Azazel nunca podías estar seguro. Se repetía constantemente que era eso, una recompensa. Últimamente había sido muy complaciente, entregándole a todos los desleales que pudo, para ganarse de nuevo su confianza, meta que finalmente alcanzó. No obstante, su propio alumno era un rival poderoso, consiguió en pocos días lo que él no había podido, y no tuvo que pasar por ninguna de sus malditas y masoquistas pruebas. Un ángel expulsado del paraíso, solo con eso bastaba.

Tranquilamente, Dayu apareció como si nada, con gesto despreocupado.

– Llegas tarde –le recriminó Saito.

– No estarás nervioso, ¿verdad?

Ahora Saito chascó la lengua y comenzó a andar deprisa hacia los aposentos de Azazel seguido de su alumno.

– ¿Cómo crees que será la recompensa?

– No tengo ni la más mínima idea, lo único que deseo es no ver su costurero. Acabemos con esto cuanto antes…

Una vez frente a la puerta, llamaron. Esta se abrió sola y encontraron a su Señor delante de una máquina de coser, parecía estar en plena faena.

– Sentaos ahí –dijo sin mirarles mientras señalaba un amplio sofá.

El ruido que hacía esa máquina ponía aún más nervioso a Saito, pues sabía que la aguja de la misma no solo había cosido telas, sino también manos. Al terminar, enseñó con orgullo su pieza, parecía una cofia para la cabeza.

– ¿Os gusta?

Ambos asintieron. Su Señor estaba a cara descubierta, algo que no era frecuente, y ahora mismo tenía enfrente a los dos únicos súbditos a los que permitía el semejante lujo de poder ver su rostro. Azazel dejó a un lado la cofia y se levantó dirigiéndose a ellos.

– Saito, si no te importa, tendrás que compartir tu recompensa con tu alumno, pues creo que ambos merecéis tal… privilegio. Eso sí, hay unas normas.

– “Lo sabía” –pensó de inmediato Saito.

– … las normas son: no mirar y no tocar. Para asegurarme de que eso no ocurre…

Un sudor frío se apoderó del cuerpo de Saito, no así Dayu que permanecía como si tal cosa.

– … os pondréis esto. –dijo mientras sacaba algo de uno de sus armarios.

Al verlo, Saito no pudo evitar un resoplido de alivio. Eran unas vendas para los ojos y esposas. Ya podía adivinar por donde iban los tiros. De pronto la otra puerta se abrió y entraron varias muñecas de la afamada colección de Azazel. Este se cubrió con el manto para que no pudiesen verle. Cuatro muñecas permanecían a la espera, procurando que sus emociones no saliesen a flote. Pero en esta ocasión, Azazel no hizo el registro que solía hacer para ver si ocultaban imperfecciones que debieran corregirse, directamente las vendó a cada una los ojos para que no pudiesen ver y ordenó a sus súbditos que hiciesen lo mismo.

– Espera, te ayudaré –dijo Dayu mientras vendaba los ojos a su maestro. A continuación se pusieron las esposas quedando sus manos a la espalda. Estaban uno junto al otro, casi se rozaban.

Cuando se aseguró de que nadie podía ver nada, Azazel se desvistió, quedando su imperfecta piel y todo su cuerpo al descubierto. Fue hacia la cesta de las uvas. Previamente Saito la había observado por lo que ya sabía lo que venía a continuación. Azazel se dirigió primero a sus muñecas, dando aquella pequeña fruta de boca a boca, como solía hacer. Luego fue hacia el sofá y se dirigió en primer lugar a Matsumura, con la correspondiente uva, pero esta vez en la mano.

– Abre la boca –ordenó. Dayu así lo hizo, sacando un poco la lengua. Su Señor le puso la uva en la misma –Dásela.

De este modo, Dayu giró la cabeza y Saito hizo lo mismo. Sus labios se encontraron y se pasaron el fruto, ninguno pudo evitar sonrojarse, echo que no pasó desapercibido ante los ojos de su Señor.

– Y esta es para ti –dijo mientras ponía de nuevo en la boca de Dayu otra uva para él.  Mientras que las muñecas daban arcadas al masticar, ellos la tragaron sin problemas.

– Desvestidlos –ordenó ahora Azazel a sus muñecas.

Sin mediar palabra, las muchachas se acercaron, a tientas, para quitarles la ropa. Azazel era absolutamente metódico, todo estaba programado y todo tenía que ser como él dictaminase. De nuevo ambos ángeles quedaron ahora de pie con las manos en la espalda, vendados y totalmente expuestos. Las muñecas se retiraron y Azazel se acercó a ellos.

Intimidación.

– Anoche, como seguramente te habrá contado Saito –este tragó saliva- te estuvimos observando. Tienes una grande y enorme… flexibilidad, Matsumura. Sin duda en el paraíso te concedieron ese bello cuerpo del que tanto te gusta presumir y de una piel envidiable, ¿verdad Saito? –preguntó dirigiéndose ahora a su otro subordinado.

– Sí mi Señor.

No pudo ver que mientras hablaba, Azazel pasó uno de sus amarillentos dedos por el torso perfecto de Dayu Matsumura. A continuación ambos escucharon un chasquido de dedos. Una de las muñecas se acercó al instante. Con sumo cuidado, Azazel comenzó a desabrochar su corsé. La desvistió doblando cuidadosamente las prendas para guardarlas en un armario.

– Ya sabes lo que tienes que hacer.

Y sin más, dejó a ambos con una de sus muñecas mientras Azazel se postraba en su cama con las otras tres. Una para los dos, y estaba siendo generoso, así lo interpretó Saito.

Obediente y complaciente, la muñeca se arrodilló entre los dos ángeles que ahora se habían puesto en pie, uno frente al otro. Comenzó dándoles sexo oral.

No podían verse, no podían tocarse entre ellos, pero eso lo hacía aún más placentero. Saito comenzó pronto a escuchar las respiraciones profundas de su alumno, le sentía cerca pues le llegaba su aliento. Esto le puso aún más nervioso, pues no podía quitarse de la cabeza las imágenes de la noche anterior, por lo que se imaginó que de nuevo tendría esa expresión en su rostro. Ahora, para colmo de males, tenía que actuar junto a él. ¿Lo había hecho Azazel a propósito? ¿Sabía que en el fondo sentía esa atracción tan prohibida?

Entonces se escuchó aquel leve y casi insonoro gemido salir de la garganta de Matsumura, el cual hizo eco en los oídos de Saito, que de inmediato creyó que no iba a poder soportarlo. Aquella recompensa más bien parecía un maldito castigo, cuando en otras circunstancias sí habría disfrutado del placer que le proporcionaba esa muñeca. Su excitación, no obstante, fue en aumento. Cada vez podía sentirle más cerca, hasta que finalmente sintió la frente de Dayu apoyada contra su hombro, se estaba arriesgando y mucho, pero de momento Azazel estaba lo suficientemente ocupado como para darse cuenta. Dos de sus muñecas lamían su masculinidad de forma ferviente mientras que la otra, claramente su favorita, la tenía entre sus brazos mordisqueando su largo y blanquecino cuello.

La muñeca hizo por lamer a los dos al mismo tiempo, por lo que aquel roce puso más nervioso a Saito, el cual seguía escuchando los jadeos incansables de Dayu cerca de su oído, seguía con la frente apoyada en el hombro. Entonces quiso que se lo tragase la tierra en aquel mismo instante, el insensato de su alumno dijo justo lo que no quería oír y además en el peor momento posible.

– Fóllame… -susurró de forma casi imperceptible, de forma que únicamente Saito pudo escuchar. Este le chistó al oído.

Imprudente, descarado.

Pensó que la cosa se quedaría ahí, pero Saito tragó de nuevo saliva y miró de soslayo hacia la cama donde se encontraba su Señor.

– Por favor… Saito… fóllame… -su tono no era en absoluto de descaro, sino de súplica. De nuevo tuvo que chistarle, le hubiese gustado decir que se callara, pero no quería asumir el riesgo, no en aquella sala donde no solo reinaba el placer sino también la propia muerte. –Fóllame joder… -insistió con los dientes muy apretados y dándole un leve golpe con la frente en su hombro.

– Saito.

Aquella voz resonó en la sala como si alguien hubiese disparado. A este casi se le sale el corazón por la boca. Observó a su Señor, estaba inclinado hacia él, jadeando sobre su muñeca a la que mantenía sujeta apresando su cuello, la estaba ahogando. Con la otra mano le señaló. “Ya está”, se dijo Saito, el cual comenzó a prepararse para lo peor y todo por culpa del niño arrogante.

– ¿Acaso estás sordo?

La muñeca, bajo él, intentó zafarse, realmente la estaba ahogando. Pero Azazel, al que ahora le caían unos mechones blancos por su cara, seguía en aquella posición. Sin embargo, al cabo de pocos segundos, Saito se echó hacia atrás increíblemente asustado cuando vio que su Señor prácticamente saltaba de la cama, apresándole por la espalda y quitándole la venda de los ojos, también se la quitó a Dayu. Este último se mostró sorprendido y tenía las mejillas coloradas. Azazel cogió la mandíbula de Saito para que este pudiese observar el gesto de Matsumura.

– Mírale… te está suplicando que le folles… –dijo despacio en su oído, remarcando bien las palabras.  Saito no sabía donde quería ir a parar, pensaba que evidentemente no lo permitiría.  Por suerte para él, se equivocaba.– Complace… a tu alumno, él es tu maldita recompensa -escupió mientras le soltaba y se iba a la cama.

