Mi dulce prisionera

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La oscuridad me cegaba, me envolvía, me congelaba…  Desperté sin poder abrir los ojos, tenía los mismos vendados con fuerza.  Intenté moverme pero no pude hacerlo, enseguida me percaté que tenía las manos atadas en la espalda.  El frío y el miedo inundaron mi alma solitaria.

¿Cómo había llegado allí? ¿Quién querría hacerme algo así? ¿Por qué a mí?

Estaba tumbada sobre algo mullido, parecía una cama.  Intenté incorporarme pero oí pasos que se acercaban a lo lejos; y justo antes de oír una puerta que se abría, adopté la postura que había mantenido, cerrando aún más los ojos.  No sabía donde estaba, no quería que me hiciesen daño, hubiese preferido no despertar.  Ahora mi cuerpo temblaba y los pasos se dirigieron hacia mí.  Noté que alguien se sentaba a mi lado al hundirse la cama.

Pude percibir su aroma, sin duda se trataba de un hombre, corpulento, por como me hizo ladear justo al sentarse.  Me zarandeo por el hombro pero seguí haciéndome la dormida, tenía mucho miedo.  Al cabo de unos segundos se levantó y oí que se marchaba, respiré hondo.

Procuré calmarme e intentar pensar cómo salir de allí.  Pero primero me incorporé para escuchar mejor, otros pasos y esta vez, unas voces se hicieron audibles al otro lado de la puerta.  Agudicé los sentidos pero solo escuchaba palabras sueltas, pero con mucho sentido para mi: “deuda”, “familia Hayashi”, “rescate”…

Ahora lo recordaba, me habían secuestrado.  Y por aquellas palabras estaba ahora en manos de la Yakuza.  Debía de valer mucho para ellos por los negocios de mi familia, pero jamás pensé que llegarían tan lejos.  A lo mejor solo quieren información, o cobrar un rescate, o torturarme… maldita sea, tenía que salir allí, como fuese.

Por más que lo intentaba, no podía soltarme, tenía los brazos entumecidos y las muñecas doloridas.  Un rugido de tripas resonó en mi interior, tenía mucha hambre, no sabía el tiempo que había permanecido allí.  Las voces seguían hablando, parecía una discusión pero ya no entendía nada, mis lágrimas empaparon la venda de mis ojos.  Tenía hambre y frío…  Al cabo de otro rato las voces cesaron y alguien entró de nuevo, mi corazón se sobresaltó y permanecí alerta.  Esta vez entró otro aroma que hizo que las tripas rugiesen de nuevo, comida caliente.  Me incorporé de inmediato.

– Ya estás despierta, bien… tendrás hambre, imagino.

Aquella voz, masculina y grave, sonó amable a pesar de todo, pero yo lo único que pensaba era en comer, aunque quizás pudiesen envenenarme… no, si me quisiesen muerta, ya me habrían matado.

– ¿Qué…qué queréis de mi? ¿Por qué me hacéis esto? –me atreví a preguntar.

El hombre de nuevo se sentó en la cama, entonces pude captar su olor y la forma en la que sentó, sí… era el de antes.  Debió pasear el cuenco de ramen caliente por delante de mi nariz pues sentí el calor humeante y el aroma de los fideos que se me antojaban en aquel momento como el mejor de los placeres.  Pero no contestó a mis preguntas.

– Abre la boca –se limitó a decir.  Obedecí, pues realmente quería comer.

Me resultaba demasiado extraña aquella amabilidad, incluso podía oír como aquel tipo soplaba antes de darme el siguiente bocado para que no me quemase, como si estuviese alimentando a una niña pequeña.  Más que miedo, una vergüenza extraña me invadió el corazón.  Él podía verme y yo no podía ver nada, además maniatada como estaba, era terriblemente doloroso.  Al terminar me limpio la boca cuidadosamente con lo que sería una servilleta.

– Gracias –se me ocurrió decir.

– Dadas las circunstancias, no deberías agradecer nada, Hayashi.

Ahora ya estaba claro, algo querían de mi, la cuestión era averiguar el qué.

– ¿Cuánto habéis pedido?  Puede que sea de una familia noble pero no soy nadie…

– A mi no me interesa el dinero, solo tengo que darte de comer. –dijo mientras se levantaba.  En sus palabras había un deje como de molestia, como si no le gustase lo que hacía.  Entonces caí en la cuenta, la discusión que había oído antes, es probable que entre ellos mismos hubiese diferencias o diversidad de opiniones sobre algo.

– Yo… necesito ir al servicio.

El hombre chascó la lengua, entonces le sentí el aliento, debía estar muy cerca.  Sin duda era fumador.

– Ahora no puedo dejarte salir, aguanta un poco –dijo en un casi imperceptible susurro, y se marchó.

Al menos ahora estaba bien en cuanto al hambre, solo me atacaba el dolor de brazos y muñecas, pero también mi vejiga, la cual explotaría de un momento a otro.  Mientras tanto escuché más voces, otras puertas que se abrían y cerraban, luego silencio.

