Relatos del Inframundo

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La debilidad del arcángel

 

Era tarde, el color del falso cielo estaba ahora adquiriendo su clásico tono púrpura, señal de que caía la noche.  Aunque en el Inframundo apenas existía diferencia entre el día y la noche, pues la actividad de todas las criaturas era constante, sin descanso.  La temperatura era siempre la misma, fría.  Un frío que calaba y te penetraba en los huesos hasta hacerte convulsionar.  Es por eso que siempre le apetecía entrenar, así mantenía su buena forma física y dejaba de sentir aquel aire gélido insoportable.  Entrenaba día y noche, descansando apenas unas horas, pues realmente no le hacía falta.  Allí nadie dormía, nadie vivía.

Él mismo eligió al alumno recién llegado, que en su opinión, no era más que una “niña contestona”.  Le sacaba de quicio.  Por eso entrenaba y hacía entrenarle, aliviando así el estrés que tenía de estar en aquel lugar, el frío, todo.

Sin embargo no tenía algo que ansiaba.  Al principio pudo soportarlo pero pasaban los meses y el deseo era cada vez más fuerte.  Tenía que intentarlo.  En numerosas ocasiones había bajado al pueblo, pero allí solo había más demonios, ningún humano.  Todos los humanos estaban en el castillo y estaban siendo torturados, bien en la “galería” o a punto de estarlo.  No era un maniaco, no quería hacerlo con aquellas chicas que se encontraban maniatadas en posturas imposibles y agonizantes, demasiado riesgo.  Tampoco era un necrófilo y por dios santo, los animales estaban totalmente descartados, eso sería una locura.

Pero siempre las veía pasar, iban de acá para allá, las sirvientas de su Señor, sus adoradas muñecas, inmaculadas, pulcras, intocables, prohibidas…  Iban ataviadas con aquellos vestiditos cortos llenos de volantes, provocativos, con su cabello suave, con su piel de porcelana, a veces con remiendos, pero eso no le importaba.  Eran humanas, las más “normales” que había en aquel maldito lugar, y eso era lo importante.

Ahora el arcángel estudiaba cada uno de sus movimientos: cuándo comían, cuándo tenían la revisión, cuando dormían, todo.  Estuvo meses observándolas, siempre eran unas diez: rubias, morenas e incluso pelirrojas.  Tenía que soportar aquellos cruces de miradas, ellas estaban acostumbradas a no mirar nunca al frente y cuando lo hacían y le veían, enseguida retiraban la vista, avergonzadas, como si fuese un delito.  Realmente lo era, pero solo hacia su Señor.  Sin embargo conocían la existencia del arcángel, sabían que era su mano derecha y quizás, solo quizás, se preguntasen qué demonios hacia allí un ángel de alto rango.  Pero no cuestionaban, no podían hacerlo pues todo allí les era prohibido.  Únicamente tenían que servir a aquel demonio torturador.

Pero entonces llegó aquella noche, su oportunidad.  Debía ser muy cuidadoso, estaba a punto de realizar algo prohibido, pero sabía que aquel al que servía no podía matarlo, de ninguna manera.  Quizás sí podía castigarle pero no quiso ni siquiera cuestionarlo, el deseo era demasiado fuerte.  Todas las muñecas se encontraban ahora en fila, delante de él y de Lord Azazel, su Señor.  Este último llevaba su capucha cubriéndole su quemado rostro, de modo que las muñecas no podían verle.  Saito, en aquel momento, casi deseaba también llevar una capucha para no tener que verlas, pues sin duda eran toda una belleza, una tentación casi imposible de resistir.  El Señor de las Tinieblas paseaba delante de ellas, como siempre dando sus peculiares instrucciones, sus normas absurdas.  Las muñecas tenían la vista fija en el suelo pero una de ellas se atrevió a mirarle directamente, solo por un instante, solo por un segundo.

Era la primera muñeca empezando por la izquierda, la pelirroja de las coletas y flequillo.  Saito puso una mueca de extrañeza, aquella mirada fugaz solo duró un instante y casi parecía de súplica.  Fue un gesto triste y lastimero, pero suficiente para el arcángel, que respiraba profundamente con su habitual gesto de mala uva.

– Acompáñalas  a sus dormitorios.-fue lo único que dijo Lord Azazel en cuanto terminó su particular discurso.

Todas las muñecas salieron en fila seguidas de Saito.  Justo iba detrás de aquella muñeca que le había mirado.  La fragancia femenina se colaba en sus pulmones como la llamada más poderosa al deseo.  Su corazón se aceleraba, su oportunidad estaba ahí, latente.  La tenía tan cerca…

Recorrieron diferentes pasillos hasta casi llegar a sus dependencias, ya estaban lo suficientemente lejos de los crueles y despiadados ojos de su Señor.  Todas se fueron metiendo en sus respectivas habitaciones y Saito no lo pensó dos veces.  Muy rápido tomó a la última por la cintura y la tapó la boca con la mano, a la vez que la arrastraba a un rincón oscuro.

– No grites, no voy a hacerte nada malo.-susurró en su oído- Asiente si lo has entendido.- La muñeca afirmó con la cabeza.  No parecía muy asustada, quizás era porque ya estaban acostumbradas a no sentir nada, algo obvio teniendo en cuenta por todo el calvario que habían pasado y por los continuos castigos y torturas a las que estaban sometidas.  Al ver que asentía, Saito retiró la mano.- ¿Dónde está tu habitación?- la muñeca señaló una puerta que había justo a escasos metros.  Saito se asomó al pasillo, no había nadie por lo que tomó a aquella chica por el brazo y rápidamente fueron hacia la puerta, solo ella podía abrirla, por seguridad.  Rápidamente entraron y Saito cerró la misma por dentro.  Resopló de alivio quedándose junto a la puerta.

La habitación era la propia de una muñeca, había un vestidor y una cama sacada de un cuento de hadas, todo de colores que no concordaban con el lugar donde se encontraban.  Pero eso daba igual.  Saito reparó ahora en aquella chica que se encontraba en la misma posición que hace un momento cuando aguardaba en la fila, con la cabeza gacha y las manos enlazadas sobre su pulcro vestidito de volantes color morado.  Sus coletas estaban adornadas con grandes lazos del mismo color.  Ella sabía a quién tenía delante y parecía estar a la espera de recibir órdenes, como ya estaba acostumbrada.

 

No muy lejos de allí, el joven alumno y recién llegado deambulaba por los alrededores del castillo.  Hacía ya un buen rato que había terminado el entrenamiento por lo que Dayu Matsumura no sabía que hacer, en pocas palabras, estaba aburrido.  Así que decidió estudiar aquel nuevo lugar en el que se encontraba y al que enseguida se había acostumbrado.  Se preguntó dónde andaría su maestro, probablemente en su habitación maldiciendo su existencia en aquel lugar.  Pues si de algo se había dado cuenta enseguida, es que su maestro no concordaba con aquel entorno y desde luego, no parecía disfrutarlo y ni mucho menos acatar órdenes de aquel siniestro demonio, por lo que se preguntaba qué hacía allí ¿por qué un arcángel estaba sirviendo al Señor de las Tinieblas?