Un leve “sí, mi Señor” salieron de los labios de Saito, el cual se quedó completamente absorto. Normalmente su Señor no perdía la compostura de esa forma, sin duda la influencia de Matsumura era mucho más fuerte de lo que creía. Apenas si pudo reaccionar cuando Dayu le besó en los labios. Se dejaron caer sobre el sofá, Saito definitivamente, estaba rendido ante aquella situación tan extraña.

 

Capítulo 5

 

Sin duda, en aquella recompensa existía una “doble intención”. En su interior, Saito nunca se fiaba al cien por cien de su Señor. Pues Azazel, a diferencia de ellos, era un demonio, cosa que enseguida quedó patente en aquella habitación habitada por la lujuria.

Ya sin las vendas, Saito embestía de pie a Dayu, el cual se encontraba de rodillas sobre el sofá, se las ingenió para pasar sus manos esposadas por delante, y debido a su posición, tanto Saito como Dayu podían ver a su Señor justo en frente, retorciéndose de placer en aquella cama. Lo más curioso de todo es que los gemidos de Matsumura parecían estar sincronizados con los de Azazel, y ambos parecían querer imprimir el mismo ritmo. Hasta que, finalmente, Azazel no pudo controlarse por más tiempo. Únicamente Saito sabía lo que estaba a punto de suceder, pero se encontraba demasiado excitado como para importarle, pues estaba superando ya aquel miedo.

Primero se escuchó una especie de rugido, aquella fue la señal. Saito se encorvó entonces hacia delante sobre la espalda de Dayu, sin dejar de embestirle. Tan solo dijo una palabra en su oído.

– Observa. –a continuación lo lamió. Saito entendía ahora porque antes les había quitado la venda, quería que Dayu lo observase por primera vez, quería que viese en primera fila como era su Señor en realidad.

Un demonio.

El cuerpo de Azazel comenzó a convulsionarse, pero no dejaba de embestir a una de sus muñecas. Su excitación había llegado al límite, y con ello, el control sobre su propio cuerpo. Este se ensanchó de repente al doble de su tamaño, huesos, musculatura, piel, todo, incluido su miembro, por lo que la muñeca profirió un grito ahogado de dolor. También la bestia sujetaba el cuello de su víctima a la vez que eyaculó dentro de ella. Unos cuernos, algo rizados, salieron de su cabeza y su pelo blanco creció igualmente al mismo tiempo. Su aspecto, aunque más corpulento, seguía siendo el mismo. Dayu Matsumura observó en primer plano todo el proceso, pero no cambió el gesto de su cara, un hilo de saliva chorreaba por su mandíbula a la vez que gemía por aquel placer desbocado.

– Ya… ya no aguanto más… –susurró.

No parecía haberle afectado en lo más mínimo haber observado aquella transformación. De inmediato Azazel dirigió su mirada a Saito.

– Recógelo –dijo entre jadeos de cansancio, gruesos mechones de pelo blanco cubrían su rostro.

Entonces Saito tomó una copa de cristal que se encontraba en la mesita, justo delante de él, y la colocó bajo Dayu mientras que con más energía incitaba a su miembro. Estallaron ambos a la vez, Saito dentro de Dayu y este, sobre la copa, la cual se llenó parcialmente de su blanco néctar. Con sumo cuidado, Saito la depositó de nuevo en la mesa. Azazel tiró a un lado a su muñeca carente ya de vida, recogió la copa con una gran mano y se sentó en el borde de la cama, frente a ellos. Dayu seguía de rodillas sobre el sofá sin poder quitar la vista de encima a su Señor, jadeaba. Pero de inmediato, Saito hincó la rodilla en el suelo para mostrar sus respetos.

Sin decir aún nada, Azazel removió la copa frente si y observó con interés. Luego posó en ella sus labios y deslizó todo el contenido a través de su garganta. Justo al terminar, observó a Dayu enfrente de él, ahora de pie, pero al segundo, el ángel se dejó caer de rodillas y se recostó sobre su regazo, como solía hacer cuando era requerida su presencia en el trono, solo que esta vez lo hizo sobre unas enormes piernas.

– ¿Es compasión lo que sientes?

– Admiración. –corrigió Dayu.

– Saito.

– ¿Sí mi Señor?

– Prepáralo todo para dentro de dos días.  Matsumura va a realizar “el pacto”. –mientras lo decía, acariciaba su pelo rojo como si fuese un cachorrito.

 

Más tarde, Saito se encontraba en la terraza de sus aposentos, contemplando el inexistente cielo del inframundo que en aquel momento tenía un tono púrpura.  Sacó un cigarrillo y se dispuso a buscar el mechero en los bolsillos, no lo encontraba.

De pronto, alguien silbó a su espalda.  Reaccionó cuando observó a su alumno que le lanzaba el mechero por el aire.  Saito dio un chasquido con la lengua, ya que Dayu se lo había quitado sin que se diese cuenta, lo que le hacía reconcomerse más por dentro. Sin más y dándole la espalda, Saito se encendió el cigarrillo como si nada y expulsó el humo despacio, como si fuese una bendición.

– Tú sabías de antemano que Azazel no iba a negarse, ¿qué hiciste? ¿Pedirle permiso? –habló Saito en un tono bastante despectivo.

– No hizo falta. Dime algo ¿por qué te acojona tanto?

Saito emitió una sonora carcajada y decidió marcharse.

– No tengo por qué aguantar esto. –pero antes de irse por la puerta, Dayu le cortó el paso poniendo el brazo.

– Al menos, echaste un buen polvo.

Otra vez había cruzado la línea, Saito le empujó contra la pared, un dedo acusador tocó el pecho del joven ángel. Dio una calada a su cigarro y lentamente expulsó el humo en su cara, pero Dayu no pestañeó siquiera.

– Casi nos cuesta la vida, chaval.  Solo sabes pensar en ti, no eres más que un engreído, un arrogante, un descarado y un bastardo hijo de puta.

– Joder Saito, no sabes como me excita que me insultes… -dijo muy despacio tras una leve risotada.  Pero Saito parecía a punto de querer explotar y las venas de su frente estaban hinchadas.

– Un día te va a perder esa maldita bocaza que tienes.  Ni siquiera aprecias la suerte que tienes de seguir aquí vivo o al menos, sin que te torturen.

– Vives con demasiado miedo y él huele ese temor Saito.  Y en el temor, ve la duda.  Puedo ser un engreído, un arrogante, un descarado y sí, puedo ser un bastardo hijo de puta, pero yo, Kunimatsu Saito, no soy el que está lleno de cicatrices ni el que he tenido que ganarme de nuevo la confianza de nuestro Señor.  Como ya te dije, no soy ningún gilipollas.

– Deja ya de joderme, va en serio –dijo mientras le clavaba el dedo.- Tú has visto lo que es, y tú y yo no somos más que títeres, o si no dime que pueden hacer un ángel expulsado del paraíso y un ángel renegado.

– ¿Renegado? –preguntó Dayu, su gesto había cambiado.  Esto hizo que Saito se alejara y le diese la espalda, dio otra larga calada a su cigarro antes de hablar.

– ¿Acaso te interesa?

– Bueno, teniendo en cuenta que ya somos colegas de folleteo, sí, supongo.

Ahora Saito se echó a reír, a carcajadas.

– ¿”Colegas de folleteo”? Que te quede una cosa bien clara, Matsumura, si lo hice, fue porque me metiste en una jodida encerrona, nada más, así que no te hagas ilusiones, chaval.

– ¿Sabes algo Saito? Realmente se te da muy mal mentir, no me extraña que fueses castigado. –dijo justo antes de marcharse por la puerta.– Y no me interesa por qué fuiste un renegado –terminó mientras daba un buen portazo a la misma.

Tras unos segundos, Saito apagó el cigarro y dio una patada a la pared. A continuación se dejó caer sobre la cama lleno de rabia. Si hay algo que duele realmente, es escuchar la propia verdad.

 

Capítulo 6

 

No estaba en la fuente.  Y Saito no se extrañó en absoluto, pero era ya lo que le faltaba, que el niño hubiese cogido una rabieta.  Solo tenía dos días para prepararle, así que no había tiempo para sentimentalismos inútiles.  Realizar el pacto conllevaba un enorme sacrificio y no todos habían sobrevivido a las duras pruebas que imponía Azazel para tal efecto.  Era un importante traspaso de poder, un vínculo que se generaba directamente con el mismísimo Señor de las Tinieblas.

Maldiciendo por lo bajo, Saito dirigió sus pasos hacia el dojo de entrenamiento, tenía una corazonada.

Ahí estaba.

No obstante, algo le impidió entrar de inmediato y se quedó un rato observándole desde fuera.  En una perfecta danza, Dayu Matsumura ejecutaba movimientos precisos y certeros de las artes marciales que estaba aprendiendo.  Mejoraba y aprendía de forma exponencial, día tras día Saito había observado sus progresos, pero ahora le miraba con otros ojos, no veía tan solo a su alumno, no podía, después de aquello, aunque hubiese sido en su opinión “una maldita encerrona”.  Dayu vestía únicamente el pantalón, su torso al desnudo chorreaba sudor mientras “bailaba” una coreografía sin precedentes.  Llevaba el pelo recogido pero algunos mechones caían sobre su rostro.  Un espectáculo digno de ver y Saito sabía que él podía presumir de ello.  Pronto cambió su gesto y entró en el dojo.  Al verle y casi sin mirarle a los ojos, Dayu le dio la espalda para coger una toalla y secarse.