No se el tiempo que había pasado hasta que de nuevo llegó aquel hombre.  Me ayudó a incorporarme de la cama, pero mis piernas estaban entumecidas y no podía casi ni andar.

– Mierda –susurró mientras me cogía en brazos, era realmente fuerte pues me llevaba sin el menor esfuerzo. –Siéntate ahí, espera te soltaré para que puedas… pero no intentes nada raro.

– No soy estúpida, estoy muerta de frío y entumecida, y tú pareces bastante fuerte por lo que ni en mil años se me ocurriría hacer algo, joder solo quiero mear.

Al liberar mis muñecas las manos comenzaron a temblarme compulsivamente.  El hombre me dejó sola, sentada en el urinario.  Luego aproveché también para quitarme la venda y refrescarme la cara.  Me la puse de nuevo antes de salir.  Sin duda y a pesar de la situación, estaba teniendo suerte, pues no creo que los compinches estuviesen del todo de acuerdo con el trato un tanto “especial” que recibía, por lo poco que pude deducir de las discusiones.

– Debes estar arriesgándote mucho, ¿por qué me ayudas?

– Tengo mis razones… ¿puedes andar?

Esta vez me sujetó por un brazo que se pasó por sus hombros.  Era algo más alto que yo y efectivamente, corpulento.  Me llevó de nuevo hasta la cama, pero no me volvió a atar las manos.  Oí un chasquido de mechero y a continuación se podía oler el humo de un cigarrillo.  Debió de abrir una ventana, pues una brisa fresca me azotó.  Me hice un ovillo en la cama, únicamente llevaba puesto mi vestido corto negro, de tirantes.

– ¿Tienes frío?

Vaya pregunta estúpida, pensé.  Pues claro que tenía frío…  Me limité a asentir con la cabeza.  Al poco rato sentí una manta que me cubría.

– Gracias.

La verdad es que ya me encontraba mucho mejor, quizás si no fuese por él mi situación habría sido la misma que al principio.

– ¿Por qué te volviste a poner la venda? –me preguntó de repente.

– Bueno yo… solo quería refrescarme un poco y…

– No me refiero a eso, podías no haberlo hecho y verme, por lo que ya tendrías un rostro al que poder delatar, en el caso de que paguen tu rescate y te liberen, por supuesto.

– No te delataría.

No se por qué demonios solté aquello.  Pero todas las pruebas me conducían a que aquel tipo solo recibía órdenes y no estaba en absoluto de acuerdo con ellas.  Y por razones que desconozco, era amable conmigo.  Ahora el hombre soltó una risotada.

– No me delatarías… eso es muy gentil de tu parte, Hayashi.

– Aunque sí debo reconocer, que siento cierta curiosidad de ver cómo eres y saber tu nombre.

– Eres demasiado inocente, no me conoces, permito que estés recluida aquí pero nada te mantiene del todo a salvo.  Será mejor que tengas cuidado.  Se que me estoy arriesgando, como bien has adivinado antes, pero créeme, soy un hombre de principios, llevo bien mis negocios, pero no soy un torturador, ni un maldito asesino.

Sus palabras, sin duda, parecían sinceras.  Aunque no viese su gesto, había un dolor oculto tras las mismas.  Yo era su prisionera, sin embargo, en esa habitación, había dos personas recluidas.

 

Los días pasaban despacio y el frío era realmente insoportable.  A pesar de la manta, tenía los pies congelados y ese mismo frío te penetraba y calaba hasta los huesos.  El hombre que me cuidaba dijo que aguantase un par de días más. ¿Me dejaría por fin libre?

A ratos seguía escuchando voces y sobre todo discusiones.  Ahora antes de abrir la puerta se oía el sonido de una llave.  Entraron deprisa y cerraron de golpe, por lo que me asusté.

– Tranquila, soy yo.

Pero alguien aporreó la puerta con insistencia, luego hubo silencio.

– Mierda… -musitó mientras le oía caminar, aunque no podía verle, sabía que estaba nervioso.

– ¿Qué… qué ocurre?

– No es nada, no te preocupes, dentro de un par de días estaremos tranquilos.

A continuación escuché un gruñido de dolor.

– ¿Estás bien?

No se por qué pregunté eso, pero lo hice, realmente me estaba preocupando por él, por lo mucho que se arriesgaba por mi a pesar de todo.  En aquellos días no solo me daba de comer, sino que me permitía ducharme y traía ropa limpia, sabiendo que eso, no era lo acordado.

– Es solo un rasguño, realmente odio a esos tíos, en serio me ponen de muy mala leche.

Estaba claro que las discusiones que se oían terminaban en pelea.

– Si tienes un botiquín puedo ayudarte y…

– ¿Lo harías? –se sorprendió.

– Bueno, es lo menos que puedo hacer ya que si no llega a ser por ti mi condición aquí sería muchísimo peor y solo dios sabe lo que podrían hacerme.  Mierda… -no pude evitar ponerme a llorar.  Él se acercó y por primera vez me tocó la cara, tomándola entre sus manos.