Mientras bordeaba el castillo, Dayu observó una pequeña luz que parecía provenir de una ventana baja que daría probablemente a un sótano.  Sin pensarlo dos veces, se acercó cautelosamente, sin hacer el más mínimo ruido.  Se agazapó en unos viejos arbustos y observó.  Se llevó una sorpresa al ver que Kunimatsu Saito, su maestro, estaba en aquella habitación, y no se encontraba solo.

– Interesante.- susurró mientras se posicionaba para ver mejor y a la vez procurar no ser visto.

En la habitación, Saito comenzó a pasear alrededor de la muñeca, parecía estar evaluándola.

– Sabes quien soy, ¿no es cierto? –La muñeca solo asintió con la cabeza y Saito tocó suavemente el lazo de su vestido mientras pasaba ahora por detrás, muy cerca.- Dime, antes cuando estábamos con nuestro Señor, ¿por qué has levantado la vista?

– Lo, lo siento… por favor Sr. Saito, no me castigue… -la voz de la muñeca era dulce, en comparación con Saito era de muy baja estatura y casi parecía una niña.  Al oír sus palabras, Saito profirió una mueca de sonrisa.

– ¿Castigarte? Niña… no me tomes por uno de esos demonios. ¿Ves mis alas?  Soy un arcángel.  Vamos mírame, no tengas miedo.- decía aquellas palabras como si estuviese disfrutando el momento.  Muy despacio la muñeca levantó la vista y observó al hombre que tenía delante, alto y fuerte.  No dijo nada pues no quería cuestionar y menos al que sabía era la mano derecha de su Señor.

– ¿Qué… qué quiere de mi Sr. Saito?

– Buena pregunta –se acercó a ella y la tomó de la barbilla- sólo quiero placer.  Se agachó para besarla en los labios, aquellos finos, pequeños y jugosos labios.  Le parecía que habían pasado siglos desde que no estaba con una mujer.  La muñeca no opuso resistencia, pues estaba acostumbrada y “entrenada” para ello.

– ¿Por qué ha hecho eso?- se atrevió a preguntar.

– Ese maldito loco ya te ha castigado lo suficiente, ¿no quieres sentir otra cosa que no sea dolor?

– Aquí solo existe el dolor, Sr. Saito.

– Es posible, pero créeme, esta noche cambiarás de idea.

Dicho esto se despojó de la camisa y los pantalones, quedando literalmente desnudo.  Desde la ventana, Dayu se tapó la boca con la mano.  Aquel ser era increíble, de una gran musculatura adornada con tatuajes tribales.  Por primera vez en su vida, Dayu Matsumura tuvo una fuerte erección.

Una vez desnudo, la muñeca se quedó absorta, entreabrió sus pequeños labios, los cuales temblaron al hablar.

– Mi Señor… mi Señor dice que nosotras solo somos de él, que nadie más puede…

– Silencio. –Ordenó- Por favor no vuelvas a nombrarle, me pone enfermo…

Dicho esto volvió de nuevo a colocarse tras ella y tiró suavemente del lazo de su vestido para deshacer el nudo.  Se lo fue quitando muy despacio.  Obviamente no quería mancharlo, tenía que ser muy cuidadoso y no dejar ninguna prueba de lo que estaba a punto de ocurrir.

– Perfecta.- dijo cuando la vio desnuda.  Instintivamente la muñeca se protegió el pecho con los brazos.  Tenía un par de remiendos en su espalda.  Volvió a agachar la cabeza permaneciendo completamente inmóvil, su pequeño cuerpo temblaba como una hoja.

Muy despacio, Saito se acercó a ella, su miembro viril latía, no podía aguantar más.  De nuevo la besó en los labios y separó los brazos de su pecho para ponerlos sobre el suyo, haciendo que le acariciase.

– ¿Lo ves? No provoca ningún dolor hacer esto.- la muñeca asintió levemente con la cabeza y él la rodeo con los brazos para acariciarla despacio, quería saborearla antes de hacerla suya, pues aquella piel era fina y suave, blanca y pura como la de un ángel.

– Vaya, vaya… así que a esto es a lo que te dedicas en tu tiempo libre ¿eh? –Dayu seguía observando mientras se mordía el labio inferior.  Observó la erección de su maestro y detectó que él sentía lo mismo.  Al ver como se acariciaban, Dayu tuvo el irrefrenable impulso de hacer lo mismo, por lo que llevó su mano a la entrepierna mientras seguía en la misma posición.  Mantenía sus ojos verdes y cristalinos clavados en ellos.

Ahora Saito la abrazaba por la espalda y ella quedó cara a la pequeña ventana superior.  El arcángel acarició con sus grandes manos los senos de la muchacha, quien seguía temblando como un flan, casi no podía sostenerse en pie.  Pero no hizo nada por evitarlo, demasiado miedo a pesar de que el arcángel utilizaba frases tranquilizadoras.  Su Señor ya había echo lo mismo con ella, pero ahora parecía diferente, pues es cierto que no sentía dolor alguno, sino más bien todo lo contrario.  Una sensación desconocida para ella que ya había olvidado en aquel lugar comenzó a embargarla por completo, poseyéndola.  Un calor recorrió su cuerpo y no solo era el proveniente de aquel ser que la abrazaba.  Y junto con aquellas caricias, Saito comenzó a besar y lamer el cuello de ella, despacio, no podía dejar marcas.  Una de las grandes manos inició un descenso hacia su abdomen, el cual se contrajo.

– Tranquila… ya he dicho que no voy a hacerte daño.

La muñeca procuró relajarse pero era algo prácticamente imposible.  Sintió los grandes y cálidos dedos introducirse por su ropa interior, unas finas braguitas de encaje color rosa pálido.  Gimió levemente al sentir aquel roce de los dedos masculinos.

– Sr. Saito… ¿qué…?

– Sssssh… -la chistó al oído- Sólo déjate llevar, ¿de acuerdo?

Con gran suavidad deslizó un dedo por aquel torrente ya húmedo.  Esto hizo que Saito sonriera.  A pesar de que ella estaba entrenada para anular sus emociones, la naturaleza siempre actuaba y con ello finalmente, siempre afloraba aquella sensación, pues era algo que por mucho que se prohibiese no se podía evitar, era el instinto del ser humano.  La chica finalmente cerró sus ojos y comenzó a gemir del placer que le estaba causando.

– Te gusta, ¿no es cierto?

Mordiéndose el labio, la muñeca asintió con la cabeza.  Sus mejillas se colorearon, cada vez sentía más calor y sentía latir su pecho, pero esta vez, no de miedo, pues supo enseguida apreciar la diferencia.  Saito lo tenía muy claro, quería complacerla con un propósito, no podía obligarla por la fuerza para no dejar pruebas, por lo que intentó ser lo más sutil que pudo a pesar de su gran deseo de poseerla, y por otra parte, así disfrutaba más del momento, no quería acabar rápido a pesar de lo mucho que se estaba arriesgando.

Mientras tanto, observándolo todo y oculto entre las sombras, Dayu se excitaba por lo que veían sus jóvenes ojos, se acariciaba sin poder contenerse.  Quería ser ella en ese momento, lo deseaba fervorosamente.  Aquella escena se le quedaría grabada a fuego en su mente de por vida.  Se tuvo que tapar la boca con la mano para que sus propios gemidos no resultasen audibles.  Observó ahora como la muñeca se convulsionaba, pues había llegado al límite, pero todo no acabó ahí.