– Dejando a un lado nuestras diferencias Matsumura, solo tengo dos días para prepararte por lo que haz el favor de acudir a las citas, odio estar dando vueltas para buscarte.

Ahora Dayu le observó, con una mirada que podía atravesar una montaña. Saito jamás había visto esa expresión en su rostro, le recordaba a la de su Señor.  Una mirada que podía ser calificada como diabólica.

– Pelea conmigo. –dijo sin más.

Dando una risotada sarcástica y sopesando la situación, Saito se pasó la mano por la barbilla antes de hablar.

– Está bien chaval, tú ganas.

A continuación, Saito se quitó igualmente la parte superior de su ropa, su musculado torso y sus brazos estaban cubiertos de diferentes tatuajes, el más característico (y erótico) era el que se dibujaba sobre su abdomen: un corazón atravesado por una cruz. Se recogió un poco su largo pelo, negro como la noche y ambos adoptaron posturas de kung-fu.

Comenzó la pelea en una serie de puñetazos que ambos lograban esquivar, estaban bastante igualados y cada uno pudo notar enseguida que su oponente iba en serio.  Saito tenía mucha fuerza, pero Dayu parecía el más ágil. En aquella pelea estaban descargando toda su furia, y aquel vacío que iba dejando la misma se llenaba ahora de incertidumbre y de extraños sentimientos que no podían tener lugar allí.

Pero enseguida, Saito comprobó lo equivocado que estaba, pues tras aquel muro de orgullo y descaro descubrió la debilidad de Dayu Matsumura. Este hincó una rodilla en el suelo y comenzó a jadear de cansancio, Saito no le había golpeado y enseguida se dio cuenta que su alumno mantenía una mano en su pecho, tenía la cabeza agachada y su pelo rojizo se había soltado.

– ¡Eh! ¿Estás bien?

– No, no es nada… se me pasará. –logró decir, pero no le observó, tenía los ojos cerrados con fuerza y parecía que le costase respirar.

El corazón.

Esa era la debilidad de Dayu Matsumura, y ahora Saito lo sabía.  Este le ayudó entonces a incorporarle cuando ya dijo que estaba algo mejor.  Se sentaron en un banco y Saito le ofreció un poco de agua.

– Ahora que ya sabes mi punto débil, no dudarás ¿no es cierto?

– Ya poco me importa. –hizo una pausa- Lo que dijiste ayer… tenías razón.  Soy un puto cobarde… y por eso soy un renegado.  Es fácil huir de lo que nos asusta y cuando te ves atrapado, sin salida, puedes llegar a hacer cualquier cosa, y eso tú lo sabes muy bien –dijo señalando la cicatriz que Dayu tenía en su muñeca izquierda.- Es por eso que estamos aquí Mat… Dayu. –corrigió. Ahora este sonrió de forma burlona.

– Vaya… esto sí que no me lo esperaba. –bebió un poco de agua y se incorporó. Tenía intención de continuar el entrenamiento.

– ¿Estás loco? Ahora descansa, es una maldita orden.

Normalmente Saito solo acudía ante su Señor cuando era requerida su presencia.  Pero, por primera vez, se dirigió a sus aposentos y llamó a la puerta.  Azazel se encontraba de espaldas guardando algo en uno de sus armarios, eran frascos con algún tipo de líquido, al parecer donde conservaba retazos de la piel de sus muñecas.

– Esperaba que vinieras. –dijo sin verle y cerrando el armario, le mostró un asiento y se bajó la capucha.

– Mi Señor… creo conveniente que sepa algo.  Puede que Matsumura no sobreviva a las pruebas, al… pacto.  Antes, hace unos minutos, su corazón se resintió a pesar de estar en este lugar.  Tiene un gran potencial, pero un corazón muy débil, me pregunto si… podrá soportarlo. –dijo con las manos entrelazadas y mirando al suelo.

– Es interesante… Saito.

Este le observó ahora sin comprender.

– ¿Mi Señor?

– Siempre has sido un mujeriego testarudo e indisciplinado, en más de una ocasión te he tenido que parar los pies por pensar con otra cosa que no fuese con tu cabeza.  Ahora sin embargo, te preocupas por él, realmente te sorprendió lo del otro día.  Y lo más curioso, fue la forma que tuvo de convencerme.  Eres su instructor, y su único amigo, pero quiere ver en ti aún más allá… incluso rechazó a mis preciosas muñecas, solo te quería a ti. Curioso, ¿no crees?

Ante estas palabras, Saito no supo qué responder.  Se llevó la mano al entrecejo y cerró los ojos con fuerza.

– ¿Qué puedo hacer mi Señor? ¿Qué… qué es lo que se espera de mí?

– Tu momento llegará, Saito.  De momento tendrás que corresponderle, si así lo deseas, eso es cosa tuya pues no se trata de una orden, tampoco lo fue el otro día.  Dime, te dijo algo sobre… ya sabes. –titubeó mientras se daba la vuelta.

– En absoluto, ni una palabra.

– Entonces ve y no te preocupes por su debilidad, el poder que recibirá le hará más fuerte.

Antes de retirarse, Saito se puso de rodillas y besó la mano de su Señor.

– Gracias. –se le ocurrió decir justo antes de marcharse. Azazel hizo una mueca de sonrisa.

Ahora sabía que no estaba obligado pero sin embargo… no podía quitárselo de la cabeza. Había estado con muchas mujeres y ahora ese chico en dos días había logrado más que ellas en meses. “Joder, claro que me gustó…” pensó mientras apretaba los puños.

Era ya mediodía, y como era su costumbre, se reunieron para comer juntos.  El comedor era una sala grande, con largas mesas dispuestas y múltiples velas sobre la misma, siendo esta la única luz, por lo que el ambiente era algo oscuro.  Alumno e instructor estaban sentados uno frente al otro, ya iban por los postres.  Había varias frutas para elegir y Dayu escogió un racimo de uvas.

– ¿No prefieres otra cosa? –preguntó Saito sin poder aguantarse.  Era la fruta favorita de Azazel y eso solo le recordaba a él, pero ahora también a algo más, pues recordó como aquel día Dayu le pasó aquella fruta directamente a su boca, hecho que le puso nervioso, aunque no quisiese reconocerlo.

– No. –se limitó a contestar mientras arrancaba una uva y se la metía en la boca, sacando un poco la lengua. Algo en el interior del estómago de Saito se removió.  Para sorpresa de Dayu, este arrancó una uva del racimo que sostenía Dayu en la mano y se la metió en la boca, despacio, clavando su mirada azulada sobre su alumno, el cual dio una carcajada.

– Es curioso… me gusta tu renovada actitud.

– Hablé con nuestro Señor.  Me confirmó algunas cosas.

– También le dijiste lo que me ocurrió, ¿no?

– Lo que te espera no es nada parecido a lo que ya hayas visto aquí Matsumura, tu vida podría estar en juego.

– ¿Y eso te preocupa? Aunque sea un descarado, arrogante y…

De pronto Saito le apresó con fuerza la muñeca donde Dayu tenía otra uva que se disponía a comer.

– Ya basta.

Y sin más, con la mano que tenía libre cogió la uva de Dayu y se la metió él mismo en la boca de su alumno. Sus dedos rozaron así aquellos labios que se antojaban ahora jugosos. Y eso no impidió que de nuevo, Dayu Matsumura, sacase de nuevo su lengua, y esta vez, no sería solo para recoger el fruto, sino también para degustar discretamente los dedos de su instructor.

 

Capítulo 7

 

El Señor de las Tinieblas se encontraba solo en la gran sala, sentado en el trono a pesar de que no tenía audiencias.  En una mano sostenía una copa de vino y con la otra jugaba con la pequeña llama de una vela que se encontraba en el apoyabrazos.  Pasaba un dedo por la misma y luego por la palma de la mano, observando aquella diminuta llama hasta que hizo un gesto de enfado que le hizo enarcar el labio superior, fue más bien como un tic nervioso.  En una especie de flashback y durante una fracción de segundo, observó unas enormes llamas que le rodeaban.  Bebió de la copa.

– Que venga “ella”. –ordenó a pesar de encontrarse aparentemente solo.  Al minuto, una de sus muñecas apareció a su lado.  Esta muñeca era algo diferente e iba impecablemente vestida con uno de los diseños favoritos que le había confeccionado su Señor.  Este se levantó del trono cubierto con su capucha y se dirigió a la amplia terraza de piedra, en el horizonte no podía verse absolutamente nada salvo una blancura infinita.  La muñeca le siguió sin decir nada.

Con gran parsimonia, Azazel se dio la vuelta y ofreció su mano.  La muñeca la tomó y se acercó a él, manteniendo la vista agachada.

– Ha llegado la hora… Kattia.

Esta levantó despacio la vista y habló, pues solo a ella le estaba permitido.

– ¿Mi Señor?

Azazel levantó las manos y titubeó al coger la capucha, finalmente la echó hacia atrás para que ella le observase.  Contempló por primera vez aquel rostro un tanto desfigurado por las quemaduras, la piel algo amarillenta, aquellos ojos fríos y grises que congelaban, y su pelo suave y plateado que caía grácilmente por uno de sus hombros.  Pero en lugar de mostrar temor, la muñeca sintió curiosidad y acercó su mano para tocarle.  Azazel se dio entonces la vuelta de inmediato y se agarró al borde de piedra, cerrando los ojos con fuerza.  Era la primera vez que lo hacía, mostrarse ante una de sus víctimas.  Pero aquella muñeca, no era una víctima cualquiera.