– Eh, eh… no va a pasar nada, ¿entiendes?  Toma, toca esto ¿sabes lo que es? –dijo mientras me ponía algo duro y metálico en la mano.

– Es la llave de esa puerta y yo soy el que manda, nadie te pondrá una mano encima, ¿de acuerdo?  Obviamente no puedo pedirte que confíes en mí pero…

– No sigas, no importa, ¿dónde te duele?

Al sentarse en la cama lo hizo de espaldas a mí y me puso las manos en su costado.  Me levanté un poco la venda para poder observar.

– Vaya, tienes un buen rasguño.

Entonces el hombre se levantó y fue a un armario, me levanté más la venda.  Tan solo le vi de espaldas, se quitó la camisa y mi corazón comenzó a latir con mucha fuerza.  Su pelo era muy largo y negro, la espalda ancha, corpulento, como ya suponía.  Me bajé la venda en cuanto vi que se daba la vuelta.

– Toma.

De nuevo se sentó de espaldas a mí.  Me dio algodón y alcohol.  Comencé a curar esa herida y a pesar de que le debía escocer terriblemente, no se quejaba.  Cada vez tenía más curiosidad por ver cómo era o saber su nombre al menos, pero no con la intención de delatarle.

– Me gustaría mucho saber tu nombre, no me importa si me das uno falso, lo entendería… pero como ya te dije, no voy a delatarte, pero claro, sería imposible que me creyeses y…

– Saito. –dijo sin dudar.

Paré un momento de aplicarle el alcohol y quedé enmudecida por el asombro.  Tuve la corazonada de que me dijo su verdadero nombre.  Mi capturador era realmente mi guardián, mi protector.  Me apoyé en su espalda sin pensarlo.

– Gracias, Saito.  Por favor, déjame estar así, solo un momento más.

Podía sentir su calor, un calor que me relajaba, no… que necesitaba.  Igualmente percibía los latidos de su corazón, el cual aumentaron su ritmo al poco de apoyarme.  No era solo por su protección, en aquel momento me sentí una tonta y una estúpida.  De todo el maldito mundo, me tuve que enamorar de aquel que me había quitado la libertad, pero a cambio me dio lo que más necesitaba en aquel momento.  No podía ver su rostro, y no me importaba, no me importaba lo más mínimo.  Tenía de nuevo ganas de llorar, pero me contuve.  Luego me aparté y seguí con la herida, rezando para que no se diese la vuelta.  Pero se levantó de la cama y me instó a que hiciese lo mismo, tomando mi mano.  No dijo absolutamente nada.  Sin soltar mi mano puso la misma sobre su propia cara.  Pasé mis dedos por sus ojos, sus cejas, su nariz, sus mejillas.  Me soltó la mano pero yo continué adivinando sus rasgos, empleando ahora ambas manos.  Me aventuré a bajar por su pecho, por su musculado y perfecto torso.  Terminé poniendo las manos cerca de su corazón.  Fue entonces cuando me apresó una de ellas con delicadeza y me la puso en el lugar correcto, para que pudiese sentir aún más aquellos latidos, rítmicos e intensos.  Su pecho se infló, respirando hondo.

– Ha pasado mucho tiempo, Hayashi.  Tú creciste y ya te olvidaste de mí, de lo que una vez fui para ti.  Eras tan solo una niña cuando te vi por primera vez en aquella fiesta que organizó tu familia.  Tenías puesto un vestido azul y lazos en el pelo, tu gesto era triste, no querías jugar con otros niños y te acercaste a mi sin mostrar miedo.  Desde entonces no he podido olvidarte.  Ahora eres una mujer, una bella mujer… -rectificó.- Siento que las cosas sean de esta forma, pero era la única manera de poder acercarme a ti de nuevo.  No pido que lo entiendas y no pido que correspondas, solo quiero que me permitas ser tu protector, como una vez lo fui, aunque ya no lo recuerdes.

– Sí lo recuerdo… recuerdo que bailamos, yo solo era una cría, pero sí, sí te recuerdo.

Era cierto.  Entonces supe que tenía que hacerlo, llevé mis manos por detrás de la cabeza, temblorosa.  Aquel nudo estaba fuerte pero finalmente pude deshacerlo, respiré hondo, el corazón se me iba a salir por la boca.  Separé despacio la venda de mis ojos, que aún mantenía cerrados.  Entonces Saito me sujetó las muñecas.

– Lo que vas a ver, es tan solo un reflejo de mi dolor.

– No me importa como eres, sino quien eres –respondí.  Entonces me soltó y alcé la cabeza, pues sabía que era más alto.  Despacio abrí los ojos.