Gracias a eso, ahora Saito estaba en disposición de solicitar algo a cambio.  La muñeca, ahora complaciente, sabía lo que debía hacer pues ya lo había hecho con su Señor.  Se arrodilló y tomó aquel miembro grande y viril para comenzar a lamerlo, estaba jugoso, duro y caliente.  Saito apresó con sus grandes manos las coletas de la muñeca para marcarla el ritmo.  El arcángel paseó su lengua por su piercings de acero que decoraban sus labios.  Era buena, sin duda muy bien entrenada para complacer.  De este modo hizo que lo engullese por completo, haciendo que aquel descomunal cuerpo vibrase en una sensación que ya casi había olvidado estando allí, despertando el fuego en todo su ser.  Y no solo el suyo.  Ver aquel rostro en su maestro no tenía precio, pero Dayu seguía pensando que lo tenía que poner para él y sólo para él, deseaba aquello, necesitaba sentirlo en su propia carne.  La muñeca también lo excitaba, pero se fijó más en su maestro que sin duda, aquella noche, también le estaba enseñando indirectamente una buena lección sobre sexo, la primera, en su corta vida.

Y tras unos intensos minutos, que a Dayu le parecieron horas, pasaron del juego a la locura.  Con suma facilidad Saito levantó a la muñeca para que cabalgase sobre sus caderas.  No quería utilizar la cama, pequeña y frágil, demasiado arriesgado.  Por lo que comenzó a embestirla contra la pared, penetrándola para hacerla suya, lo deseaba con verdadera ansiedad.  La muñeca gemía y lloraba sin contenerse, pero ya Saito no preguntaba si todo iba bien, ya no le importaba, había conseguido lo que realmente quería.

Sin embargo, a pesar de sus cuidados, cometió un error que le pasó absolutamente desapercibido.  No se pudo contener, y en una fuerte embestida, se corrió dentro de ella, dejando que todo su néctar, caliente, la recorriese por dentro en un brutal orgasmo.  Para Saito, otro de tantos, para su alumno, el primero.  Dayu, aún jadeante, observó su mano con aquel líquido ardiente que había salido de él, lo lamió y se quedó allí un rato más, exhausto.

– Joder… -musitó.

Cuando volvió a mirar, su maestro ya se había puesto la ropa y se dirigía hacia la puerta no sin antes lanzar una clara advertencia a aquella muñeca que le había servido a su propósito.

– No lo cuentes, a nadie.

La muñeca asintió mordiéndose el labio y Saito desapareció tras la puerta, despreocupado, sin saber que en pocas horas, pagaría cruelmente por el delito que había cometido.  Pues allí nadie estaba a salvo, nadie podía burlar las normas estrictas que imponía Lord Azazel, ni siquiera un arcángel.  Así pues, un momento de placer lo pagó con el dolor de la tortura, sin piedad, sin miramientos, pues las reglas del Inframundo estaban para cumplirlas.  Ahora sus cicatrices eran el doloroso recuerdo que tenía de aquel momento de debilidad.

“Nuestras marcas nos recuerdan el dolor que nos infundieron”.

 

El foso del grito eterno

 

Nadie sabe lo que es el verdadero miedo hasta que lo tiene frente a frente, delante del rostro, sintiendo su respiración demoníaca, en un mismo y angosto espacio en el que no tienes ninguna salida y en la que no hay forma humana de poder escapar.  Es el momento en el que todo el cuerpo se paraliza, en el que los músculos se agarrotan, en los que se nublan tus sentidos y el cerebro grita, incapaz de pensar.

Las torturas de Lord Azazel podían hacer eso y mucho más.  Una de ellas era especial y el lugar donde se realizaba estaba en las afueras del castillo, más allá del bosque oscuro, aquel lugar llamado “el foso del grito eterno”.  Nadie sabía mucho sobre aquel tipo de tortura y solo los que lo habían conocido, ya no vivían para contarlo.

Pasaron algunos meses desde que Dayu Matsumura cayese en el Inframundo.  Aquel día de entrenamiento comenzaba para él como siempre, corriendo.  Y lo hacía al lado de su maestro Saito.  Aquella mañana habían llegado más lejos, justo hasta donde terminaba el bosque y se abría un claro cubierto de una neblina baja donde solo había construcciones derruidas y algún que otro árbol sin vida.  A pesar de la fatiga, Dayu observó con interés, pues le llamó la atención algo enorme que había en el suelo en mitad de ese claro, parecía una piedra redonda y muy ancha, como una rueda, que estaba clavada en el suelo, se dirigió hacia allí para sentarse cuando Saito le detuvo poniendo la mano en su hombro.

– No te acerques ahí.

– ¿Por qué? ¿Qué es eso?

– El foso del grito eterno –anunció con solemnidad- Vaya, no recordaba que estaba por aquí…

Ahora Dayu soltó un silbido de admiración.

– Suena a alguna de las torturas de nuestro Señor.

– Eres demasiado listo.  Ven, pero no toques la piedra.

Ambos se acercaron y Saito se puso el dedo en los labios para que su alumno guardase silencio.  Escucharon agudizando sus sentidos.  Dayu pudo oírlo sin problema.  Un grito desgarrador parecía provenir de debajo de aquella losa de piedra, un grito agudo y que no tenía fin.

– Es… escalofriante. ¿Quién grita? ¿Hay alguien siendo torturado ahí abajo?

Tras un momento de silencio en el que Saito resopló, comenzó a contar la historia, pues por desgracia ya había sido testigo de una de las más crueles torturas que su Señor, Lord Azazel, imponía a los humanos.

– Una vez que se retira la piedra, eres arrastrado, aprisionado para recibir la más cruel de las muertes.  Ahí abajo hay un alma agonizante con una maldición, creo que fue una de las muñecas de nuestro Señor.  Las muñecas son entrenadas para no sentir emociones, pero esta no pudo soportarlo, gritaba constantemente y eso hizo que fuese desterrada, aquí.  Todo aquel que cae está condenado a escuchar su grito incesante, y todo aquel que entra ya no vuelve a salir, nunca, ya que es consumido por el dolor y la locura.

– Vaya, es aterrador –dijo Dayu aunque su rostro denotaba más interés que miedo.

– Así es, venga vámonos, este sitio me pone jodidamente nervioso.

 

Aquella misma noche, en la cama, a Dayu le parecía seguir escuchando aquel grito escalofriante, pero eran solo imaginaciones suyas, pues estaba demasiado lejos.  Incapaz de dormir se levantó y se dirigió a la habitación de su instructor.  Al llegar llamó un par de veces golpeando con los nudillos.  La puerta se abrió casi de golpe.  Saito apareció al otro lado, su pelo estaba revuelto y tenía los ojos enrojecidos por una evidente borrachera, además llevaba una botella de whisky en la mano.

– ¿Qué coño quieres? ¿La princesita no puede dormir? –se dio media vuelta, se tambaleó mientras echaba un trago y casi choca con una silla, pero finalmente se dejó caer en un sillón.  Dayu le observó con un gesto triste pero inmediatamente cambió su rostro.

– No deberías beber tanto…

– Ya, ¿quién coño te crees que eres, chaval? ¿Mi madre?

– Aún escucho ese grito incesante en mi cabeza.