Hace dos años, Kattia se encontraba en la galería en postura de crucifixión. Como al resto de los que allí se encontraban, Azazel únicamente la proporcionaba una uva al día.  Todas las “esculturas” iban muriendo, pero ella era la única que resistía.  Enseguida se dio cuenta de que era diferente al resto, pues Kattia jamás se quejaba o daba el menor indicio de mostrar temor. No derramó ni una lágrima en las siete duras semanas que permaneció allí.

En una ocasión, cuando fue a alimentarla, Azazel dejó el cesto en el suelo y la tocó con sus manos, acariciando sus costados y bajando muy despacio las manos hasta sus desnudas caderas.  Nunca había hecho eso.  Después la ofreció una segunda uva y se marchó casi corriendo.  Sólo aquella vez.  A eso, ya se le podía llamar misericordia.

Lo que vino a continuación no fue mucho mejor.  Pasada la prueba de la galería, Kattia pasó a ser una de sus muñecas.  Remendó su piel al igual que hacía con las otras, para que fuese lo más perfecta posible, hasta que ya no hizo falta más.  Sin lugar a dudas, fue su obra maestra.  Es por eso que hasta hace pocas semanas la permitió hablar y ahora, en ese instante, mostrarse ante ella, por lo que ya era, en palabras del propio Azazel, “digna de él”.

***

Entraron en la habitación de Saito sacudiendo los cimientos de aquel lugar. Este había dado una fuerte patada a la puerta mientras Dayu se aferraba firmemente a su cuello, rodeándole la cintura con sus piernas a la altura de la pelvis.  Se besaban tan pasionalmente que parecían dos bestias en celo.

En el largo recorrido hacia la cama, Saito fue a ciegas y dando golpes a todos los malditos obstáculos que se interponían en su camino, ya fuese una silla, una mesita… todo quedaba destruido y tirado en el suelo como si se estuviese produciendo un terremoto.

Tan solo unos minutos antes se encontraban en el comedor.  Después de compartir el postre, Saito le había pedido a Dayu que lo dijese de nuevo, y este sabía a lo que se refería.  Acercándose despacio sobre la mesa, Dayu susurró en el oído de su maestro de nuevo aquella petición tan descarada: “Fóllame”.  Los dos se levantaron tan deprisa que derramaron sobre la mesa el contenido de las copas.  El recorrido hasta la habitación se hizo interminable.

Intentaban igualmente desvestirse mutuamente, lo que lo hacía aún más difícil, pero una vez que Saito se tumbó en la cama, Dayu, sobre él, le arrancó la parte superior de la camiseta rasgándola por la mitad, dejando aquel torso envidiable y lleno de tatuajes al descubierto.  Enseguida Saito descubrió que Dayu Matsumura era una verdadera pasión con sabor a fuego, y que este no pensaba de antemano el próximo movimiento, sino que se guiaba por un instinto animal.  Saito tuvo que controlar sujetándole con firmeza y quedando ahora este encima.

– Estás demasiado excitado, chaval. –dijo justo antes de besarle de nuevo, esta vez en su cuello.- No quiero sentirme culpable si te da otro “amago”, ¿sabes?

– No… estoy bien… -lo dijo mientras llevaba su mano a la entrepierna, Saito la tomó al igual que la otra y las retuvo sobre la cabeza de Dayu, se las ató al cabecero.  Dayu forcejeó, eso era una tortura.  Pero entonces Saito le chistó en el oído.

– Relájate, ¿quieres?

¿Relajarse? Eso era impensable para Dayu, ¿cómo demonios iba a relajarse? Observó atónito como Saito recorría su torso con la mirada hasta llegar abajo.

– ¿Sabes? Si no fuese por esa actitud tan descarada, hostil y… esa enorme cosa que te sobresale de las piernas, podrías pasar por una bella mujer.

– Pero no lo soy, ¿eso te molesta?

Ahora Saito se acercó para quedar cara a cara.

– Si me molestase, no haría esto.

Comenzó a lamer todo su torso, los pezones, todo, en un descenso que no parecía tener fin, hasta llegar a aquel ardiente, suculento y húmedo bocado.  No tuvo ningún reparo en lamer su masculinidad y no podía dejar de observar el rostro de Dayu, sin duda era algo que no tenía precio contemplar.  Este se revolvía, indefenso con las manos atadas, era demasiado bueno.  Podía sentir aquellos labios y aquella lengua recorriendo su erección, notaba los piercings de la boca de Saito, lo que le producía una sensación aún más placentera.

– Aah… joder… -gimió de placer mientras encogía los pies y se aferraba aún más al cabecero.

Entonces Saito le sujetó por las piernas y se puso de rodillas elevándole un poco, de forma que la espalda de Dayu estaba ahora arqueada.  Pronto le fue doblando hacia delante, llevando sus piernas hacia el cabecero.  Sabía de su flexibilidad y pudo constatarlo, esta vez, en primer plano.  Aquel movimiento fue para seguir lamiendo, esta vez por detrás.

– Joder… joder…

– Voy a tener que lavarte también la boca, Matsumura. –dijo mientras se incorporaba hacia delante para soltarle. Al hacerlo, y sin pensarlo dos veces, Dayu se agachó para lamerle. Saito, de rodillas, sujetó la cabeza de este y se mordió el labio inferior sin poder contenerse.– Joder… -soltó mientras gemía, Dayu sonrió.

 

Capítulo 8

 

Mientras caminaba hacia sus aposentos, seguido de su muñeca favorita, Azazel pudo percibirlo de nuevo.  Aquel vínculo existía a pesar de no haber realizado aún el pacto con el que sin duda, era el mejor de sus discípulos.  Tuvo que cerrar los ojos con fuerza mientras caminaba a la vez que ahogaba un grave gemido.  Podía sentir y notar aquella fuerza que crecía en su interior a la vez que Dayu Matsumura.

Este se encontraba ahora entre los fuertes brazos de su maestro, cabalgando hacia el éxtasis.  Cada vez más rápido y a mayor profundidad, en aquel ritmo de vértigo que hacía temblar los cimientos del inframundo.

Al llegar, y a pesar de aquella sensación, Azazel no perdía sus costumbres ni su compostura.  Realizó el ritual de siempre, comprobó a su muñeca, desnudándola con sumo cuidado, la ofreció una uva que esta se comió, sin dar signos de asco, y por último él mismo se quitó la ropa.  La única diferencia, es que Kattia, por primera vez, podía ver a su Señor.  Se adelantó un poco pues quería darle un beso en los labios, pero Azazel se echó ligeramente hacia atrás y se lo impidió mientras la agarraba con fuerza de la mandíbula.

– No hagas eso. –ordenó- Si lo has entendido mueve la cabeza.

De inmediato Kattia asintió, pero Azazel no soltó su boca, apretó un poco más mientras clavaba sus uñas.

– Saca la lengua –ordenó mientras zarandeaba un poco su cabeza.

Sin mostrar temor o cambiar el gesto de su cara, la muñeca obedeció de nuevo.  Con la mano que tenía libre, su Señor la mostró una aguja, poniéndola entre sus ojos.  A continuación la clavó en la punta de la lengua, atravesándola de arriba abajo.

Ni una lágrima.

Seguidamente, Azazel cogió algo de un cajón y se lo puso en aquel agujero, tomó un espejo de mano y lo puso frente al rostro de Kattia para que se observase en el mismo.  Un pendiente de bola, de color morado, brillaba en su lengua.

Los piercings del labio de Saito.  El nuevo piercing de Kattia.  La conexión era más que evidente.  Azazel sentía exactamente lo mismo que Dayu, y sabía qué era lo que más placer le estaba provocando en aquel momento. No lo veía, pero podía sentirlo en todo su ser.

– Ahora ya puedes complacer a tu Señor.

Y la muñeca, con su nuevo complemento, obedeció.

 

Justo después de colmar el acto, aún jadeante, Saito observó por un momento el rostro de Dayu.  Se levantó deprisa de la cama no sin antes dar un chasquido con la lengua.  Se tapó la cintura con la sábana y se encendió un cigarrillo, expulsó el humo muy deprisa, pero no dijo nada.

– ¿Qué? –apremió Dayu al detectar aquel gesto como de desaprobación. –No me vas a decir otra vez que no te ha gustado, ¿verdad?

– No es eso –indicó apenas sin mirarle y dando otra calada.  Se dejó caer sobre una butaca que había enfrente.

– Entonces ¿qué? –preguntó Dayu ya impaciente, Saito le observó ahora y le señaló con el cigarro en su mano.

– Antes, justo cuando… en fin, has puesto el mismo gesto que ponía ella.

– ¿Ella? –se interesó ahora Dayu, el cual se tumbó hacia delante, boca abajo, mientras observaba a Saito.  Su trasero estaba al descubierto y no hizo por taparse.

– Mi prometida.

– No me jodas… ¿tú tenías novia? ¿novia formal? –se sorprendió Dayu.

Silencio. Saito dio otra larga calada y se levantó para coger una copa.

– Es una larga historia. ¿Quieres? –preguntó mostrando la botella, Dayu asintió.  Saito puso hielos en un par de vasos y los llenó con ginebra.  Después de darle el vaso, volvió a sentarse en la butaca y se encendió otro cigarrillo.  Tras expulsar el humo habló pausadamente.– No puedo recordar su nombre, ni siquiera tengo una maldita fotografía.  Y a pesar de que estoy en este lugar, aún sigo recordándola, es curioso, o mejor dicho, es mi condena.  Los de mi clan la raptaron para solicitar un rescate debido a los importantes negocios que teníamos con su familia, nos la jugaron y queríamos hacérselo pagar raptando a su hija.  Me dedicaba a la mafia, Matsumura, pero no soy un torturador ni un asesino, el resto quería hacerla daño pero yo no quería, comencé a protegerla desde el principio y…

– Te enamoraste.