La imagen era borrosa al principio, pero poco a poco se fue enfocando.  Aquel que era tan solo un fantasma, un sueño de niñez, ahora se veía nítido, delante de mí.  No pude evitar abrir la boca por el asombro.  Se podía decir que era terriblemente atractivo.  Lo que más me llamó la atención fueron sus ojos, de un azul intenso.  Sus facciones eran duras, con una prominente nariz y una boca sensual vestida con piercings de aro.  Tenía igualmente cicatrices que le hacían parecer más rudo.  Estas atravesaban sus cejas y sus ojos.  El dolor que había dicho antes, quizá se refería a eso.  No pude evitar llevar mi mano hasta una de ellas para tocarla.

– Esto… esto no es más que un sueño –se me ocurrió decir.

– Quizás, pero la vida en si, es un sueño, ¿no te parece?

Asentí.

Solo dos días más.  Ahora me sentía más tranquila, segura, sobre todo cuando estaba él.  Cada vez que oía el ruido que hacía la llave en aquella cerradura, mi corazón palpitaba, se estremecía.  Sin darme apenas cuenta, adoptaba otra postura en la cama.  Pero no podía verle, seguía con la venda en los ojos, ya que la situación no había cambiado, yo era su prisionera.  Oía sus firmes pasos por la habitación y luego se detenían justo a mi lado, sentándose en el borde de la cama, como hacía siempre.  Pero esta vez, no dijo nada.  Su olor y su respiración ya inundaban aquel cuarto oscuro, llenándolo de luz a pesar de mi oscuridad.

– Hayashi… -susurró, pues yo me hacía la dormida- …finalmente tu familia ha contactado y…

– No –le corté- … no quiero saberlo, no quiero saber nada. –hundí mi cara contra la almohada, pues ya sabía cuál era la respuesta.  Pero él insistió.

– … no van a pagar el rescate.

Fue como si me cayese de golpe una jarra de agua fría, y francamente, no debía de sorprenderme, pero lo hizo.  Era la terrible verdad, no me querían a su lado, no les importaba lo más mínimo.  Saito me quitó la venda, pero tenía los ojos tan empañados en lágrimas que no podía ver, mi dolor me ahogaba, no me dejaba respirar, pero de pronto sentí su abrazo y rompí a llorar, dejando salir todo el miedo, toda la incertidumbre, todo el dolor.  Y en aquel momento fue como si un gran peso se fuese de mi cuerpo, dando paso a una nueva esperanza…

 

Era el amanecer del segundo día tras saber la cruel noticia.  Me desperté extrañada, me había parecido oír algo, pronto lo volví a escuchar, como un tiro que sonaba en la lejanía.  Todo estaba extrañamente tranquilo, pero tras un rato sin aparecer Saito, como era su costumbre, decidí levantarme y quitarme la venda que cubría normalmente mis ojos.  Entonces dirigí la mirada a la puerta, era extraño… estaba entreabierta y juraría que anoche la cerró Saito con llave.

Decidí vestirme y todo lo despacio que pude me acerqué a la puerta, viendo por primera vez, lo que había al otro lado.  Todo estaba en calma, en silencio, no parecía haber nadie.  Me mordí el labio y me aventuré, crucé la puerta, que daba a un pasillo y luego a una sala de estar.  No había nadie.  Luego lo volví a escuchar, otro tiro, que sonaba fuera, haciendo eco.  Pude ver a través de las ventanas que estaba en una casa de campo, ¿estaría a las afueras de Tokio?

Observé todo con detenimiento y luego mi vista se posó en una mesa en la que había preparado un abundante desayuno, sin embargo la casa parecía estar completamente vacía.  Sobre la mesa había un papel de fax que rezaba: “El plan ha fracasado, encárgate”.  Un sabor amargo se me formó en la garganta,  no obstante, seguí mi lento recorrido hacia la puerta, el corazón me palpitaba con fuerza, ahí fuera estaba mi libertad.  Era curioso, también se encontraba abierta…

Un extenso campo se encontraba frente a mí, la libertad estaba marcada por un camino de tierra y gravilla, si consiguiera llegar hasta una carretera…  de pronto otro disparo.  La curiosidad hizo que me girase para ver de donde provenía.  Entonces le vi, no estaba muy lejos.  Parecía estar practicando tiro pues tenía una larga fila de botellas dispuestas para disparar.  Saito parecía estar muy concentrado en lo que hacía, sujetaba firmemente la pistola, apuntaba y disparaba con gran precisión, sin fallar.  Él no podía verme pues se encontraba de espaldas.  Por un instante, dudé, observé el camino y luego le observé a él, su torso desnudo, con múltiples tatuajes, se encontraba bajo aquel sol que le hacía brillar.  Su pelo estaba recogido en una larga coleta.

Solo tenía que salir corriendo por aquel maldito camino, pero… ¿que me aguardaba al final del mismo?  Una aburrida vida burguesa, llena de mentiras, llena de odio y codicia, “una familia que no te quiere”… me tuve que repetir a mi misma.  Por primera vez, dejé al corazón hablar, giré sobre mis pasos y me acerqué al campo de tiro.