– Eso no es nada, deberías oírlo cuando el foso está abierto, créeme –con dificultad se dispuso a encenderse un cigarrillo, pero se le cayó el encendedor al suelo, sin duda estaba totalmente borracho.  Dayu se acercó para recogerlo y lo encendió delante del cigarrillo que Saito mantenía en su boca.  Luego este se abalanzó tanto hacia adelante que Dayu, con algo de dificultad, tuvo que sujetarle por los hombros para que se recostase en el sillón.

– Estás hecho un enclenque, mañana entrenarás duro jovencito… -justo al decirlo cerró los ojos, parecía haberse quedado profundamente dormido pues su respiración era fuerte.  Dayu le observó por un momento, a pesar de su mal carácter su maestro era hermoso, con facciones muy masculinas, al contrario que él, que a sus doce años parecía una dulce niña, como alguna vez Saito le había calificado.  Recordó como hace escasos días le había visto con aquella muñeca, sintiendo por primera vez aquel fuego que bullía en su interior, pues hubiese deseado ser ella.

– Yo seré tu muñeca –susurró mientras decidía sentarse en el suelo para apoyar su cabeza entre sus piernas.  No le apetecía marcharse, solo quería estar con él.  Sentir el calor que desprendía, sentirle…  Alzó la vista de nuevo y observó aquel pecho inflarse y desinflarse, realmente había bebido demasiado.  Sin darse apenas cuenta, Dayu estaba acariciando aquellas enormes y fuertes piernas, el interior de su muslo, todo desprendía un calor reconfortante.

– Yo te puedo dar todo lo que necesitas… -continuó susurrando mientras su mano acariciaba ahora el abultado paquete.  Saito hizo un ruido extraño, pero seguía profundamente dormido.  Sin más preámbulos, Dayu bajó la cremallera de sus pantalones y acercó más su rostro de porcelana, sus labios, siempre jugosos como los de una chica engulleron aquel miembro que permanecía aún latente y erguido, invitándole al pecado.  Le daba igual si se despertaba y le daba una paliza, no le importaba, tenía que hacerlo él, él aliviaría su dolor, el dolor de tener que estar en aquel lugar que a su maestro no le correspondía.  Lo lamió con fervor, al igual que había visto hacerlo a esa muñeca, primero despacio para, poco a poco, ir aumentando el ritmo.  Saito se removió en el asiento pero aún mantenía sus ojos cerrados, dejó escapar un gemido de placer que hizo eco en la oscura estancia, tan solo iluminada por un destello violeta que asomaba a través de la ventana.  Dayu continuó lamiendo, cada vez más rápido, hasta que sintió una gran mano aferrarse a su cabello pelirrojo que le hundió aún más para que llegase hasta el fondo, para engullirlo por completo.  Saito se despertó terriblemente excitado, se sentía confuso pero aún bajo el efecto del alcohol, con su mano marcaba ahora el ritmo, ni siquiera se cuestionó como estaba sucediendo aquello ni mucho menos que se tratase de su propio alumno quien lo hacía, tan solo echó la cabeza hacía atrás y dejó escapar jadeos provocados por aquel placer desmesurado.

– Joder, ¿pero qué coño…?

Una convulsión que dio lugar a una fuerte eyaculación.  Los jadeos roncos y masculinos fueron potentes, pero antes siquiera de que Dayu retirase sus labios impregnados de aquel blanco néctar, su maestro había quedado, de nuevo, profundamente dormido.

 

Al día siguiente, Saito se despertó sobresaltado, le dolía terriblemente la cabeza.  Se levantó del sillón en el que se había quedado dormido y fue a buscar unas pastillas que se las tragó enteras sin beber nada de agua.  Observó la habitación, vacía.  Entonces lo recordó, un sueño húmedo, hacía mucho que no lo tenía, pensó en su ignorancia.

Como era ya costumbre, Dayu le aguardaba en la fuente seca del patio principal del castillo.  Una macabra sonrisa estaba perfilada en sus labios cuando observó aparecer a su maestro.

– ¿Has dormido bien?

Este no respondió, tenía el mismo gesto en su cicatrizado rostro de mala uva y continuó andando para llevarle al dojo.

– ¿Hoy no vamos a correr?

– No –contestó secamente.

Al llegar, Saito cogió un cubo metálico de una de las salas y lo plantó delante de su alumno.

– Harás los ejercicios habituales y llenarás esto hasta el borde.

– Llenarlo… ¿con qué? –se cuestionó el chico.

Ahora su maestro se acercó a él, parecía contener una gran furia.  Le tiró hacia si para quedar cara a cara, su aliento olía a whisky.

– Con tu sudor, Matsumura.

– Es… es una broma ¿verdad? –pero Saito no tenía gesto de parecer estar bromeando.

– No comerás nada hasta que lo llenes.  Es el precio que pagarás por tu… insolencia de anoche.

– Mierda.- maldijo Dayu mientras observaba como su maestro daba media vuelta y se iba con las manos metidas en los bolsillos.  Observó ahora el cubo, ¿sudor? Eso es imposible, ¿cómo iba a meterlo ahí? Y aunque pudiera… venga ya, ¿llenarlo?  Sin duda ese hombre tenía un problema muy serio, pensó para si.

Sin más preámbulos, Dayu comenzó con los ejercicios, y a la hora de empezar a sudar, procuraba que las gotas cayesen en el mismo cubo.  Incluso tras un par de horas, se quitó la camiseta y la escurrió todo lo que pudo para intentar llenarlo.  Tarea imposible, sin duda le costó cara su osadía, aunque sus intenciones fueran buenas.

– Encima que le hago un favor… joder.- se repetía furioso.

Por suerte para Dayu, no tuvo que aguantar mucho aquella pesadilla.  Tras horas de intenso ejercicio apareció de nuevo su maestro, que apenas sin mirarle dijo:

– Ven conmigo.

Extrañado, Dayu le siguió, no sabía donde iban ni le importaba, parecía haberse librado de la condena de llenar aquel maldito cubo de sudor.  Saito le acompañó hasta el bosque, justo donde habían estado el día anterior, llegando a aquel claro donde se encontraba “el foso del grito eterno”.  Pero esta vez, no estaban solos, allí había más gente congregada alrededor del mismo.  Humanos encadenados, como unos diez, parecían aguardar su fatal destino.  Como testigos había algunos sirvientes de Lord Azazel, y este también se encontraba allí, con su inconfundible capa oscura y su quemado rostro tapado parcialmente por una gran capucha.  Cuando este observó que llegaban, alzó los brazos y todo el mundo guardó silencio, a excepción de los humanos que lloraban y gimoteaban, impotentes, ante el fatal destino que les aguardaba.

– Bienvenidos.- anunció con solemnidad el Señor de las Tinieblas- Hoy seremos nuevamente testigos del lamento, del dolor.  Vuestras mentes sucias, miserables, insignificantes, serán torturadas hasta que os convirtáis en polvo.  Es el precio por vuestra debilidad.

Saito sabía a lo que se refería con aquellas palabras.  Había dos clases de humanos para el Señor de las Tinieblas, los que eran fuertes ante el dolor y los que no.  Los primeros eran expuestos en su galería como grotescas esculturas, y si las mujeres sobrevivían a esta dura prueba, las convertía en sus muñecas.  Los hombres sin embargo, se convertían en meros objetos que Azazel usaba a su antojo.  Los más débiles sin embargo, los tiraba a la basura, por decirlo de alguna forma, le resultaban inservibles, así que los mataba casi directamente.  Obviamente cualquier ser humano preferiría la segunda opción.  Ahora Saito murmuró entre dientes, aquel discurso se lo sabía de memoria.  Solo Dayu podía oírle.