Saito afirmó con la cabeza.

– Sabía que estaba corriendo un gran riesgo al protegerla.  Al principio me negaba, obviamente, no quería reconocerlo, pero finalmente sucedió.  Además fui correspondido, ella era mi prisionera y sin embargo no vio nada de malo en mí, es curioso, ¿no crees?

– ¿Y dices que me parezco a ella? –preguntó Dayu, sonriente.

– Maldita sea, tenéis los mismos ojos y los mismos gestos, pareces su puto hermano…

– Vaya, vaya… ¿quién lo habría imaginado de ti? Tan rudo y tan seco… y resulta que al final hasta tienes corazón y todo.

Al decir esto, Saito se levantó y hundió la cabeza de Dayu contra la cama, asfixiándole.

– Deja ya de joderme, querías saberlo ¿no? Pues ya está.  Disfruta hoy que puedes haciendo bromas porque mañana ya no estarás tan contento.

Tenía razón, casi hasta lo había olvidado.  El pacto.  Según Saito tenía que pasar en su preparación por unas duras pruebas que le impondría su Señor. ¿En qué consistirían?

 

Primera prueba: “La celda de la eternidad.”

Al día siguiente, Dayu caminaba detrás de su Señor con los ojos vendados, llevando una camisa de fuerza, de tal forma que sus brazos estaban inmóviles. Iba también acompañado de Saito, el cual le iba guiando. Se detuvieron ante una gran puerta muy ornamentada, delante de la cual había dos butacas y una mesa. En la misma descansaba un reloj de arena. Saito entonces le quitó la venda. Con gran parsimonia, Azazel hizo un movimiento de brazos y la puerta se abrió.

– Diez vueltas. –indicó a Saito mientra le mostraba el reloj de arena. Este se sorprendió.

– Mi Señor… disculpe por favor mi atrevimiento pero, ¿está seguro? Nadie ha aguantado más de cinco y…

Entonces Azazel levantó la mano.  Dayu no entendía absolutamente nada, dedujo por la arena y tamaño del reloj que una vuelta era tan solo un minuto. ¿Tendría que permanecer ahí dentro diez minutos?

– No cuestiones Saito, estará ahí dentro las diez vueltas, ni una más y ni una menos. Disculpadme un momento –terminó diciendo mientras se marchaba, Dayu aprovechó para preguntar.

– Ya se lo que vas a decirme –se adelantó Saito.- Y tan solo te diré algo, pase lo que pase, no te rindas ¿me has entendido?

– Pero si solo son diez minutos…

Saito negó con la cabeza.

– Eso será aquí fuera.

– ¿Qué quieres decir?

– Que dentro de esa celda vas a permanecer diez años.

Un minuto. Un año.

– ¿Con qué fin?

– Eso no puedo decírtelo.  En fin… buena suerte, chaval.

Un poco atónito, Dayu observó la pequeña sala desde fuera, parecía una celda, tendría unos tres por dos metros de ancho, las paredes y el suelo eran metálicos, no había absolutamente nada en ella salvo un espejo al fondo de la misma y unas cámaras en el techo.  También una hendidura en una de las paredes, esperando que por ahí le pudiesen dar al menos comida.

Sin poder contenerse, Dayu se acercó para poder besar a su maestro.  Lo que para Saito sería tan solo un momento, para él sería una verdadera eternidad.

– Lo conseguirás.

– ¿Acaso lo dudas? –sonrió Matsumura.

Al llegar de nuevo Azazel, ambos se separaron.

– Dos raciones –indicó.  Por lo que Saito pensó que ya estaba siendo generoso, normalmente era una ración de comida al día, eso sí, en muchos menos años.

Al entrar, Dayu lo hizo despacio y de espaldas.  La puerta se fue cerrando lentamente y lo último que vio fue la mirada, azul penetrante, de su maestro.  Luego le envolvió una fría y oscura soledad.

 

Capítulo 9

 

En el transcurso de la vida, pasamos por diferentes momentos, momentos de penas y alegrías, de soledad, de amor, de placer y sufrimiento, de luz y de oscuridad.  Dayu Matsumura se enfrentó a todo eso en tan solo diez minutos.  Los más largos, de toda su vida.

No le resultó difícil desatarse la camisa de fuerza.  Era lo más importante, tener movilidad.  Al menos aquel reducido lugar tenía luz, quizás demasiada, proveniente de unos grandes focos situados en el techo, junto con un par de cámaras de seguridad por donde probablemente le observaban.  Y luego estaba el espejo.  Se acercó al mismo, era de cuerpo completo.  Pasó la mano por su ornamentado marco, se observó a si mismo y sonrió.  No le pareció algo difícil de superar, al menos, no en aquel momento.

Fuera, a diez años y tan solo cinco metros de distancia, se encontraba Saito observando como caía la arena del primer largo minuto.  Se encontraba reclinado sobre la mesa con los brazos cruzados sobre la misma, apoyando la cabeza y escudriñando cada grano de arena que caía suavemente formando un montículo.  Antes de terminar el primer minuto, apareció de nuevo Azazel por su espalda.  Al oírle, Saito se incorporó deprisa.

– ¿Qué es lo que sientes? –preguntó con su habitual parsimonia mientras contemplaba también el reloj.

– Ha pasado medio año.  Lo conseguirá.

– No te he preguntado eso. -ahora Saito se dio la vuelta y observó a su Señor.- Te recuerda a ella, ¿no es cierto? No te hacen falta palabras, lo llevas escrito en la cara y… también marcado –terminó diciendo mientras paseó uno de sus amarillentos dedos por la ceja cicatrizada de Saito.

– Él no es ella, y aquel dolor ya está olvidado, no obstante no puedo evitar el preocuparme por lo que le pase ahí dentro.  Sin embargo, él es fuerte, por eso creo que lo conseguirá, realmente lleva el odio dentro de si.

Azazel se sorprendió ante estas palabras, sin duda sinceras, de su siervo, el cual estaba más acostumbrado a mentir, mentir para sobrevivir.

– Tus palabras son muy osadas… -ahora Azazel se acercó a su oído, sentir su aliento era realmente escalofriante.- no me decepciones.

Se marchó tras estas palabras y Saito dirigió de nuevo su vista al reloj.  El último grano de arena cayó y con ello el primer minuto.  Le dio la vuelta.

– Un año… -susurró apoyando de nuevo su cabeza sobre los brazos cruzados.

En el interior de la sala de la eternidad, Dayu Matsumura se marcó una rutina que le fue bien durante el primer año.  El tiempo que había pasado lo calculaba en torno a las raciones de comida, sabía que eran dos raciones al día.  No podía anotarlas pero tenía buena memoria.  Aquel nuevo día ya había contabilizado un total de setecientas treinta raciones.

– Un año… -musitó.

Cuando no comía, realizaba una serie de ejercicios y seguía practicando lo que había aprendido con su maestro.  Y después de los ejercicios meditaba, y después de meditar se “reconciliaba” con su cuerpo.  El resto del tiempo era observarse en el espejo, la única distracción, si se le podía llamar así, que tenía.

El mismo Azazel no pudo evitar soltar una especie de risa, si a eso se le podía llamar reír, cuando observó en las grabaciones lo que Dayu se dedicaba a hacer delante de aquel espejo.  Era la primera vez que veía a un súbdito comportarse de aquella forma tan descarada e ingenua, al menos al principio.  Delante de una pantalla, Azazel pasó una mano por delante para que la imagen fuese más despacio, a una velocidad normal, ya que normalmente se le veía hacer todo tan rápido que era imposible seguirle, pues el tiempo fuera de la sala era mucho más veloz.  Se mordió un dedo cuando observó que Dayu literalmente hacía “el tonto” delante de aquel espejo, poniendo muecas y posturas raras, incluso hablaba.  Y siempre que se masturbaba, lo hacía frente al espejo, al principio a una prudente distancia.  Pero luego, conforme pasaba el tiempo, se pegaba a él, como si quisiese corresponder a su propio reflejo, besándole y acariciándole.

Aquel egocentrismo no pillo desprevenido a Azazel.  “Él ama su cuerpo”.  Pensó mientras de forma inconsciente se tapaba aún más con su capucha, a pesar de encontrarse solo.

Al dar la quinta vuelta al reloj de arena, Saito no pudo evitar sentirse intranquilo.  Nadie había aguantado más de cinco.  Pero Dayu estaría el doble de tiempo, porque así era el deseo de su Señor.

No obstante, algo sucedió.  Azazel de pronto parecía no encontrarse bien, dio unos tumbos hacia atrás y se sujetó la cabeza con ambas manos.  Su respiración era entrecortada.  Era algo parecido a la transformación y sin embargo aquello no lo pudo controlar.  Unas fuertes emociones taladraban y martilleaban contra su cabeza, unas emociones que no eran solo las suyas.  De nuevo observó el fuego que le rodeaba, escuchó gritos, luego todo se volvió oscuridad.  El vínculo que tenía con Matsumura era mucho más fuerte de lo que imaginaba.