– Vaya, ya has despertado –me dijo Saito bastante natural cuando se dio cuenta que estaba a su lado.

– Los disparos me han despertado.

En ese instante me clavó sus ojos azules, su mirada era seria.  Sin decir más, llenó el cargador y se separó unos metros.  Sentí un frío terrible cuando observé, atónita, que me apuntaba con su arma, su mirada, ahora gélida, me hizo temblar de miedo.  Llevé instintivamente mis brazos al pecho, como si aquello pudiese protegerme.  No entendía nada, ¿por qué me apuntaba? ¿No dijo acaso que era mi protector?  Quitó el seguro, y al hacerlo, tragué saliva.  ¿Aquello sería mi muerte? ¿Así terminaría todo?

Cerré los ojos con fuerza y por primera vez, me puse a rezar.  Saito disparó.

 

Una espesa negrura se cernió sobre mí.  No se cuanto tiempo había pasado, pero al abrir los ojos, enseguida tomé consciencia de la realidad y me llevé las manos al pecho.  Estaba tumbada sobre un sofá, me incorporé deprisa y respiré entrecortadamente mientras veía a Saito tan tranquilo a mi lado.

– Enhorabuena Hayashi, estás oficialmente muerta.

Le miré aún aturdida, sin comprender, no tenía ninguna herida, pero recordé enseguida lo que había sucedido.  Saito había vaciado su cargador al aire, eso explicaba el mensaje del fax: “encárgate”.  Pero no pudo hacerlo y se notaba que era algo que tenía previsto, ya planificado; seguía siendo mi protector.  Debí desmayarme del puro miedo justo cuando disparó.

Él seguía mirándome, ahora con una leve sonrisa dibujada en sus sensuales labios.  Yo aún no podía articular palabra y Saito prosiguió.

– Pudiste haber elegido el otro camino –dijo acercándose más a mi- Pudiste haber corrido en dirección contraria hacia tu libertad, a salvo, con tu familia, y sin embargo, escogiste seguir siendo mi prisionera, ¿por qué?

Ahora lo vi claro, me había puesto a prueba.  Las puertas abiertas, el fax encima de la mesa… mi corazón palpitaba con gran fuerza pero a la vez sentía un terrible vacío.

– Yo… -no supe que decir y en aquel momento mi estómago rugió.

– Tendrás hambre, no digas nada, será mejor que comas antes de que te vuelvas a desmayar.  Yo también tengo hambre –dijo mientras señalaba la mesa donde estaba dispuesto el desayuno.

Realmente quería decírselo, quería gritarle que le quería, que deseaba permanecer siempre a su lado, que le necesitaba.  Pero era algo tímida y en aquel momento me sentía desfallecer, tenía que comer si no quería desmayarme de nuevo.  Él lo hizo conmigo, se sentó enfrente y se sirvió una taza de café.  Llevaba una camiseta ajustada de color gris que le marcaba todos los músculos.  Me enseñó unos papeles y lo que parecía un carné de identidad mientras yo devoraba con gran apetito unas tostadas con mermelada.

– Espero que te guste tu nuevo nombre.

– Al menos empieza también por “N” –dije con la boca llena.  Estando allí ya había perdido los buenos modales, o mejor dicho, prefería no tenerlos.  Por fin podía comportarme como realmente era, sin que nadie me dijese: “ponte derecha”, “estate quieta”, “no te muerdas las uñas”… y un sin fin etcétera.

Ahora que podía verle, estaba aún más nerviosa.  Casi prefería seguir teniendo los ojos tapados para no tener que ver aquel ser tan prohibidamente atractivo.  No sabía qué decirle y estaba claro que él esperaba una respuesta a la pregunta anterior.  Me bebí todo el zumo de naranja de un trago.

– Saito yo… prefiero ser tu prisionera antes que serlo de la sociedad en la que vivo.  No quiero vivir sujeta a las normas que me han impuesto, atada a una clase de vida que para mí es peor que la propia muerte.  No quiero que me manipulen y que me digan lo que debo o no debo hacer, lo que está bien y lo que está mal.  Tan solo quiero vivir y conocer… el verdadero amor.  Eso es lo que…

El ruido que hizo con la silla al levantarse hizo que me detuviera.  Sin decir nada Saito se dirigió hacia mí y me tomó la mano para que me levantase.  Y sin soltarla, me susurró en el oído.

– Entonces, “vive” conmigo… Noriko.

Tragué saliva, mis piernas temblaban tanto que Saito tuvo que sostenerme al sentir que iba a caer.  Podía sentir mis mejillas ardiendo lo que me avergonzaba aún más, y él me perforaba con sus grandes ojos azules a la vez que sujetaba mis brazos con firmeza.  Tan solo pude asentir con la cabeza, con la boca entreabierta, aturdida pero a la vez maravillada por aquella aventura.

– ¿Cuál es… tu nombre completo? –se me ocurrió preguntar, ya que iba a estar con él decidí que era hora de dejar los formalismos a un lado, y él acababa de llamarme por mi nombre.