No sois dignos de mí.

– … No sois dignos de mi –continuó diciendo con solemnidad.

Esto hizo gracia a Matsumura, que tuvo que ahogar una risa.  Aunque la situación desde luego no tenía nada de divertido.  Ahora Azazel levantó los brazos y se vieron los mismos, amarillentos, con marcas, casi putrefactos.  Al hacerlo, la tierra tembló bajo los pies de todos, observaron como de repente la piedra redonda del suelo se elevaba, muy despacio, quedando hasta por encima de sus cabezas.

Dayu pensaría que al hacerlo, se oiría aquel grito infernal, pero se hizo el más absoluto silencio.  No pudo evitar preguntar sin retirar la vista y apenas mover los labios.

– El grito ha cesado.

– No, observa.

Los humanos encadenados se llevaron las manos a las orejas y gritaban, parecía algo insoportable.  Se arrodillaban y caían al suelo presa sin duda de lo que era algo ensordecedor.

– ¿Cómo es que nosotros no lo oímos?

– Estamos bajo su control, bajo su poder, Matsumura.

Ahora este miró a Lord Azazel, sintiendo de pronto una gran devoción hacia su Señor.  Admirable.  Pero dirigió su vista también hacia su maestro, el cual mantenía los labios muy apretados y tenía sus ojos azules entrecerrados, como haciendo un gran esfuerzo mental.  Respiraba entrecortadamente, casi se podían escuchar sus latidos, parecía muy nervioso, resoplaba.  Dayu le observó ese instante y luego de nuevo a su Señor, el cual dirigió su vista hacia Saito, juraría que había perfilado en su boca una media sonrisa, pero no estaba seguro.

A continuación los humanos se vieron libres de sus cadenas que cayeron al suelo, gemían del dolor que experimentaban.  Se levantó viento, un viento muy fuerte.  Era aquella fosa, parecía estar succionando y múltiples ramas de árboles, hojas y arbustos se dirigían hacia la misma, siendo engullidos.  Y con ellos los humanos, que intentaban en vano aferrarse al suelo, pero no podían impedir que aquella cosa les succionase, por lo que fueron cayendo entre gritos desesperados de dolor.  Todos hacia el foso del grito eterno, hacia la locura y hacia la muerte.

Cuando el último fue arrastrado, la gran piedra comenzó a bajar despacio, hasta taponar el agujero.  Justo al hacerlo, Saito no pudo evitar un resoplido, Dayu se dio cuenta de que jadeaba y sudaba, por lo que frunció el ceño extrañado. ¿Tanto le afectaba? No, no era eso, se dio cuenta enseguida.

Puede oírlo.  Saito puede oír el grito eterno que nadie podía escuchar.

Ahora la admiración la sentía hacia su maestro.  Observó sus alas, doradas.  Es un arcángel, tuvo que recordarse a sí mismo.  Quizás Lord Azazel no tenía ese poder de control sobre él.  Dayu le sonrió mientras daban media vuelta y se dirigían de nuevo con paso firme hacia el castillo.

– ¿Qué te hace tanta gracia? –masculló Saito.

– Debes de tener un gran poder para que no pueda controlarte.

– Eres demasiado listo.

– Estás muy sexy cuando sudas. –soltó en tono provocador.

– ¿Quieres ver sudor de verdad? Pues ahora mismo seguirás con tu tarea, llenarás el maldito cubo, chaval, ¿ha quedado claro?

Mierda.  El cubo.  Casi lo había olvidado y está claro que tendría que seguir con ese castigo.  Obstinado, Dayu intentó convencerle.

– Vamos hombre, no es para tanto.  Te hice un favor y no me lo impediste…

En un arrebato, Saito le tiró del pelo hacia atrás y se agachó para ponerse cara a cara.

– No vuelvas a tocarme, no vuelvas a hacer eso, ¿me has entendido?  No merezco tu compasión, si es por eso por lo que lo hiciste.  Eres un maldito crío que no entiende nada, así que deja ya tus estúpidos juegos sexuales, créeme… -se acercó más y susurró- …no te conviene.

Al soltarle, Dayu chascó la lengua, enfurecido.  Sin duda su maestro escondía un gran dolor, un dolor inhumano que nadie en el mundo parecía poder aliviar.

 

EL RITUAL

 

El sótano era una red interminable de profundos pasadizos y cámaras que conformaban los oscuros dominios del Señor de las Tinieblas.  Las paredes eran de piedra, únicamente vestidas con una humedad latente que hacía de aquellas cuevas un lugar frío y oscuro, a diferencia de la luminosidad blanquecina del exterior.  Las antorchas, que colgaban de las paredes, iluminaban aquel angosto laberinto.

En algunas cámaras también se podían observar calderos con llamas de color púrpura crepitando en los mismos, iluminando el camino hacia lo que parecía una negrura infinita.

Las llamas de las antorchas se alteraban cuando una figura encapuchada pasaba por delante de las mismas, pareciendo temerosas ante su sola presencia.  La capa, larga y negra, ondeaba a cada paso firme que daba.  Únicamente se escuchaba el eco de sus pasos y el crepitar del fuego.

Tras recorrer innumerables pasillos, abrió una gran compuerta de acero pasando su dedo por la misma.  Finalmente encontró a quien andaba buscando por lo que entró en la estancia que resultaba ser una especie de laboratorio.  Un gran tanque de cristal, vacío, se encontraba al fondo, al igual que una imponente figura que medía unos dos metros de alto.  Este ser se encontraba de espaldas observando el tanque, tenía el cabello largo y de color gris, orejas puntiagudas y una indumentaria bastante medieval.

– ¿Nostalgia? –preguntó el Señor de las Tinieblas acercándose a él.

Aquel ser no contestó, se dio media vuelta.  Una reciente cicatriz en forma de lágrima cubría su rostro.  Su piel era grisácea y brillante, con unos ojos felinos que le dotaban de una mirada totalmente demoníaca.  Los mechones grises de su pelo cubrían parte de su rostro y respiraba de forma algo fuerte, haciendo que los mismos se agitasen.  Se llevó la mano al rostro para tocarse la cicatriz que se encontraba aún cosida.  Pero el Señor de las Tinieblas apresó su brazo para impedírselo.

– No te la toques, aún está reciente.  He puesto especial cuidado en recomponer tu rostro, me llevó casi un día completo, Alastor.

Este no dijo aún nada, tan solo observaba fijamente a su Señor, el cual aún no le había soltado, pero Alastor alzó los dos brazos para retirarle la capucha.  Observó primero la cabeza gacha con una hermosa melena plateada.  Entonces el Señor de las Tinieblas soltó su brazo, como si perdiese fuerza, como rindiéndose ante algo inevitable.  Alastor le sujeto la barbilla y se la alzó, para poder observar el rostro de su amo.

– Mi Señor… ¿qué le ha pasado?

Habló como si fuese la primera vez que lo hacía, con una voz bastante ronca que resonó en la silenciosa estancia como un terremoto.  Realizó aquel comentario al contemplar la piel rugosa y quemada de su Señor.