A partir de la séptima vuelta, Dayu ya no seguía su rutina, permanecía siempre delante del espejo, hipnotizado, pues ya no se veía a si mismo.  Le veía a él.  Unos ojos grises y vacíos le devolvían su mirada, su pelo ya no era rojo sino plateado, su piel ahora estaba llena de marcas de quemadura.

Vínculo.  Estaba empezando a observar el reflejo de su propio odio…

En la novena vuelta, se oían ruidos extraños, como gritos, que el propio Saito podía percibir desde fuera.

– Vamos… vamos… -susurró observando la arena, como instándola a que fuese más deprisa.

Décima vuelta.  Los gritos cesaron y tan solo hubo silencio.  Azazel llegó entonces ante la puerta y no tenía muy buen aspecto, sudaba y continuamente se llevaba la mano al pecho.  Saito recordó la debilidad de su alumno.  El corazón.  Fue junto a la puerta y asió el pomo, esperando hasta el momento justo, hasta que cayese el último grano de arena.  Miraba hacia atrás, al reloj, preparado.

– Tres… dos… uno… -susurró.

Al abrir la puerta, no se esperaba que Dayu estuviese justo al lado de la misma, este cayó casi al suelo, pero Saito le sostuvo a tiempo.  Había perdido la consciencia.

– Vete a despertarle –ordenó Azazel, el cual parecía haberse recuperado de pronto.

No se lo tuvieron que decir dos veces, Saito le cogió en brazos y se lo llevó a los baños.  Una vez allí llenó una gran bañera con agua fría y otra con agua caliente.  Le desnudó y le introdujo primero en la fría, mojándole la cara dando leves golpes a la vez.

– ¡Eh! Despierta chaval…

Pero no despertaba, así que recurrió al método infalible.  Le hundió la cabeza en el agua y le mantuvo ahí.  A los cinco segundos exactos, Dayu se convulsionó dentro de la bañera, por lo que Saito dejó de sostenerle y se levantó de golpe para respirar ferozmente por la boca, con los ojos desorbitados.

– Bienvenido de nuevo, vaya… mírate, estás hecho un asco –dijo Saito mientras le sacaba de la bañera para introducirle ahora en la de agua caliente.

– ¿Qué… qué ha pasado? Ha sido como despertar de un sueño… un largo sueño. –su voz sonaba más ronca.

– Y tan largo, bueno, no para mí. ¿Cómo te encuentras? ¿Puedes recordar algo?

– Todo, menos el final. Joder… -terminó diciendo mientras se echaba agua en la cara y se la tapaba con las manos. Al final perdí la cuenta y… vaya no has cambiado nada.

– Claro que no idiota, realmente solo estuviste dentro diez minutos. Tú eres el que ha crecido… Dayu.

Era extraño que Saito le llamase por su nombre por lo que Dayu quedó ahora estupefacto, observándole.  Sacó una mano de la bañera para tocar el rostro de su maestro.

– Vaya, casi lo había olvidado… ha pasado tanto tiempo.

– No es justo, para mi fue ayer cuando… y sin embargo tú has estado fuera nada menos que diez años.  Superaste la prueba, y eres el primero que lo hace, jamás había visto tanta…

No le dejó terminar de hablar, Dayu se incorporó rápidamente para besarle en los labios, desesperadamente.

– Maldita sea… ¿por qué has tenido que hacer eso?

Mientras decía estas últimas palabras, Saito comenzó a desvestirse deprisa, recordando de repente lo bien que le vendría a él tomarse un baño.  No habían pasado varias horas desde su última vez, sino diez largos y duros años.

Se había dado cuenta cuando le había llevado en brazos.  Dayu Matsumura había crecido en los diez años que estuvo en la sala de la eternidad, tanto, que ahora casi ganaba a Saito en altura.  Mientras este se desvestía para introducirse en la bañera no pudo evitar preguntar.

– ¿Qué demonios te han dado de comer ahí dentro, chaval? Has crecido por lo menos veinte centímetros…

– No soy lo único que ha crecido –respondió Dayu mientras le señalaba la entrepierna.  Saito le hundió la cabeza en el agua, con fuerza.  Pero lo hizo para que no viese su sonrojo, pues era cierto que se encontraba excitado.

– ¡Joder! ¿Es que quieres ahogarme?

– Pues deja de ser tan descarado.  Diez malditos años y no has cambiado nada.

– Sí he cambiado –dijo Dayu ahora en un tono más bajo.- Puedo sentirlo… dentro de mi.

Ahora Saito no supo qué decir, por lo que finalmente se introdujo en la enorme bañera junto a él para realizar lo que sería, sin duda, un buen intercambio de fluidos.

Mientras tanto, Azazel se encontraba supervisando la segunda prueba que le esperaría a Dayu al día siguiente: “Las llamas del Olvido”.  Varios súbditos aguardaban haciendo una fila a su lado, esperando órdenes.  Estaban en una sala cuadrada, no muy grande, donde llamaba la atención una enorme escultura que parecía levitar en el aire.  Se trataba de un demonio ancestral, el cual estaba sentado con las piernas cruzadas, muy ornamentado, con diferentes accesorios y armas que sujetaba en sus múltiples brazos.  Justo delante de la escultura, en el suelo, había una rejilla por la que salía un denso calor.  Azazel se dirigió a una cadena que había en un extremo de la sala y tiró de la misma.  Unas llamaradas de color rojo salieron a la superficie y volvieron a desaparecer enseguida.

– Tú –señaló Azazel a uno de sus súbditos- Ponte ahí.

El ángel al que había señalado tragó saliva, y claramente nervioso, se colocó sobre la rejilla.  Sin más, Azazel tiró de nuevo de la cadena.  Las llamas envolvieron al joven, el cual gritó de dolor al quemarse.  Al desaparecer el fuego, el cuerpo, carbonizado, cayó contra el suelo ante las atentas miradas del resto de los que allí se encontraban, los cuales dieron aún gracias de seguir permaneciendo con vida.

– Sus sentimientos le han traicionado –dijo Azazel al resto, mientras se llevaba las manos a la espalda y caminaba lentamente delante de ellos.  Cada palabra que decía era como un cuchillo lanzado, cada paso que daba, una amenaza de muerte. –El amor, la duda, el miedo, la alegría, la tristeza… todo eso es inaceptable en mi mundo, son inventos baratos creados por el hombre para causar el dolor. –a continuación se giró para ver el cuerpo carbonizado- Limpiadlo, mañana será un día importante.

 

Capítulo 10

 

Al día siguiente, Saito acompañó a Dayu hasta una sala pequeña donde había una camilla.  Iba a prepararle para la segunda prueba.

– ¿En qué consiste? –quiso saber Dayu.

– Las llamas del Olvido –anunció Saito mientras se remangaba la camisa, su semblante era más serio de lo habitual.- Es una prueba que nadie ha superado, nunca.

– ¿Y qué ocurre si no la superas?

– Mueres.  Ahora desnúdate. –dijo Saito sin más, Dayu notó que esquivaba su mirada.  Le cogió del brazo.

– Entonces, romperé esa maldición.

Ahora Saito sí le miró a los ojos.  Dayu comenzó a desvestirse y observó como su maestro cogía una botella de una estantería, era de aceite.

– Vaya, la prueba no se, pero la preparación me está gustando… ¿vas a pringarme con eso?  Qué erót…

– Dayu –le cortó- Escúchame bien porque solo lo diré una vez más, nadie ha superado las llamas del Olvido y nadie salvo Azazel conoce el secreto para superarlo.  Me he enterado que ayer murió uno de los nuestros mientras hacían los preparativos.  Realizar el pacto puede convertirse en sacrificio.

– Entonces que así sea, de esa forma no tendré que cargar con más dolor.  Y si no es así, lo descargaré contra la humanidad.  Cualquiera de las dos opciones me vale.  Pero te diré algo, el fuego le puede al mismo fuego, Saito.

Este ya no supo qué más decir, hizo a Dayu que se tumbase y comenzó a echarle el aceite por todo el cuerpo.  Luego lo fue extendiendo con las manos, despacio, por hombros, brazos, torso, piernas… y al llegar a los genitales, Dayu le asió por la muñeca y le observó con aquellos ojos de súplica que rara vez se veían en su inmaculado rostro.

– Bésame, y si va a ser el último, hazlo dos veces.

Muy despacio, Saito se fue agachando, pero justo cuando sus labios casi se rozaron, se incorporó deprisa y se echó más aceite en las manos. Le cubrió los genitales con un suave masaje.

– Te lo daré, después de la prueba. –indicó mientras se daba media vuelta para dejar la botella, no pudo ver la sonrisa que le dedicó su alumno.

De esta forma, desnudo y embadurnado con el aceite, Dayu pasó a la siguiente sala.  Era cuadrada y una gran escultura levitaba sobre el suelo.  En el mismo se encontraba una rejilla.  Varios súbditos se encontraban en la misma y Saito se colocó junto a ellos.  Azazel aguardaba igualmente, cubriéndose como siempre con su manto y capucha negros.  Dejando asomar un largo y amarillento dedo, le señaló su posición.  Dayu se colocó justo encima de la rejilla, quedando la escultura detrás de él.  En aquel momento nadie pudo ver como Saito cruzaba los dedos a su espalda, justo cuando observó que Azazel asió la cadena.

– Los sentimientos, se olvidan.  El fuego, permanece. –dijo justo antes de tirar.