– Kunimatsu… -se fue acercando a mi rostro- … Saito –terminó diciendo en un grave susurro antes de posar sus labios sobre los míos.  Enseguida cerré los ojos, para poder sentir aquel suave y dulce primer contacto.  Sin lugar a dudas, el mundo se había detenido bajo nuestros pies.  Sentí un repentino calor mezclado con el aroma salvaje que desprendía aquel hombre, mi protector, mi ángel… besándome despacio e increíblemente bien, haciendo que mi frágil cuerpo se estremeciese como si fuese una hoja.  Me aferré a su cuello, entre otras cosas, para no caerme, mientras él mantenía sus grandes manos sobre mi cintura, atrayéndome hacia sí.  Solo con aquel gesto ya me excitaba y tan solo deseaba que aquel beso no terminase nunca.  Entonces él, sin detenerse, entreabrió un poco más la boca, pidiendo permiso a mi lengua para jugar con ella.  Las entrelazamos.  Igualmente, tuve que respirar fuerte por mi nariz para recuperar todo el aire que me estaba robando, y con él, mi propio corazón.

Tras varios segundos, que a mi me parecieron horas, nos separamos, pero él no dejó de apresarme por la cintura.

– Guau… -se me ocurrió decir, fue algo que me salió sin más, pero debió hacerle gracia, porque sonrió.  Luego puso la mano sobre mi cabeza para que me apoyase contra su pecho.

– Siento haberte asustado antes, pero necesitaba comprobarlo.  Y lo de ahora, en fin… no soy un hombre que se deje llevar por arrebatos pero… contigo es diferente.  Sé que es diferente.  Lo veo en tus ojos, no eres como ellas.

– ¿Ellas?

– Del tipo que van buscando, en fin, ya sabes…

– Dinero y sexo. –me aventuré a decir.

– Exacto, dinero y sexo.

– Seguro que has estado con muchas mujeres.

– Pero solo de una me he enamorado. –terminó diciendo mientras me obligaba a mirarle a los ojos.  No pude contenerme y le besé, sorprendiéndome de mi propio atrevimiento. –Vaya, si esto es el desayuno, no quiero ni imaginar como será la cena.

Ese comentario hizo que me ruborizase aún más.

Terminado el desayuno, junto con aquel “postre” inesperado, Saito se marchó a la ciudad para hacer unos recados y atender sus negocios.  Me dijo que era libre de deambular por la casa y utilizar lo que se me antojase.  Ahora que sus secuaces no tenían que estar allí, ya era libre para hacer lo que quisiera.  Me dejó igualmente los nuevos papeles para que me aprendiese de memoria mi nueva identidad, ya que en definitiva, yo, Noriko Hayashi, había vuelto a nacer.

Sin duda, sabía por qué Saito triunfaba con las mujeres, a parte de su físico, claro esta.  Aquella casa era inmensa, tenía jardín y una gran piscina con jacuzzi, incluso un gimnasio.  Se me hizo increíblemente grande en comparación con la pequeña habitación en la que había permanecido varias semanas, a la cual, ya jamás regresé.  Se notaba a la legua que su cuenta no estaba precisamente en números rojos, y además no lo ocultaba.  Al marcharse vi que lo hacía en un impecable Aston Martin de color gris plata.

Ya me imaginaba el tipo de mujeres con las que habría estado, seguramente nada parecidas a mí.  Estas irían cubiertas de pieles de animales muertos, con sus tacones de aguja y sus gordos labios pintados de rojo fuerte, con perfumes que más que embriagar seguro que mareaban.  También tendrían largas piernas vestidas con medias de marca.  Me detuve ante un espejo, mi pelo rojizo estaba revuelto, vestía unos sencillos vaqueros y una camiseta negra, en los pies, deportivas.  Al lado de esas yo no desbordaba tanta “feminidad”.  Quizás eso es lo que le había gustado de mi… ya que dijo que yo no era como ellas.  Estaba claro que eran del tipo que solo veían en él una polla y una cartera llena de billetes, y Kunimatsu Saito, era mucho más que eso.

Después de darme una buena ducha, deambulé por la casa y encontré un tocadiscos.  Observé la colección de música y… “bingo” me dije sacando un disco de música dance.  No tardé ni dos segundos en ponerlo.  Entonces hice una de las cosas que más me gustaba hacer, bailar.  Y esta vez allí no había nadie para decir: “baja la música”, “quita ese ruido tan molesto”, etc…

Al sonar la música, mi cuerpo se transformaba, mi imaginación se disparaba.  Ahora, estaba sobre un escenario con múltiples luces y un público que observaba mi actuación.  Tenía que dar lo mejor de mí, me puse la mano en la boca a modo de micrófono y comenzó el espectáculo.

No me importaba en absoluto el bailar bien o mal, simplemente, era una liberación, una descarga, algo que me hacía sentir libre.  Al llegar el disco a su fin, puse otro y luego otro más.