– Eso, es una larga historia, Alastor.  Ahora ya no importa, debemos prepararnos, es por eso que te he despertado.  Vamos a realizar el ritual.

 

Mientras tanto, en la superficie, un ángel de gran envergadura se encontraba en una de las azoteas, dispuesto a encender y fumarse un cigarrillo.  Miraba pensativo hacia el blanco e infinito horizonte, expulsando el humo lentamente por su boca y nariz.  Cada día iba allí, a la misma hora, al mismo sitio.  Llevaba su larga melena negra azabache recogida en una larga cola, sus ojos de un azul penetrante miraban sin mirar, pues en aquel momento lo que observaba era su interior.  La inquietud de aquel lugar, la frustración y el odio que iban creciendo cada día, y con ello, los temores.  Expulsaba el humo como si quisiese echar también esa parte de su ser que le atormentaba.  Se encontraba apoyado sobre la barandilla de piedra, una ráfaga de aire le removió el pelo y se sujetó el flequillo con una mano.  Apenas reaccionó cuando alguien se sentó en el borde de la barandilla, junto a él.

– ¿Cómo me has encontrado? –preguntó sin mirarle.

– Eres muy previsible.  Eso y que… te he seguido. –respondió sin más mientras se observaba las uñas, las llevaba pintadas de un reluciente negro.- ¿Qué ocurre? Últimamente estas más serio de lo normal y…

– Le ha despertado, y eso, Matsumura, no es una buena señal.

Ahora el ángel clavó su mirada cristalina sobre su discípulo.

– Te refieres a…

– A Alastor.  Y no te imaginas o te harás una idea siquiera de lo que eso puede significar.  Ahora Azazel querrá realizar el ritual, y por tanto, se hará mucho más fuerte.  Más de lo que ya es. –lanzó el cigarrillo chasqueando los dedos y se dio la vuelta, quedando igualmente apoyado.  Su discípulo bajó igualmente de un salto y se colocó frente a él de brazos cruzados.  Saito observó entonces aquella mirada que siempre intentaba evitar, pues aquel joven ángel en aquel momento era su único consuelo y su mayor debilidad.  Contempló igualmente su pelo, de un rojo suave y brillante, que llevaba en aquel momento hacia un lado y recogido.  ¿Cómo era posible que un ser tan hermoso pudiese contener tanta furia dentro de sí como para haber sobrevivido a las llamas del olvido?

Para quitarle aquel pensamiento de la cabeza, Matsumura cambió de tema.

– ¡Ah! Saito, seguro que no lo sabes, Azazel tiene dos nuevas muñecas y he oído que son bastante guapas.

– Mira que te gusta…

– ¿El qué?

– Cotillear. –dijo a la vez que le bajaba la cabeza con la mano.  Se dispuso a marcharse cuando su alumno le apresó por la cintura.

– No te vayas.

– Tengo que hacerlo, ahora no tengo tiempo para jugar.

Pero Dayu no le soltó, por lo que Saito comenzó a caminar mientras le arrastraba lentamente.

– ¡Eh! Levanta joder, no seas crío. –le cogió de la oreja para hacer que se levantase y le soltase.  Una gran mano apresó el cuello del discípulo, el cual sintió el aliento de su maestro en su oreja. –Más tarde… Matsumura, más tarde.

Este no pudo evitar esbozar una pícara sonrisa.

 

La armería era un lugar muy poco frecuentado, se encontraba en un lugar bastante apartado.  Consistía en una gran estancia que parecía no tener fin, bastante oscura e iluminada por las antorchas.  En una gran hilera había armaduras de la época medieval, así como diferentes armas de aquel entonces.  Era como estar en un museo.  También en una pequeña sala, a parte, había diferentes aparatos de tortura que se utilizaban durante la Inquisición, entre ellos la clásica mesa donde se tensaba a las víctimas o la pirámide, donde atrozmente la víctima se desmembraba partiendo desde sus genitales.  A pesar del aspecto de abandono del lugar, todo parecía estar en perfecto estado.

Para los que allí moraban era un lugar prohibido y el castigo, impuesto por el Señor de las Tinieblas, era aún peor que la muerte.  Es por eso que cuando Azazel llegó ante la puerta y la vio entreabierta, frunció el ceño.  La abrió más y esta emitió un chirrido.  Quien quiera que la hubiese abierto, acababa de firmar su sentencia de muerte.  Pero no llegó a dar ni un paso cuando observó quién se encontraba en la sala, el cual observaba tranquilamente una cuidada armadura que descansaba en una gran urna de cristal.  Muy despacio, y en contra de lo que normalmente hubiese hecho, Azazel se dio media vuelta dispuesto a marcharse.

– Aún la conserva…  ¿Mi Señor?

Al darse la vuelta, Azazel observó que ahora Alastor se dirigía hacia él.  Ambos se acercaron entonces de nuevo ante aquella armadura, Azazel posó las yemas de sus largos y amarillentos dedos sobre el cristal.

– Sí.

– Ahora usted parece el nostálgico, mi Señor.

– Llámame por mi nombre –indicó sin dejar de observar la armadura.

– Mucho hemos batallado y conquistado, ahora volveremos a hacerlo. –dijo Alastor mientras tomaba una larga espada que había a su lado, pero Azazel se la cogió y la depositó de nuevo en su lugar.

– Así es, pero los tiempos han cambiado, Alastor.  Estamos en el siglo veintiuno según el calendario humano, y las cosas ya no son como hace setecientos años.  Ya no se combaten con estas armas.

– Pero sigues utilizando tus juguetes –apuntó Alastor señalando los aparatos de tortura, cuyas manchas de sangre y rozaduras eran bien recientes.

– Eso es diferente, aquí estoy rodeado de calumnias y delincuentes, conspiradores y traidores hacia la lealtad.  Cómo voy a conquistar los tres mundos, si ni siquiera puedo mantener mis súbditos a raya.

– Acaso mi Señor… Azazel… ¿duda de su poder?

– No he dicho eso.  Confío en mi poder –dijo mientras se miraba las manos- Pero aún no es suficiente.  Necesito de tus servicios y de tu poder para llevar a cabo mi plan.  Mañana sin falta realizaremos el ritual, por lo que ya puedes prepararte.

Dicho esto, Alastor se arrodilló para mostrar respeto y tomó la mano de su Señor, al tocarla se dio cuenta de lo rugosa que estaba la piel, por lo que extrañado, levantó un poco más la manga de la camisa para descubrir el antebrazo, estaba igual, rugoso, quemado.  Azazel intentó retirar el brazo, no miraba a su súbdito directamente, pero Alastor, que no mostraba el más mínimo miedo, se levantó e hizo un gesto para que Azazel se descubriese la parte de arriba.  Este sin decir nada deslizó sus manos amarillentas por el cuello de la camisa y la abrió un poco.

– ¿El resto… está igual?

El Señor de las Tinieblas asintió simplemente con la cabeza.  Cualquier otro ser que hubiese osado hacer eso ya estaría muerto.  Pero Alastor no se conformaba y se acercó peligrosamente hasta el cuello de su Señor, quien pudo sentir su frío aliento y una respiración fuerte.  Casi de inmediato, Azazel le detuvo poniéndole la mano en el pecho.

– No.