Al hacerlo, unas inmensas llamas de color rojo emergieron con fuerza del suelo, cubriendo por completo el cuerpo de Dayu.  A Saito le hubiese gustado cerrar los ojos, pero no lo hizo, tan solo entreabrió los labios a causa del asombro.  Matsumura permanecía aún de pie, con los ojos cerrados, no gritó, no se movió.  Dejó que las llamas devorasen su carne, pero estas, por alguna razón, no le estaban quemando la piel.  Sí podía sentir calor, un calor infernal y el dolor dentro de sí.  Fue entonces cuando Saito cayó en la cuenta.  “Los sentimientos, se olvidan. El fuego, permanece”, había dicho su Señor, y enseguida recordó lo que hace un momento le había dicho Dayu: “…el fuego le puede al mismo fuego”.  Repitió esas palabras en un imperceptible susurro.

Odio. Fuego.

El fuego no puede combatirse con el mismo fuego. El odio de Dayu Matsumura no solo permanecía en su interior, sino en cada poro de su piel.  De pronto las llamas se tornaron un momento de color negro y cesaron.  Al hacerlo, Dayu cayó de rodillas, su cuerpo estaba intacto.  Respiraba entrecortadamente y Azazel se acercó a él, le puso la mano en el hombro.

– Lo has comprendido ¿verdad?

Dayu asintió con la cabeza.  Mientras tanto, Saito no pudo evitar que se le escapase un resoplido de alivio.  Ahora ya solo faltaba superar la tercera y última prueba, el pacto en sí mismo.

***

El resto del día Dayu pudo descansar.  Esta prueba sin lugar a dudas le había fatigado, lo mismo o más que incluso la anterior.  Ya era casi de noche cuando alguien golpeó en la puerta de su habitación.  Al entrar, Saito observó que Dayu se miraba con interés en un gran espejo de cuerpo entero.

– Has tenido diez años para admirarte ¿qué observas con tanto interés?

– Ven… mira esto.

Al acercarse, Saito observó que Dayu extendía sus brazos para que se fijase en su piel.

– Lo ves, ¿verdad?

Escudriñando minuciosamente y a la luz, Saito pudo verlo.  Eran unas marcas que antes no tenía, unas líneas poco visibles se encontraban trazadas en su piel, parecían formar un dibujo.

– Y eso no es todo, observa. –indicó Dayu a continuación mientras se despojaba de la camiseta, quedando su torso desnudo.  En este se perfilaban las mismas líneas.

– Las llamas del Olvido –musitó Saito mientras acercaba una mano para tocarlas, las líneas eran como una fina cicatriz que conformaban el dibujo de lo que sin duda simulaban unas lenguas de fuego.– Creo que tras la prueba se te ha quedado esa marca.

– Pero no se ven muy bien, me gustaría que… -dejó la frase a medias y observó un momento a Saito.- ¿Tú sabes hacer tatuajes?

– Puedo enseñarte, si lo deseas. ¿Qué tienes en la cabeza?

– Cuando termine la última prueba te pediré un favor.  Mientras tanto… alguien me debe algo. –dicho esto se acercó aún más a su maestro mientras le ponía las manos en su pecho.

– Vaya, no se te escapa una.  Sigues siendo un mocoso engreído, ¿sabes?

– Lo se –respondió Dayu mientras se acercaba aún más para terminar posando sus labios en los de su maestro, el cual le correspondió con gran fervor.

– Quédate… esta noche… -susurró Dayu con voz ronca en el oído de su maestro.  Pero Saito, haciendo acopio de todas sus fuerzas y a pesar de sentirse excitado, le separó y se dirigió a la puerta.

– No me mires así, chaval.  Créeme, necesitarás todas las fuerzas necesarias para la prueba de mañana.

– Tú sabes en qué consiste, ¿no es cierto?

– Sí, y será mejor que me hagas caso –dijo mientras se marchaba, dejando a Dayu con gesto de fastidio en su bello rostro.– Y por cierto… ni se te ocurra hacerlo ahora por tu cuenta, te estaré vigilando.

Justo al cerrar la puerta, Dayu chascó la lengua. Volvió a observarse en el espejo mientras pasaba su mano por su blanca y ahora marcada piel.

– “Las llamas del Olvido” –se dijo.

Luego bajó más la mano hasta llegar a su abdomen, pero algo le detuvo.

– Kunimatsu Saito, te odio.

***

Al día siguiente, lo único que Dayu sabía es que la prueba se realizaría por la noche.  Y a pesar de que le preguntaba a Saito constantemente, este no le quería decir en qué consistía, tan solo pedía que confiase en él.  Continuó descansando toda la mañana tal como le habían ordenado, y al mediodía, mientras comían, su maestro no hacía más que insistir en lo mismo.

– No lo habrás hecho por tu cuenta, ¿verdad?

– Cuantas veces tengo que repetirlo… no.  Y es por eso que estoy nervioso y de muy mal humor, gracias. –respondió Dayu lo más sarcásticamente que pudo.

– Créeme, mañana me lo agradecerás.

Continuaron comiendo en silencio, y cuando Dayu fue a coger una botellita de sake, Saito le cogió la muñeca con fuerza para que la dejase donde estaba.

– Nada de alcohol. –ordenó con firmeza.

– Joder Saito ¡pareces mi padre! Nada de sexo… nada de alcohol…

– Te propongo un trato.  Si haces lo que te digo y aguantas hasta esta noche, yo no fumaré ni un cigarrillo.

Ahora Dayu se sorprendió y abrió mucho sus cristalinos ojos.  Realmente si Saito se comprometía a aquello, sin duda toda esa abstinencia debía de ser importante de cara a la prueba.  Extendió su mano para cerrar el trato y su maestro se la estrechó.

– Está bien, pero eso no me quitará el mal humor hasta la noche.

– Dímelo a mí…

Las horas pasaban tan despacio, que a Dayu Matsumura creía que le iba a dar otro ataque.  Antes de la prueba fue a ducharse, como le había ordenado también su maestro.  El agua le relajaría, pensó.  No obstante abrió primero el grifo de agua caliente, lo cual fue un error, ya que el calor lo excitaba aún más, por lo que intentó contenerse y abrió enseguida el de agua fría.  Observó de nuevo las líneas que habían quedado impresas en su piel desde el día anterior e intentó calmar sus nervios pensando de nuevo en qué consistiría aquella última prueba, que a su vez, era el pacto en sí mismo.

Mientras tanto y después de haberse tomado también su correspondiente ducha, Saito jugaba con un cigarrillo entre sus dedos.  Era peor de lo que creía en un principio, pues se moría de ganas por llevarlo a sus labios para degustar aquel humo que pedía su cuerpo.  Pero, finalmente puso el cigarrillo bajo su nariz para olerlo y lo guardó cuidadosamente en la cajetilla.  La hora había llegado.

– ¿Cómo se llama al menos la prueba? –preguntó Dayu mientras caminaba al lado de su maestro para dirigirse al lugar donde se realizaría.

– “Ofrenda e Intercambio”

Tras recorrer largos pasillos se detuvieron ante unas grandes puertas.  Las abrieron.  Aquella sala era rectangular, parecida a la galería donde Azazel coleccionaba sus famosas “esculturas”.  Pero esta estancia estaba completamente en penumbra, tan solo la iluminaba las múltiples velas que había por todas partes dispuestas de cualquier forma.  A ambos lados de la pared había esculturas, todas muy parecidas a la de la sala de las llamas del Olvido, grandes y bastante grotescas.  Y delante de cada una de ellas había un pequeño altar de piedra, dos copas de cristal vacías descansaban en estas repisas, en cada una de las esculturas.  Luego, entre las mismas, había divanes o sofás amplios tapizados de rojo.  Azazel les aguardaba en la entrada, estaba solo.

– Lo que ves ante ti, son mis antecesores.  Los veinte demonios ancestrales que perduraron durante siglos en este mismo lugar. –indicó Azazel levantando ambos brazos, señalando las esculturas.- A todos se les debe rendir culto, a todos se les realizará previamente la ofrenda.

Entonces, con gran parsimonia, Azazel se dirigió al primero de los altares y tomó ambas copas.  Alzó una de ellas.

– Una la teñirás de rojo: la muerte, la oscuridad.  La otra de blanco: la vida, la fertilidad.  Hasta que no estés en paz con mis ancestros, no podremos realizar el “intercambio”.  Os esperaré al final de la sala. –dicho esto, se dio media vuelta, haciendo ondear su capa negra y se perdió en la oscuridad del largo pasillo.

– A ver si lo he entendido… una copa se debe teñir de rojo, es decir sangre, mi sangre claro está.  Y la otra…. –ahora Saito señaló la entrepierna- ah… vaya…

– Ahora lo entiendes ¿verdad? Tienes que llenar veinte copas de sangre y veinte de… bueno, ya sabes.  Por suerte, cuentas con ayuda.

– ¿Te has presentado voluntario? –rió Dayu- Por qué no me extraña… ahora comprendo el rechazo de anoche.  Vaya, por fin una prueba en la que soy bueno.

– ¿Eres bueno veinte veces seguidas?

Ahora Dayu dejó de sonreír.

– ¿Veinte veces seguidas?

– Solo tenemos hasta el amanecer.  Así que… chaval, ¿por qué no te vas quitando la ropa y empezamos a follar de una maldita vez?

 

Capitulo 11

 

No se lo tuvo que pedir dos veces y no había tiempo para juegos.  Con gran fuerza, Saito empujó a su alumno contra el primer diván y comenzó directamente a acariciársela, primero suavemente, luego con energía.  Muy pronto los jadeos hicieron eco en aquel oscuro espacio, jadeos que sin duda su señor estaba, no solo escuchando al fondo, sino también sintiéndolos como suyos.  Azazel se encogió en el último diván que había en la sala, cubierto por completo con su manto negro, mientras que sus largas uñas arañaban la tapicería, sus dientes rechinaban.  Y era solo el comienzo.