Había perdido la noción del tiempo y el corazón me dio un vuelco cuando sentí que alguien aplaudía a mi espalda.  Había regresado y no me percaté de ello, por lo que fui corriendo a quitar la música, un acto reflejo.

– No, déjala –indicó Saito- Me gusta verte bailar.

– Es… ¿en serio? Vaya, debes de pensar que estoy loca o algo así…

– En absoluto.  Además me resulta curioso, vienes de una familia noble y sin embargo no parece que te interesen los lujos.

– Soy feliz con poca cosa, mientras haya cerveza en la nevera y conexión a Internet, no necesito nada más.

– ¿Nada más? –Dijo acercándose, lo cual me puso nerviosa.- ¿No te gustan las joyas o los zapatos?

Entonces me puse los dedos dentro de la boca, en un gesto de querer vomitar.  Saito rió.

– Vaya, eres la novia más barata que va a salirme.

Se me congeló la sangre, ¿había dicho “novia”? ¿O entendí mal? Debió de percatarse por mi cara de estupor y lo reafirmó.

– Has oído bien Hayashi, a no ser que tú no quieras…

– ¡No! Quiero decir… ¡sí! ¡Argh!

– Eres muy graciosa… -dijo esto mientras me revolvía el pelo, luego cogió unas bolsas- Mira a ver si esto te gusta, tendrás que cambiar un poco de imagen ahora que tienes otra identidad.

En las bolsas había tinte para el pelo y ropa de estilo gótico.

– ¿Cómo sabes que realmente me gusta…?  Además si me cambio a lo mejor ya no te gustaré.

– No digas eso, me gustarás de todas formas, tú no eres una persona superficial que se fija solo en las apariencias, ¿verdad?  Pues yo tampoco.

Asentí, tenía razón.  Me puse manos a la obra y me encerré en el cuarto de baño dispuesta a cambiar radicalmente mi imagen.  Empecé por el pelo, me lo teñí de negro y me corté el flequillo, recto a la altura de las cejas.  Me puse unos pantalones negros con botas de caña y un corsé que estilizaba un poco mi figura.  Me maquillé los ojos y me pinté las uñas de negro.  El resultado me gustaba, me veía mucho mejor, como siempre había deseado ser.  Pero ahora tenía miedo que Saito no opinase de igual forma, el cambio era sustancial, sobre todo por el pelo.

Salí despacio del cuarto de baño, quería darle una sorpresa.  Le encontré en la cocina, preparando la cena, o más bien, desenvolviéndola pues ya la había comprado hecha.  Carraspeé un poco para hacerle saber que estaba ahí, se dio la vuelta.  Debí de impresionarle pues casi se le cae una de las bolsas al suelo.  Entreabrió un poco la boca y luego adoptó su gesto habitual.

– Vaya, vaya… mírate, estás preciosa.

– ¿En serio?

– Sí, además el negro te pega mucho más, te resalta más la piel y los ojos.

En eso no le quitaba razón.  Además el negro siempre había sido mi color favorito.

– ¿Qué hay para cenar? –pregunté con curiosidad observando las bolsas.

– Espero que no te importe, no creo que seas una chica a la que le gusten las langostas…

Mi gesto de asco corroboró su deducción.  Pero dijo eso porque en las bolsas había hamburguesas, botellas de Coca-cola y patatas fritas.

– ¡Genial!

A lo cual Saito volvió a sonreír.  Nos sentamos en la mesa.

– ¿Sabes? Si hubieses sido otra persona, probablemente me habrías tirado las hamburguesas a la cara.

– Odio a esas pijas de mierda que no saben valorar lo que tienen.  Por favor, disculpa mi lenguaje. –entonces vi que Saito meneaba la mano como restándole importancia, ya se había metido media hamburguesa en la boca de un mordisco.

Cuando terminamos de cenar, Saito se estiró y enseguida sacó un cigarrillo.

– ¿Quieres? –me ofreció.

A pesar de que no tenía mucha costumbre de fumar, acepté, pues estaba terriblemente nerviosa.  Pero en lugar de darme el cigarrillo directamente, Saito lo encendió primero y me lo dio.  “Beso indirecto”, pensé de inmediato.

Por largo rato me quedé mirándole embobada, su sensualidad era aún más evidente si cabe mientras fumaba.  Lo hacía despacio, soltando el humo lentamente, a veces por su nariz.  Hasta la forma de sujetar el cigarrillo lo hacía ver aún más atractivo, y se notaba que lo hacía de forma natural.

Sensual. Prohibido.

Con gran parsimonia, apagó el cigarrillo a la vez que hablaba.

– Si sigues mirándome así Hayashi, no creo que pueda contenerme.

– No lo hagas –solté de inmediato.  Fue algo que dije de forma automática, realmente me estaba provocando.