Sin decir más, Azazel se cubrió de inmediato, incluso se puso la capucha.  Ante esto, Alastor tan solo torció la boca en un gesto de ironía.

Salieron de la sala y juntos recorrieron en silencio las afueras del palacio, por los sinuosos caminos empedrados y cubiertos de una ligera neblina.  Ahora los ángeles y demonios que realizaban por allí sus labores se detenían y miraban de reojo al nuevo e imponente ser que acompañaba a su Señor, el cual resultaba aún mucho más temible en lo que al físico se refería.  Andaban muy despacio, uno al lado del otro.  Entonces Alastor se fijó en dos ángeles que destacaban sobre el resto, uno parecía estar enseñando al otro.

– ¿Quiénes son?

Se detuvieron a una prudente distancia y Azazel observó levantando ligeramente la cabeza, para observar por el estrecho hueco de visión que le daba la capucha.

– El más mayor es Saito, actualmente mi mano derecha.  Es un perro cobarde, pero fiel en su labor.

– ¿Y el chico?

– Matsumura.  Es su alumno y… mi hermano.  Realizó el pacto, como puedes observar.  Tiene un futuro prometedor, no solo sobrevivió a las llamas sino que permaneció diez años en la celda de la eternidad, lo que le ha dotado de un alto grado de egocentrismo.  Pronto será enviado al mundo humano, destruirá el primer sello.

Al decir esto continuaron andando.  Fue entonces cuando Dayu les observó a lo lejos.

– Ese que acompaña a nuestro Señor es Alastor, ¿no?

– Así es –respondió Saito.

– ¿Qué sabes de él? –preguntó con curiosidad.

– No mucho, sé que es del tipo íncubo y bastante bueno en su labor.  Tiene un gran poder y por eso Azazel cuida su cuerpo, hibernándolo durante años como si fuese un atún en conserva.  Por lo poco que se, deben de conocerse desde hace mucho, casi me atrevería a decir que cientos de años.  No obstante, en los escritos hay muy poca información sobre él.  Por eso tengo claro que si le ha despertado, es por algo muy importante, algo muy gordo está tramando y probablemente tenga también que ver con tu misión, Matsumura.

– Te preocupas demasiado –indicó Dayu con una sonrisa burlona mientras comenzaba a caminar.  Este comentario hizo que Saito diese un chasquido con la lengua.

 

Al día siguiente, tanto Dayu como Saito se prepararon para el ritual, al cual únicamente asistirían los miembros más destacados, diez en total.  Tenían que vestirse con unas amplias togas de color negro y con grandes capuchas, según las instrucciones de su Señor.   Luego se personaron en el lugar a la hora indicada.  Se trataba de una sala circular donde tan solo había en el medio una especie de altar de piedra con adornos entallados.  En el suelo se perfilaba un círculo que rodeaba el altar.

Lentamente y mientras iban llegando, todos se colocaron alrededor del círculo, dentro del cual ya se encontraba Azazel acompañado por Alastor, junto al altar de piedra.  El primero habló como siempre, con actitud solemne y desafiante.

– Los aquí presentes tenéis la función de cerrar y mantener el círculo de energía durante el transcurso del ritual –indicó señalando el suelo bajo sus pies- Para ello, unid vuestras manos.

Al decirlo, Dayu y Saito, que se encontraban juntos en el círculo, se dieron la mano así como a sus respectivos compañeros.  Azazel prosiguió mientras caminaba de un lado a otro con las manos en la espalda.

– Las normas son: primera, pase lo que pase el círculo no debe romperse.  Segunda, mantened la cabeza agachada pues en ningún momento debéis visualizar el altar, quien incumpla esto será desprovisto de su visión para siempre…

– Traducción: le arrancará los ojos con una cuchara –susurró Dayu por lo bajo a la vez que Saito le chistaba.

– … y tercera norma: no hablar –indicó ahora mirando fijamente a Saito y Dayu, los cuales tragaron saliva.  Saito rezó para que su alumno no “la liase” pues ya le conocía lo suficiente como para saber que pedir a Dayu estarse quieto y sin hablar era lo mismo que pedir que los cerdos volasen.  Solo esperaba que aquello no durase mucho.

A la señal de Azazel, todos agacharon la cabeza y, con la enorme capucha, apenas si veían también el suelo.  Mantenían las manos unidas aguardando expectantes, pero al principio todo era silencio.  Absolutamente nadie sabía lo que estaba ocurriendo, nadie… a excepción de Dayu Matsumura.  Este no veía nada, al igual que el resto, pero pronto empezó a sentir aquella sensación bien conocida para él, solo que esta vez, era sin razón aparente y mucho menos era el lugar o momento adecuado para sentirla.

Sabía lo que le estaba ocurriendo pero no era a él a quien le ocurría verdaderamente.  La conexión con su Señor era latente y más fuerte que nunca.  Dedujo enseguida que ocurriese lo que ocurriese en ese dichoso altar, Azazel, y por tanto, Dayu, experimentaban lo que se conoce vulgarmente como un gran “calentón”.  Y aquello no podía significar más que otra cosa.  Sus dudas se disiparon cuando comenzaron a escucharse unos gruñidos que más bien eran gemidos de placer.

– Mierda… -susurró Matsumura al darse cuenta de que ambos demonios se daban literalmente “el lote” encima del altar.  Comenzó a sudar por debajo de la toga y apretó más fuerte la mano de Saito, el cual ya detectó que algo pasaba, por lo que se mordió el labio y le correspondió al apretón como diciendo que fuese lo que fuese tenía que aguantarse.

Pero aquello le resultaba insoportable y cada vez iba a más.  Nunca aquella sensación había sido tan fuerte para él.  Intentó, sin levantar la cabeza, alzar la vista todo lo que pudo pero no podía ver con la capucha en medio, por lo que sopló levemente para apartarla y comprobar si podía ver algo, aunque fuese una décima de segundo…  Sólo vio el altar de piedra, pero sopló otra vez y levemente alzó un poco la cabeza, lo suficiente para ver, solo por un instante…

Dos cuerpos desnudos se encontraban uno encima del otro sobre el altar de piedra, uno embestía claramente al otro y Dayu sabía quién era quién.  Pero el haberlo visto no disminuía su sensación, la misma que tenía Azazel en aquel momento en brazos del íncubo Alastor, que suavemente le tomaba por completo en una danza donde ambos cuerpos se fundían.

Dayu bajó la vista y comenzó a respirar entrecortadamente, sin poder evitarlo.  De nuevo apretó la mano de Saito, este la movió levemente para que no hiciese nada raro y notó el sudor frío en la mano de su alumno.  Él también podía deducir lo que ocurría, ya que los gruñidos y gemidos de ambos demonios eran cada vez más claros y fuertes.

Finalmente, Dayu no lo aguantó más, sus piernas temblaban, sudaba, nunca había sido tan intenso.  Sus rodillas flaquearon pero Saito le tiró hacia arriba para que se levantase, algo que Dayu hizo a duras penas.

– No puedo… no puedo más… -susurró en dirección a su maestro el cual tenía tanta rabia por dentro que podría tirar una pared entera de un puñetazo.

– ¿Qué coño te ocurre? aguanta chaval, no me jodas ahora…

– Tengo que… salir de aquí…

Y sin más, para el asombro de su compañero y del propio Saito, Dayu se soltó y se marchó, haciendo que estos se diesen la mano para que el círculo quedase nuevamente cerrado.  Pero antes de que Saito pudiese reaccionar, escuchó la voz de su Señor que claramente se dirigía hacia él.