A los pocos minutos, Dayu dio la señal de alarma, su cuerpo se convulsionó de placer y llenó la primera copa.

Posteriormente, de las caricias manuales pasaron a las orales.  Dayu no daba signos de cansancio tras haber llenado cinco copas.

– Después de esto… -dijo jadeando- …creo que odiaré el sexo.

– Ya. –respondió su maestro con sarcasmo mientras lamía su masculinidad y preparaba la siguiente copa.  Dayu volvió a eyacular.– En fin, ya es hora de pasar a la acción.

Se había estado conteniendo para provocarle aún más placer en el momento justo.  Por lo que, para la séptima copa, le hizo suyo.  Igualmente se fueron cambiando de sitio conforme avanzaban por la sala, por lo que ya casi se encontraban en la mitad de la misma.  Ahora Azazel podía escuchar a ambos, ya solo era cuestión de poco tiempo, tenía que controlarse a toda costa, hasta el final.

– ¿Qué… qué pasa con la sangre? –quiso saber Dayu.

– No te preocupes por eso de momento, será al final… -respondió mientras le embestía con fuerza, dada la excitación que había estado conteniendo.

Un potente gruñido resonó de pronto en la sala, pero ambos estaban tan ensimismados en su tarea que apenas si se percataron.  No pudieron percibir que al fondo, la “bestia” resurgía de nuevo.  El pequeño cuerpo de Azazel se convulsionó dentro del manto que le cubría, temblaba, rugía, tal era la fuerza que indirectamente sentía a través de Dayu por esa extraña y fuerte conexión que les mantenía unidos.

Mientras tanto, el placer aumentaba, las copas se llenaban.  Y ninguno de los dos parecía decaer, aunque el mayor esfuerzo era para Dayu.  A Saito le sorprendió sin embargo el placer que le podía llegar a provocar, su alumno siempre pedía más, entre incansables jadeos y con aquella mirada salvaje pero dulce al mismo tiempo.  Su “trofeo”.

Al cabo de unas horas, habían llegado al fondo de la sala, ambos se sentaron jadeando, sudando a mares, justo en el sofá que estaba situado enfrente de Azazel.  Este seguía hecho un ovillo en el mismo, cubierto por completo con su manto negro.  Su tamaño se había doblado.  Dayu se tumbó apoyando la cabeza sobre las piernas de su maestro, el cual resoplaba en un mar de sudor.

– ¿Cuántas… he llenado ya?

– Diecinueve –respondió Saito.

Entonces Dayu se incorporó y observó la sala con detenimiento.

– Un momento, solo hay diecinueve estatuas… ¿y la veinte?

Saito señaló con el dedo mientras Dayu observaba atónito a donde apuntaba, justo enfrente de ellos.  Azazel era el número veinte, dos copas más descansaban justo al lado suyo.  Entonces Dayu lo comprendió: “Ofrenda e intercambio”.  También observó un pequeño altar de piedra con dos agujeros.

– Introduce las manos –ordenó Saito.

Al hacerlo, algo en el interior de la piedra atrapó las manos de Dayu, no podía sacarlas.  Sintió unos pinchazos en sus dedos y luego el fluir de su sangre.  Al cabo de unos minutos en los cuales ya se sentía desvanecer, sus manos se liberaron.  Debajo de los agujeros había una especie de grifo.  Saito acercó el resto de las copas y las llenaron.  Solo las dos copas que custodiaba Azazel permanecían aún vacías.

Intercambio.

Muy lentamente, Dayu se acercó a su señor, le puso la mano en el hombro para obligarle a incorporarse.  Este finalmente quedó sentado, parecía como si estuviese ido y la capucha aún le cubría parte de su rostro.  Dayu se la echó hacia atrás con un suave movimiento y luego se arrodilló frente a él.

– He llegado hasta aquí, lo he dado y daré todo por vos.  Por favor, guardad mi alma y déme a cambio lo que más anhelo.  A usted le imploro y entrego mi vida mortal a cambio de una inmortal.  Utilizaré su poder para condenar al mundo, para erradicar el dolor que nos ha traído hasta aquí…

– Llena la copa –cortó Azazel mientras le ponía la misma delante de los ojos.

Sin decir más, Dayu tomó la copa y observó a los ojos a su señor, el cual, a pesar de toda la excitación contenida, mantenía un gesto de total y absoluta indiferencia.  Pero Dayu hizo algo que sorprendió a Saito, el cual estaba viendo toda la escena justo enfrente, ya se había encendido un cigarrillo.  En lugar de acariciarse él mismo, Dayu retiró aún más el manto que cubría a su señor.  Este se encontraba completamente desnudo, y tal como preveía Matsumura, bastante excitado.  Muy despacio, Dayu se acercó al rostro de Azazel, este ni tan siquiera pestañeaba.  Parecía que iba a besarle en los labios pero ladeó un poco la cabeza y lamió su mejilla de abajo arriba, muy lentamente.  Justo al terminar de hacerlo, Azazel le sujetó con fuerza del pelo tirando hacia atrás, separándole.

– “Se lo hará pagar” –pensó de inmediato Saito.  Para su sorpresa, se equivocaba.

Aún sujetándole, le obligó a que observase su excitado miembro.

– Llena la copa –repitió, y el aspirante, sumiso, obedeció.

Al contemplar la escena que tenía frente si, Saito tragó saliva y consumió casi todo el cigarrillo en una sola calada.  En el tiempo que llevaba allí, Azazel jamás había permitido semejante acto con alguno de sus súbditos, pues tan solo lo hacía con sus muñecas.  Pensó de inmediato en lo importante que debía de ser para él Matsumura, para concederle el honor de tan “privilegiado derecho”.  El intercambio se realizaría, por primera vez, directamente.  Sin embargo, no le dio tregua, Azazel levantó la vista y clavó sus opacos ojos en Saito.

– ¿Quién te ha ordenado que podías descansar?  Continua.

Al oír esas palabras, Saito casi se atraganta con el humo, tosiendo un poco.  Si no se esperaba lo primero, esto ya era una jodida y absoluta sorpresa.  Apagando el cigarrillo no pudo evitar pensar: “Kunimatsu, mejor esto a que te cosa la boca”.  Y antes de embestir de nuevo a su alumno, este le miró un momento y le guiñó un ojo.

– “Será idiota…” –pensó.

Luego observó a su señor, enfrente y tan cerca que si extendía el brazo podía tocarle.  Nunca había visto esa expresión en el rostro de Azazel, más que placer, parecía estar conteniendo una gran furia, sus dientes rechinaban, manteniéndolos muy apretados.  “Las emociones estaban prohibidas”, sin embargo, había una emoción, solo una, que no podía evitarse.  Y únicamente el Señor de las Tinieblas la sentía con aquel súbdito que en ese momento lamía fervorosamente su excitado miembro, leal y obediente.  Y a la vez que lo hacía, gemía.

 

Al llegar al límite, Azazel se convulsionó y le hizo retirar rápidamente la cabeza para llenar la copa, casi hasta el borde, de aquel blanco y espeso néctar.  A continuación y sin decir nada, se pinchó el dedo con unas de sus agujas que tenía a mano, dejó que las gotas cayesen en la otra copa.  Luego mezcló el contenido de ambas en una sola y le ofreció la copa a su fiel súbdito.

 

– Esta es mi ofrenda, este es mi poder, en tus manos dejo el destino de la humanidad, de ti depende nuestra libertad.

 

Sin dejar de observar a su Señor a los ojos, Dayu tomó la copa y bebió su contenido, de un trago.  De pronto lo sintió, una fuerte atracción, como si su cuerpo estuviese imantado y fuese atraído por el de Azazel.  Una fuerza extraña tiraba de él y le obligó a sentarse a horcajadas encima de su Señor para apoyarse contra su pecho, de frente, de forma que sus rostros estaban cara a cara, pegados, era casi igual que verse reflejado en un espejo.

La cara de Dayu parecía desencajada, era como haber vuelto a aquella habitación en la que había permanecido durante diez largos años, la sala de la eternidad.  Sin embargo, observó algo más a través de los ojos de su Señor: un incendio.  Estaba en una especie de fábrica, la gente corría pero él iba en dirección contraria, adentrándose aún más en aquel infierno, parecía estar buscando a alguien.  Finalmente le encontró, observó a un niño de pelo plateado agachado en el suelo mientras las llamas le devoraban.  Dayu gritó desesperado y sintió un fuerte tirón en el brazo.  La verdad estaba delante de él, su padre le salvó, mientras que al otro niño le había dejado morir.  Había dejado morir… a su propio hijo.

– Estuvimos en esta posición durante mucho tiempo, Matsumura, en aquel espacio angosto y húmedo, durante meses.  Lo viste también en aquel espejo ¿verdad?

Entonces Dayu lo comprendió y tragó saliva, sudaba, temblaba.  Saito observó aquella escena sin comprender.  Azazel prosiguió.

– Ahora tienes mi poder, nuestro vínculo, que ya estaba creado, se vuelto mucho más fuerte.  Puedes sentirlo, al igual que yo lo siento.  Baja al mundo humano, destruye la inocencia, destruye lo que nos arrebataron y que todo arda en llamas.  Esa es tu misión, no te dejes engañar y no me defraudes… hermano.

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