Entonces lo hizo, me cogió en brazos como si nada y me llevó directo a su dormitorio.  Debió de percibir mi nerviosismo y mi temblor, pero no dijo nada.  Me depositó en la cama con cuidado y él se quedó un momento de pie.  Al ver que se quitaba la camiseta, dejando su perfecto torso tatuado al desnudo, tragué saliva.  También su largo pelo se había desatado, quedando ahora suelto.  En aquel momento, me sentí como una pequeña gacela a punto de ser devorada por un león.

 

Ya no podía sentir el aire flotando en aquella habitación, ni siquiera mi propia respiración, pues él me la estaba robando.  Y a pesar de haberme desnudado, su mirada no era en absoluto depravada ni denotaba perversión alguna.  Kunimatsu Saito era ante todo, un caballero, y no daría el siguiente paso si yo no le daba indicios para ello.

¿Cómo lo hacía? ¿Cómo era posible que fuese tan dulce y tan salvaje al mismo tiempo?  Cuando me quise dar cuenta, ya estaba sobre mí devorando mis labios, haciendo que mi cuerpo se encogiese, haciéndose diminuto entre sus grandes brazos que en aquel momento me apresaban.

Cuando era tan solo una niña, no podía imaginarme todo aquello, por aquel entonces él simplemente me abrazaba en la cama y así pasábamos la noche,  abrazados y charlando como amigos.  Aún vivía en la inocencia…

Pero ahora sentía algo que por aquel entonces no podía sentir.  Un ardor indescriptible, un volcán a punto de hacer erupción.  Encogí mis piernas, temblaba, algo que no pasó desapercibido ante mi protector.

– ¿Estás nerviosa? –susurró con voz grave mientras mordisqueaba y lamía mi cuello.

Me aferré aún más a él y fui sincera.

– Nerviosa y excitada.  Joder, moriré si no me acaricias pronto… -solté.  Ante lo cual, Saito reaccionó con una sonrisa burlona.

– Yo también.

Me sorprendió su respuesta, pero quedó patente tras lo que vino a continuación.  Saito se puso sobre mi apoyándose sobre los codos, mis piernas rodearon su pelvis y él descendió, frotando su erección contra mi volcán a punto de estallar.  Solo con eso de mi garganta salió un sonoro gemido de placer a la vez que todo mi cuerpo se convulsionaba.  Y aquella “tortura” no había hecho más que comenzar.

Dejando a un lado las sutilezas, mis senos quedaron ya atrapados ahora entre sus grandes manos mientras continuaba con ese vaivén de sus caderas, provocándome aún más.  Y claramente él se sentía también muy excitado.  Su boca pasaba de mi cuello a los labios, de estos otra vez al cuello y de ahí a mis senos, lamiéndolos y mordisqueándolos como si de ello dependiese su vida.  Lo hacía mientras yo me mordía el labio, indefensa y sin escapatoria posible ante aquella bestia hambrienta.

Me devoraba, en todos los sentidos de la palabra, haciendo que mi razón se perdiese en el más profundo de los océanos.  Y cuando por fin, deslizó sus dedos por mi torrente de humedad, me abracé aún más fuerte a su espalda.  Creo que agradeció que no llevase las uñas largas, porque de haberlas tenido, le habría hecho más cicatrices de las que ya tenía.  Así, me dejé llevar por aquellas caricias, primero superficiales, luego más profundas.  Ya no podía aguantar más tiempo y finalmente, el volcán entró en la que sería su primera erupción.

Grité su nombre, no solo hacia él, sino también al cielo, por haberme permitido amar a aquel ángel que me había secuestrado.

En este momento fue cuando sentí la necesidad imperiosa de querer corresponderle, algo que él dedujo enseguida.  Se puso de rodillas sobre mí, tenía justo delante aquel tatuaje de su abdomen: un corazón atravesado por un puñal, cubierto a su vez por una enredadera de espinas.  El filo de aquel puñal señalaba el lugar.  Comencé a lamerle despacio, partiendo desde aquél provocador tatuaje hasta abajo.  Su perfecto abdomen se encogía y sentí como se retiraba su larga melena azabache hacia atrás, le miré un momento antes de engullir por completo su masculinidad, la cual tenía el sabor de la misma gloria.

Mientras degustaba aquel prohibido bocado podía escuchar perfectamente sus gemidos, lo cual significaba que iba por buen camino.  Ahora él, era mi prisionero.  Su respiración era cada vez más acelerada, contraía el abdomen y mantenía una gran mano en una de mis mejillas, hasta que la deslizó suavemente hasta mi nuca, aferrándome el cabello e instándome a ir más rápido, había llegado al límite.

No me separé e hice que eyaculase sobre mi garganta, pues quería probar su delicioso y caliente néctar.  Aún jadeante, me elevó a su altura, quedando ambos de rodillas sobre la cama, me abrazó a la vez que posaba sus labios sobre los míos.

Aquella noche, en la que Saito me hizo suya, cambiaron nuestras vidas.  Fue tan solo el inicio de una historia llena de pasión, muerte, rencor y finalmente, esperanza.  Pero eso ya, pertenece a otra historia…

“08 de Febrero de 2011,  Noriko Hayashi.”

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