– Ve tras tu alumno.

No se lo tuvieron que decir dos veces por lo que igualmente se separó del círculo y se marchó, maldiciendo por lo bajo contra Matsumura como era ya algo habitual.  Le encontró en el servicio apoyado sobre la encimera, resoplando como si le doliese algo terriblemente, como debilitado.  Saito entró hecho una furia y cerró la puerta tras de sí con un enorme golpe.

– ¡Más te vale tener una buena excusa para hacer lo que acabas de hacer imbécil, porque nos va a costar caro!

Pero Dayu no le contestó, ni siquiera le miró, con una mano se sostenía el pecho y cayó de rodillas al suelo, temblaba de forma casi compulsiva.

– Pero qué coño… ¿qué te ocurre?

– Es… es muy fuerte… no puedo… no puedo… -parecía estar agonizando.  Saito se agachó a su lado y le observó detenidamente.  Pero se dio cuenta de que no era dolor lo que sentía, tampoco era el corazón.  Bajó su vista hasta la entrepierna y chascó la lengua.

– No te preocupes, no es grave –dijo como si tal cosa mientras le cargaba sobre su espalda y le llevaba a una de las duchas.  Abrió el grifo de agua fría, el remedio casero contra los “calentones”.  Sin embargo aquello no era un simple “calentón” y cuando puso a Dayu bajo la ducha, desnudo, este fue resbalando despacio contra la pared hasta hacerse un ovillo en el suelo, parecía estar llorando.

– ¿Por qué…? Por qué este dolor… esta… nostalgia… -dijo mientras tocaba la pared con la mano, como si quisiese arañarla.  No parecía que le afectase el agua helada que le estaba cayendo encima.  Ahora Saito le observaba bastante serio, cruzado de brazos, pero de pronto cayó en la cuenta de algo.

– “Ambos están conectados, su vínculo es muy fuerte…” –pensó, luego se echó a reír- ¿De qué cojones me estoy preocupando? Él es intocable, a su bello hermanito ni le coserá la maldita boca ni le arrancará los ojos, y yo solo acabo de cumplir una orden, seguirte.  Está claro lo que quiere, a más placer, más poder, es listo… –le habló pero Matsumura no le miraba, seguía llorando mientras jadeaba, con sus largas piernas encogidas.  De un golpe Saito cerró el grifo y cargó de nuevo con él hasta dejarle de pie frente al espejo, sujetándole por la cintura, detrás de él.

– No puedes… no puedes enamorarte de mí… -comenzó a decir Dayu, Saito le miró extrañado a través del espejo- …somos hombres y además… tú, tú eres un vasallo, mi siervo, no, no puedes mezclarte con un ser noble como yo Alastor… pues yo soy un caballero y… nos condenarían.

– ¡Eh! ¡Espabila! ¿Qué coño estás diciendo? –preguntó Saito mientras le ponía frente a si, zarandeándole. –Dayu, ¡maldita sea! ¡Di mi nombre! di como me llamo…

Ahora Dayu parecía asustado, miró directamente a su instructor a los ojos.  Despacio se acercó, pegándose a su cuerpo, apoyándose contra su pecho, sintiendo su fuerte erección mientras notaba su frío y húmedo abrazo.

– Saito… -dijo en un débil susurro- Kunimatsu… Saito.

Nada más oírlo y sin más vacilación, Saito le levantó del suelo y le empotró contra la pared de forma violenta.

– Espero que ese maldito íncubo pueda ser tan bueno como lo seré yo. –terminó diciendo Saito a la vez que le tomaba de una forma salvaje, cruel, pero así era como más le gustaba a su alumno, el siempre inmaculado ángel, Dayu Matsumura.

– Oh… joder, joder –gimió mientras era embestido, mientras su maestro le penetraba una y otra vez, alzándole contra la pared.  Dayu mantenía sus piernas rodeando las caderas de su maestro que se levantaban a un ritmo de vértigo para colmarle y poder saciar su sed.  Sus bocas entreabiertas se encontraban cerca y Saito cerró con fuerza los ojos antes de besarlo como una bestia hambrienta, lo cual sorprendió a Dayu, pero no cuestionó sino que le correspondió ofreciéndole su lengua.  Las entrelazaron.  Se besaron como nunca lo habían hecho.

– Ah… ¿por qué? –gimió Dayu.

– Porque odio… -una embestida fuerte- … que te parezcas a ella, ya te lo dije.

Ese tema siempre parecía ponerle furioso y lo dejaba bien palpable cuando le follaba.  Sabía que a él no le gustaban los hombres pero Dayu siempre sería la excepción para cualquiera.  Por lo que sabía, Saito era un torrente de dolor y él era en aquel instante la única cura para su necesidad, sin importar el sexo.

– Pues… has tenido… que quererla mucho.

– Cállate –gimió en su oído.- ¿No querías esto? Pues voy a follarte hasta que no puedas caminar.

– Oh… dios… sí.

Le separó de la pared y le puso a cuatro patas en el suelo para continuar embistiéndole.  Dayu apoyó los codos en el suelo, con una mano su maestro sujetó su pelo con fuerza, como siempre hacía y con la otra… directamente la llevó a su erección, frotándola arriba y abajo para darle un doble placer.

– Mierda… no aguantaré… y eso que… no te gustan los hombres –indicó al sentir cómo le acariciaba el miembro.

– Y no me gustan.  Pero ver… tú rostro así como ahora… joder, eres como una hermosa niña… como una de esas malditas muñecas, y eso… me desespera.- susurró gravemente en su oído.

– Aah… lo que quieras…

Tras otra serie de embestidas, Saito tiró del cuerpo de Dayu hacia sí, para levantarlo de nuevo, quedando esta vez a su espalda.  Debido a su fuerza no tenía problemas en hacer que cabalgase sobre él, de pie.  Sujetó sus piernas con ambos brazos y Dayu siguió acariciándose él mismo, ya estaba al límite.  Cuando Saito permaneció dentro de él arqueó su espalda y ambos estallaron, haciendo temblar los cimientos del Inframundo cuando alcanzaron el orgasmo, brutal, inhumano.

Mientras tanto, en la sala donde se celebraba el ritual, Azazel puso los ojos en blanco y arqueó igualmente la espalda debido al “doble” placer inyectado, pues era lo que estaba esperando.  Su pasado estaba encima de él, un pasado que había vuelto a despertar.  Emociones que habían sido enterradas pero que a toda costa debían permanecer ahí, donde estaban, pues los demonios no podían permitirse aquel lujo que solo estaba destinado al ser humano:

El derecho de amar.

2 Respuestas a Relatos del Inframundo

  1. Tienes un talento envidiable, sinceramente todo el contenido de tu blog es muy interesante yo recién cree el mio, espero pronto puedas visitarlo, dios te bendiga

  2. Cassy Haw dijo:

    Vaya, he leído esto y en definitiva es un talento envidiable, de una manera bastante sana.
    Los ambientes perfectamente descritos, la situación, unos personajes debidamente mantenidos con sus personalidades.
    De verdad, es una gracia poder leer textos tan hermosamente redactados, felicidades, me has ganado para estar por aquí de manera constante.

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